En una de las entrevistas periodísticas previas a su investidura como doctor honoris causa por la Universidad de Salamanca, Germán Sánchez Ruipérez aducía hace unos días el fin del ejemplar como medida de unidad de comercio en el negocio editorial. O en el mundo del libro o de la lectura, valga decir también, según desde qué lado del prisma miremos el reflejo de la luz.
La reflexión, por más que breve y perogrulla, es acertada y oportuna. En el ruido constante que estamos padeciendo en torno a la agonía del libro y el fénix que surgirá de sus cenizas, sólo de vez en cuando oigo música. Digamos que si no es el timbal, al menos sí la flauta: el ejemplar como tal sí parece tener los días contados.
Parece que un libro, tal como lo hemos entendido hasta ahora, ya no ofrece su valor intrínseco en el discurso que contiene, normalmente textual. Parece que de aquí en adelante ese discurso del autor carece de fuerza inmanente si por añadidura no se le adorna con unos cuantos aditamentos que, en el ejercicio comercial, ponen la obra en otra dimensión, más moderna, más actual, más cool, más global.
Viene pasando ya con tantas cosas, que no ha de extrañar. Hace tiempo que el periódico ya no es tal si no va acompañado de suplementos, revistas, películas, discos, coleccionables o cupones para una aspiradora. Las películas, las que todavía se venden en cederrón (entró la palabra en el diccionario de la Academia hace unos años, pero no tardará en quedar obsoleta), han de llevar tráiler, descartes, fichas y farfolla semejante. Los partidos de fútbol televisados ya no son tales si no llevan por delante la previa y por detrás el tercer tiempo. En fin, el modelo quizá sea el que hace ya muchos años viene practicando la industria automovilística, que ofrece en la venta de los automóviles una amplia variedad de equipamientos, solo algunos de los cuales vienen de serie. El resto, queda a las posibilidades económicas o consumistas del comprador.
Los libros, hasta aquí, y simplificando, tan sólo se ofrecían con una variable: en rústica o en tapa. Un ejercicio más alambicado era la suscripción (para las revistas), el coleccionable (de quiosco) o la colección (de club de lectura, por ejemplo).
Metidos en el zarzal digital, vamos camino de que aquel discurso textual del autor que constituía todo el libro en sí, carezca de aliciente comercial si no lleva en el pack todo un séquito de morcillas: un texto adicional (pongamos un relato más, o un capítulo más), la biografía del autor, un álbum de fotografías, un vídeo explicativo, un mapa o puede que tres o cuatro obras anteriores del mismo autor. O todas. El modelo, quizá por compartir soportes, se va pareciendo al musical: diríase que el mercado no es capaz de adquirir una nueva obra del artista si la docena de canciones no se convierten en veintena, además de los extras visuales y puede que hasta algún videojuego.
Ni qué decir ya de esos correos que llegan a mi bandeja regalándome de sopetón trescientas obras, mejores, peores e infames.
El ejemplar, sí, está perdiendo su condición de unidad de medida, confundido por un bosque que acabará por no dejar ver el árbol.
domingo, 27 de febrero de 2011
viernes, 25 de febrero de 2011
Escritura sagrada
José Ángel Esteban (11). "No quería perdérmelo por nada del mundo".
"Estaba ensayando con un grupo de la movida, Glutamato Ye-Ye, del que era bajista. Tenía 23 años. Un amigo periodista me dijo 'ha habido un golpe de Estado' y salí corriendo. Quería estar allí. Era un acontecimiento histórico y no quería perdérmelo por nada del mundo. Nunca tuve una sensación catastrófica, ni pensaba en huir a París. En aquellos momentos no te planteabas estas cosas".
