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lunes, 26 de noviembre de 2012

sábado, 7 de julio de 2012

viernes, 6 de julio de 2012

Erratas al sol

Las erratas más dañinas se encuentran siempre en la parte más visible de un libro, digamos la cubierta, la portada, el índice, las portadillas, los textos introductorios o los títulos de los capítulos, más que en el texto corrido. Parece responder a alguna ley nefasta de la corrección, un castigo que ensombrece quizá un buen trabajo echando un borrón donde el daño es inocultable e irreparable, salvo la presumible vuelta a la impresión si el dolor es insoportable. Ello es producto de la falta de atención en lo que parece más evidente. Recuerda el argumento que planteaba Edgar Allan Poe en su famoso relato La carta robada: un inspector de policía busca afanosamente en un domicilio determinado una carta comprometedora para una dama que ha sido robada por el sospechoso, de tal forma que la investigación incluye los lugares más recónditos del domicilio, pongamos por caso una pata hueca de una silla que ha sido desmontada y vuelta a montar a tal fin encubridor; sin embargo, la trama se resuelve del modo más elemental: la carta estaba tan a la vista y a mano como sobre un tarjetero encima de la repisa de la chimenea. El lugar menos sospechoso. Poe pone un ejemplo muy adecuado de cómo lo más evidente es lo que menos se ve: 
Hay un juego de adivinación […] que se juega con un mapa. Uno de los participantes pide al otro que encuentre una palabra dada: el nombre de una ciudad, un río, un Estado o un imperio; en suma, cualquier palabra que figure en la abigarrada y complicada superficie del mapa. Por lo regular, un novato en el juego busca confundir a su oponente proponiéndole los nombres escritos con los caracteres más pequeños, mientras el buen jugador escogerá aquellos que se extienden con grandes letras de una parte a otra del mapa. Estos últimos, al igual que las muestras y carteles excesivamente grandes, escapan a la atención a fuerza de ser evidentes, y en esto la desatención ocular resulta análoga al descuido que lleva al intelecto a no tomar en cuenta consideraciones excesivas y palpablemente evidentes. 
La similitud de la circunstancia con la que el corrector ha de comportarse pone a prueba su habilidad para pastorear las imprevisibles erratas hacia las zonas más sombrías del libro, y no en los lugares donde luce el sol y hace brillar los desperfectos.
 

miércoles, 25 de abril de 2012

Ojos de águila

El que quiere andar con cuidado tropieza con frecuencia; y el que intenta sacar un libro sin errores sale mal parado. La imperfección acecha en todas partes, por mucho que los hombres la busquen con ojos de águila. Con mucha frecuencia entrará sigilosamente por la puerta trasera, aun cuando el vigilante tenga los ojos bien abiertos. Ahora el fallo está con el autor que escribe el original, ahora con el impresor que lo lee después. En resumen, será así aunque pase por muchas manos y bajo muchos ojos; cuanto más será así cuando es solamente un hombre quien lo lea.


(Dirk Pieterszoon, 1644)

miércoles, 11 de abril de 2012

El corrector capaz

El corrector (de que hubo antiguamente y hay muchos graduados en las universidades en diferentes ciencias) ha de saber Gramática, Ortografía, Etimologías, Apuntuación, colocación de acentos, tener noticia de las Ciencias y buenas letras, haziéndose capaz de asumpto del libro que se imprime, conocimiento de Autores, de caracteres griegos y hebreos, cifras médicas, astrológicas, abreviaturas escolásticas, reglas de música para libros de canto [...], elocución y arte para emendar barbarismos, solecismos y otros defectos que se cometen en latín y romance, saber el comportamiento de las planas, para que salgan en orden, y numerosos, y cuenta para los folios. Demás desto ha de tener el oído atento a lo que lee, la vista a lo que se mira: el entendimiento a la contextura de lo que se corrige para emendar faltas, y tanta atención que cualquiera defecto corre por su cuenta.

