domingo, 25 de abril de 2010

Libros expósitos

Entré en un prodigioso blog dedicado a la literatura gótica y me descargé El castillo de los Cárpatos de Julio Verne, que no había leído. Ahora, unos días después, intento leerlo. Lo imprimí, claro, porque en pantalla me hubiese dejado la salud. Ocupa 87 folios A4. Los tipos son de cuerpo 10. El formato folio es incómodo para la costumbre de leer novelas, pero sea. Descubro, cuando lo hojeo, que el texto no tiene cabeceras para hacerme una idea de qué capítulo estoy. Pero peor es que no tiene paginación. Si el taco de folios se me cayera de las manos, adios novela, se volvería un rompecabezas sin sentido. Debería encuadernarlo. Para ello me compré una encuadernadora de canutillo hace tiempo. Antes, echo una ojeada al texto. Me derrumbo. El texto no está compuesto, como se ha hecho siempre en las artes gráficas, sino digitalizado a partir de alguna edición ya existente. ¿De cuál? ¿Quién fue el investigador literario que con su nombre en la página de créditos o en la introducción se responsabilizó de que ese texto de Verne es fidedigno, es correcto, es auténtico? ¿Quién me garantiza que no le faltan o le sobran cosas a ese texto? ¿Cuál fue el sello que avaló esa edición? A las primeras de cambio compruebo que la versión digital que leo se ha obtenido mediante un programa de reconocimiento de caracteres, un OCR. Peligro y desánimo. A la cuarta página dejo de leer. La cantidad de erratas, faltas, fallos, incongruencias, disparates y sinsentidos es tal que la lectura se vuelve ofensa. Me rindo. Tengo entre las manos un libro fallido: no tiene cubiertas, no sé quién lo ha editado, quién lo ha transcrito, quién lo avala (bueno, un blog...), no tiene marcas de edición como la paginación, el índice, esas cosas que siempre han hecho los antiguos editores, me lo he tenido que imprimir por mi cuenta, carece de encuadernación salvo que yo se la haga, si lo hago y lo pongo en una estantería se juntará con otros que yacen en esa balda donde no sé quién es quién, porque por el lomo de espiral todos los gatos son pardos... Y también he tenido entre las manos una lectura fallida: el texto es una burla apresurada que pretende hacerse pasar por una creación de Julio Verne.
Como consuelo, estaba a punto de decir que por lo menos, dentro del fracaso, la pretensíón de leer me ha salido gratis, pero me doy cuenta de que no, nada más lejos: una compañía telefónica me ha cobrado mientras buscaba en la red el texto, he gastado una pila de papel que puse de mi bolsillo, y unos centímetros de tinta de impresora casera, y por los pelos de la prudencia no lo encuaderné con mi canutillo y mis guardas de cartón y acetato, para asearlo un poco. No sé, lo mismo tres o cuatro euros me he dejado, más el tiempo perdido y las molestias, que puedo valorar para no ofenderme a mí mismo en por lo menos otro euro.
Hay varias ediciones de bolsillo en el mercado que rondan ese precio. Y son decentes, limpias y tienen padre reconocido.

martes, 6 de abril de 2010

Dedicatoria

El maestro Francisco Sánchez de las Brozas, conocido como El Brocense, catedrático de prima de Retórica y profesor de griego, le deseaba “gozo y bienestar” a la “ínclita Universidad de Salamanca” cuando le dedicaba su Minerva (1587), obra cumbre de cuantas escribió. La entrada no tiene desperdicio: “¿Cómo podría, madre Universidad, la más brillante de las que son y de la que fueron, librarme de la acusación de ingratitud, si yo, alimentado y educado en tus aulas y equipado durante cuarenta años en tus artes y en tus enseñanzas, no te ofrezco una recompensa por tus alimentos? Pero, ¿qué premio puedo pagar a tan gran madre nutricia? Sin duda pequeño, si es que quiero ofrecer un don digno de tan gran majestad. De todas formas, ofrezco de buen grado lo que puedo. Lo que sí es cierto —y en esto no me engaño— es que ofrezco algo, más importante y más necesario que lo cual ningún otro ofreció nunca”.

Quitado el punto de arrogancia de considerarse el más generoso de cuantos hasta entonces habían contribuido a hacer del Alma Mater lo que era, y no era poco en sus días, la entregada declaración de amor filial, exultante y arrobada, no deja de evocarme la comparación con las dedicatorias de los varios cientos de libros académicos que en los últimos 25 años he tenido la oportunidad de revisar antes de que pasaran a las otras minervas, las de imprimir. No parecen nuestros tiempos propicios a la retorica amatoria puesta por escrito y a los pies de la madre que nos da de comer, como decía el gramático; a lo más, un agradecimiento escueto entre los muchos que los autores hoy se ven obligados a reconocer en la página al uso.

Participo con frecuencia, seguramente como todos, en endogámicas conversaciones en las que el bisturí saja la lealtad, la responsabilidad, los valores institucionales que esperamos de esta vetusta academia, en la creencia de que todos damos mucho más de lo que recibimos, pero no soy el único que concluye que, muy al contrario, es la parquedad de gestos generosos la que nos acompaña a casi todos, y no sólo en las dedicatorias de los libros.

En el encabezamiento de sus palabras, El Brocense llamaba a la Universidad de Salamanca “madre cariñosa”. A los tataranietos de hoy nos contaría un potosí referirnos en esos términos a la que consideramos, en muchas ocasiones y por desgracia, una empresa.