El periodista, guionista de cine y TV y exdirector de programas de RNE, recogió decenas de notas de testimonios en cuadernos que solo tres semanas después del golpe se convirtieron en un libro, Todos al suelo, editado por José Luis López y escrito con los también periodistas Bonifacio de la Cuadra, Ricardo Cid, Fernando Jáuregui, Rosa López, José Luis Martínez y Juan Vam den Eyde. Esteban también recuerda la llegada de los ejemplares de EL PAÍS, en cuya lectura aparece enfrascado en la fotografía. "Fijó los sentimientos que todos teníamos. Entonces la tinta impresa era definitiva, fijaba emociones. Ahora, con Internet, es diferente. Ese instante constante en que se ha convertido el periodismo lo hace todo más fluctuante".
El periodista, guionista de cine y TV y exdirector de programas de RNE, recogió decenas de notas de testimonios en cuadernos que solo tres semanas después del golpe se convirtieron en un libro, Todos al suelo, editado por José Luis López y escrito con los también periodistas Bonifacio de la Cuadra, Ricardo Cid, Fernando Jáuregui, Rosa López, José Luis Martínez y Juan Vam den Eyde. Esteban también recuerda la llegada de los ejemplares de EL PAÍS, en cuya lectura aparece enfrascado en la fotografía. "Fijó los sentimientos que todos teníamos. Entonces la tinta impresa era definitiva, fijaba emociones. Ahora, con Internet, es diferente. Ese instante constante en que se ha convertido el periodismo lo hace todo más fluctuante".
El comentario viene a cuento de la celebración en estos días últimos del 30 aniversario del intento de golpe de Estado del 23-F. El detalle que me interesa es el de la idea de que el periódico impreso, en aquellos días de 1981, servía para fijar emociones y hoy internet produce fluctuaciones menos indelebles. Es acorde con esa idea que sostengo desde hace muchos años del carácter sagrado que tiene la palabra escrita, que en estos tiempos de terminología confusa habría que matizar y decir la palabra impresa. Hay una inmutabilidad en ella que le otorga el grado máximo de credibilidad frente a, por ejemplo, la radio o la televisión. También internet, por supuesto. Intuitivamente no le daba marchamo de certeza a algo hasta que no lo veía escrito en el periódico al día siguiente. Incluso el resultado de un partido de fútbol: sólo la crónica deportiva daba por cerrado y definitivo el partido.
Internet y otros cacharros no me producen una sensación distinta que la radio y la televisión: la palabra ahí tampoco está impresa, en ese sentido sacro que quizá desde antiguo tiene el documento entre las manos. La tableta, el iPad, el notebook o cualquier otro aparato me permite leer, por supuesto, pero no dejan de ser pantallas. El principio de autoridad, de autenticación de la información en mi subconsciente no es legítimo, hoy por hoy, hasta que no está impreso. Mejor en la página de un libro que en la hoja de un periódico, pero en cualqueir caso mejor que impreso en una pantalla, a la que todavía le falta un rango. Hoy por hoy, digo. Mañana, quién sabe. A la postre todo es efímero, por más que los papiros se guarden en ánforas dentro de cuevas oscuras en las proximidades del mar Muerto. Quizá la única escritura verdaderamente indeleble sea la epigráfica. Lo que pasa es que la literatura que se puede inscribir en un miliario no llega a ser ni aforismo. Lástima.
jueves, 16 de diciembre de 2010
Tipógrafos leídos
"Cuando hacíamos periódicos con plomo fundido era frecuente que un linotipista viniera con el papel a advertirme de un error; y siempre tenía razón. El gremio de tipógrafos fue el más culto de la clase obrera porque tenían que leer diarios y libros que confeccionaban." (José Luis Martín Prieto, La Razón, 16 de diciembre de 2010, p. 55)
miércoles, 15 de diciembre de 2010
Cruce de cables
Leo en un libro de una editorial salmantina, por otra parte excelente, que su autora, también salmantina, y también excelente, se traga un lapsus de esos que nadie te avisa y sólo ya impresos se manifiestan en su esplendor. En la primera línea de la página 44 dice: “Aun así Salamanca, como bien decía Unamuno, enhechiza la voluntad de los que a ella acuden…”, siendo cierto que la frase correcta es “Salamanca, que enhechiza la voluntad de volver a ella a todos los que de la apacibilidad de su vivienda han gustado”. Y no la dijo Unamuno, sino que la escribió Cervantes.