(Gonzalo de Ayala, siglo XVI)

lunes, 12 de marzo de 2012

Correcciones a pasabola

Los escritores, por lo común, corregimos las pruebas de nuestras primeras ediciones y a veces, ni eso. Las que siguen las dejamos al cuidado de los editores quienes, quizá por aquello de su conocida afición al noble y entretenido juego del pasabola, delegan en el impresor, el que se apoya en el corrector de pruebas que, como anda de cabeza, llama en su auxilio a ese primo pobre que todos tenemos quien, como es más bien haragán, manda a un vecino. El resultado es que, al final, el texto no lo reconoce ni su padre: en este caso, un servidor de ustedes. Los libros, con frecuencia, mejoran con esta gratuita y tácita colaboración, pero los autores rara vez nos avenimos a reconocerlo y solemos preferir, quizás habituados por la soberbia, aquello que con mejor o peor fortuna habíamos escrito.

(Camilo José Cela, 1989)

sábado, 10 de marzo de 2012

Hombres muy avisados

Igualmente se debe distinguir en las impresiones lo material y formal de ellas. Los defectos en lo material se deben atribuir al impresor; los de lo formal al autor; verdad es que éste debe también velar sobre lo material, porque a nadie incumbe más que a su dueño el que la obra salga con la mayor perfección; y a no poner un sumo cuidado y vigilancia le aparentarán los impresores (como hace la mayor parte de los artesanos), bondad en lo que no la tiene, precisándole a pasar por defectos que conocen bien los facultativos; pero que ellos, por no confesar sus descuidos, ni detener por poco tiempo la prensa, procuran disimular. Para que un libro salga impreso con alguna hermosura, requiere una atención muy exacta y prolija de parte de todos los que manejan la impresión, y aun así a veces no alcanza: tal es la limitación de talentos aun de los hombres muy avisados.

(Fray Francisco Méndez, 1796)

Hundimientos

Ante el hundimiento del barco, las ratas son las primeras que desaparecen. Ante el hundimiento del libro, las erratas son las primeras que vuelven.

viernes, 9 de marzo de 2012

Carta de Unamuno a un tipógrafo

Unas palabras ─más de cuatro─, mi estimado y paciente colaborador, sobre su función respecto a mis artículos. En los que, ya impresos, suelen aparecer erratas que si son leves, como una de hoy en que aparece resuelve donde escribí revuelve, otras obedecen, me figuro, a no tener a la vista, al corregir las capillas, mis originales y observar ciertas peculiaridades, algunas heterográficas, de este mi dialecto personal que el otro día me dijo Menéndez Pidal que es un supercastellano. Así, un día cuando yo escribí engeño, añadiendo que es voz desaparecida, me pusieron ingenio, que es la actual; otra vez pusieron desesperado donde yo decía desperado; en mi artículo sobre el mozo de la pedrada [se refiere a un individuo o mozalbete que, para exteriorizar su protesta por las interminables discusiones en el Congreso, lanzó al hemiciclo una piedra, con el estrépito consiguiente], se me corrigió el malencónico ─que es la forma corriente en el campo salmantino─ por el oficial melancólico. Y etc.
Le ruego, pues, que tenga a la vista mis originales, ya que es naturalísimo e inevitable que el tipógrafo se deje llevar de lo corriente y lea lo que está habituado a leer. Y no pretendo que se me respeten ciertas peculiaridades heterográficas como escojer, cojer, recojer, lijero, etc. (como acentúo telégrama, y así lo pronuncio).
Y a este caso, le contaré lo que una vez me ocurrió al enviarme segundas pruebas de un libro. En el que yo suprimía ¡claro está! todas esas letras absurdas como las p, b, y s de septiembre, obscuro, inconsciencia, suscriptor, etc. Había tachado una pe de septiembre, y en segundas pruebas me la vuelven a colar con un marginal “¡ojo!”. Volví a tacharla, y el “¡ojo!”, y en vez de éste, puse: “¡oído!”.
Y basta de tiquismiquis gramaticaleros. Procuro escribir con estas patitas de mosca lo más claro posible ─aborrezco la mecanografía tanto como la telefonía─ y espero que me tolerarán mis dialectalismos individuales y hasta mis peculiaridades heterográficas.
Le saluda,

Miguel de Unamuno (1932)

sábado, 19 de marzo de 2011

Todo pasa

“Todo pasa y nada queda”,
había escrito Antonio Machado,
antes de que le llegaran
las pruebas de imprenta
en las que la pesadumbre
−árbol que abarca la luz
entera, y ciega−
comenzó a deshojarse
gracias a una tachadura.