viernes, 10 de diciembre de 2010
Boscán
En la epístola preliminar dirigida a doña Gerónima Palova de Almogávar, con que se abre la primera edición castellana de El Cortesano de Baldassare Castiglione, traducido por Boscán, escribe Garcilaso (autor de la epístola citada) que no ha tenido nada que ver con la traducción de la obra, salvo en persuadir a Boscán para que la publicara con presteza, aunque declara que este último “me hizo estar presente a la postrera lima, más como hombre acogido a razón que como ayudador de ninguna enmienda”.
sábado, 27 de noviembre de 2010
Libros de molde
La pregunta que me hicieron a bocajarro era cómo se escribe: ¿e-lectura o electura? La respuesta no era fácil, porque ninguna de las dos formas léxicas para enunciar la “lectura sobre soporte electrónico” se corresponde todavía con términos admitidos en buena ley por la lengua castellana; digamos que por los diccionarios al uso, más concretamente. Suponiendo que ésa que he entrecomillado sea la acepción de lo que estamos hablando, porque la Real Academia Española define lectura en su primera acepción como “acción de leer”, así que quizá algún día, cuando admita la nueva palabra (sea ésta cual sea) habrá que matizarla mejor: “Acción de leer sobre soporte electrónico”. Si es que la admite.
A nadie se le escapará que la palabra que estamos intentando acorralar se enmarca dentro del proceso de formación de nuevos vocablos, a partir de calcos del inglés, con que se pretenden diferenciar las nuevas acciones que se están produciendo con la implantación de las nuevas tecnologías de la comunicación y la información sobre los mismos hechos de toda la vida, pero que ahora son electrónicos; la lengua inglesa, breve siempre, lo sintetiza con la incrustación de un prefijo e- que marca esa diferencia: e-learning, e-book, e-library, e-reader, e-reading y así. Los hablantes de español, partiendo de ese calco (cuando no usando muchas veces la propia voz inglesa) estamos jugando con variaciones (e-libro, elibro —alguna altamente heterodoxa con los usos tradicionales de la gramática:— eLibro), y también con la traslación perifrástica pero correcta: libro electrónico, por supuesto.
Hace unos años me enfrenté a un problema similar que me forzó a escribir un artículo que publicó José Antonio Millán (http://jamillan.com/celpas.htm): se trataba de la expresión en español para lo que los ingleses llaman print on demand: en nuestro idioma tenemos no menos de una decena de denominaciones para lo mismo: edición o impresión bajo demanda, edición o impresión por demanda, edición o impresión sobre pedido, edición o impresión bajo pedido, edición o impresión según pedido, edición o impresión por pedido, edición o impresión a pedido, edición o impresión a la carta, producción a demanda y, por último, libro instantáneo. Sin embargo, desde el sector de las artes gráficas, luminosamente, coinciden en una única denominación que a mi parecer es la más acertada en nuestra lengua: impresión digital.
No me cabe ninguna duda de que estamos en los albores de una nueva jerga en el campo léxico relacionado con el libro y la lectura, pero tampoco me cabe ninguna de que andando el tiempo (dejemos que pasen más años) todo esto habrá sido un episodio y las cosas volverán a denominarse con sus vocablos tradicionales: la impresión digital abandonará el adjetivo y se quedará en simple impresión, puesto que perderá novedad y será uno más de los procedimientos que ha habido, hay y habrá para imprimir. Y lo mismo le pasará a la electura, al elibro y a la ebiblioteca: volverán a ser los simples términos que fueron: lectura, libro y biblioteca. Y si no, sirva de ejemplo que cuando se asentó la imprenta de Gutenberg y los libros impresos comenzaron a circular por toda Europa en la segunda mitad del siglo XV, hubo que diferenciarlos y empezar a llamar libros de mano a los que eran manuscritos —que hasta entonces eran los únicos de que se disponía—, y a los nuevos se dio en llamarles libros de molde, una dicotomía léxica que en nada se diferencia, si lo pensamos bien, de ese intento actual de diferenciar entre el ebook y el book, esto es, entre el elibro y el libro. La misma cosa son, y la misma cosa volverán a ser con el tiempo.
A nadie se le escapará que la palabra que estamos intentando acorralar se enmarca dentro del proceso de formación de nuevos vocablos, a partir de calcos del inglés, con que se pretenden diferenciar las nuevas acciones que se están produciendo con la implantación de las nuevas tecnologías de la comunicación y la información sobre los mismos hechos de toda la vida, pero que ahora son electrónicos; la lengua inglesa, breve siempre, lo sintetiza con la incrustación de un prefijo e- que marca esa diferencia: e-learning, e-book, e-library, e-reader, e-reading y así. Los hablantes de español, partiendo de ese calco (cuando no usando muchas veces la propia voz inglesa) estamos jugando con variaciones (e-libro, elibro —alguna altamente heterodoxa con los usos tradicionales de la gramática:— eLibro), y también con la traslación perifrástica pero correcta: libro electrónico, por supuesto.
Hace unos años me enfrenté a un problema similar que me forzó a escribir un artículo que publicó José Antonio Millán (http://jamillan.com/celpas.htm): se trataba de la expresión en español para lo que los ingleses llaman print on demand: en nuestro idioma tenemos no menos de una decena de denominaciones para lo mismo: edición o impresión bajo demanda, edición o impresión por demanda, edición o impresión sobre pedido, edición o impresión bajo pedido, edición o impresión según pedido, edición o impresión por pedido, edición o impresión a pedido, edición o impresión a la carta, producción a demanda y, por último, libro instantáneo. Sin embargo, desde el sector de las artes gráficas, luminosamente, coinciden en una única denominación que a mi parecer es la más acertada en nuestra lengua: impresión digital.
No me cabe ninguna duda de que estamos en los albores de una nueva jerga en el campo léxico relacionado con el libro y la lectura, pero tampoco me cabe ninguna de que andando el tiempo (dejemos que pasen más años) todo esto habrá sido un episodio y las cosas volverán a denominarse con sus vocablos tradicionales: la impresión digital abandonará el adjetivo y se quedará en simple impresión, puesto que perderá novedad y será uno más de los procedimientos que ha habido, hay y habrá para imprimir. Y lo mismo le pasará a la electura, al elibro y a la ebiblioteca: volverán a ser los simples términos que fueron: lectura, libro y biblioteca. Y si no, sirva de ejemplo que cuando se asentó la imprenta de Gutenberg y los libros impresos comenzaron a circular por toda Europa en la segunda mitad del siglo XV, hubo que diferenciarlos y empezar a llamar libros de mano a los que eran manuscritos —que hasta entonces eran los únicos de que se disponía—, y a los nuevos se dio en llamarles libros de molde, una dicotomía léxica que en nada se diferencia, si lo pensamos bien, de ese intento actual de diferenciar entre el ebook y el book, esto es, entre el elibro y el libro. La misma cosa son, y la misma cosa volverán a ser con el tiempo.
sábado, 9 de octubre de 2010
Temor de Nobel
“Espero que los cambios tecnológicos no signifiquen una banalización, una trivialización del consumo de libros. Creo que incluso existe la posibilidad de que las nuevas tecnologías permitan explorar los problemas más esenciales del ser humano. De nosotros depende que no se acabe con ese avance de la civilización que representa el libro” (declaración de Mario Vargas Llosa, el 7 de octubre de 2010, día en que le concedieron el Premio Nobel de Literatura).
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