Faulkner

Faulkner se llamaba, en realidad, William Cuthbert Falkner y, según parece, Falkner apareció como Faulkner, por error, nada menos que en la portada del primer libro del escritor, que decidió adoptar el apellido para siempre.

Linotipista

Cuando hacíamos periódicos con plomo fundido era frecuente que un linotipista viniera con el papel a advertirme de un error; y siempre tenía razón. El gremio de tipógrafos fue el más culto de la clase obrera porque tenían que leer diarios y libros que confeccionaban.

[José Luis Martín Prieto, La Razón, 16 de diciembre de 2010, p. 55.]

Poetarum limae labor

Nil intemptatum nostri liquere poetae,
nec minimum meruere decus uestigia Graeca
ausi deserere et celebrare domestica facta,
uel qui praetextas uel qui docuere togatas.
Nec uirtute foret clarisue potentius armis
quam lingua Latium, si non offenderet unum
quemque poetarum limae labor et mora. Vos, o
Pompilius sanguis, carmen reprehendite quod non
multa dies et multa litura coercuit atque
praesectum deciens non castigauit ad unguem.
Ingenium misera quia fortunatius arte
credit et excludit sanos Helicone poetas
Democritus, bona pars non unguis ponere curat,
non barbam, secreta petit loca, balnea uitat;
nanciscetur enim pretium nomenque poetae,
si tribus Anticyris caput insanabile nunquam
tonsori Licino commiserit. O ego laeuus
qui purgor bilem sub uerni temporis horam!

[Horacio, Ars poetica]

jueves, 16 de diciembre de 2010

Tipógrafos leídos

"Cuando hacíamos periódicos con plomo fundido era frecuente que un linotipista viniera con el papel a advertirme de un error; y siempre tenía razón. El gremio de tipógrafos fue el más culto de la clase obrera porque tenían que leer diarios y libros que confeccionaban." (José Luis Martín Prieto, La Razón, 16 de diciembre de 2010, p. 55)

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Cruce de cables

Leo en un libro de una editorial salmantina, por otra parte excelente, que su autora, también salmantina, y también excelente, se traga un lapsus de esos que nadie te avisa y sólo ya impresos se manifiestan en su esplendor. En la primera línea de la página 44 dice: “Aun así Salamanca, como bien decía Unamuno, enhechiza la voluntad de los que a ella acuden…”, siendo cierto que la frase correcta es “Salamanca, que enhechiza la voluntad de volver a ella a todos los que de la apacibilidad de su vivienda han gustado”. Y no la dijo Unamuno, sino que la escribió Cervantes.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Boscán

En la epístola preliminar dirigida a doña Gerónima Palova de Almogávar, con que se abre la primera edición castellana de El Cortesano de Baldassare Castiglione, traducido por Boscán, escribe Garcilaso (autor de la epístola citada) que no ha tenido nada que ver con la traducción de la obra, salvo en persuadir a Boscán para que la publicara con presteza, aunque declara que este último “me hizo estar presente a la postrera lima, más como hombre acogido a razón que como ayudador de ninguna enmienda”.

domingo, 3 de octubre de 2010

Cambio de vida

El texto que supuestamente pretendía ser editado, comenzaba diciendo en su primera frase: "Cuando Lidia tuvo nueve anos, su vida cambió completamente". No me extraña. Tan prodigioso delta intestinal le cambia la vida a cualquiera.
Cuando el autor no es capaz de escribir bien, ni volver a leer ni una segunda ni ninguna vez más la primera frase de su libro, qué puede hacer el editor, el corrector, el lector... Cierto que todo alfarero rompe un puchero, pero hay quien en vez de manos tiene martillos.

sábado, 12 de junio de 2010

Quandoque bonus dormitat Homerus

Hasta el buen Homero echa una cabezadita de vez en cuando, escribió Quinto Horacio Flaco en el verso 359 de su Epístola a los Pisones, con el sentido indulgente de que incluso el más sabio de los sabios comete errores algunas veces o, dicho de otro modo, no hay obra humana que sea perfecta, y ni muchísimo menos la corrección de un libro.

domingo, 14 de junio de 2009

Leo que de las tres Moiras de la mitología griega (su equivalente en Roma fueron las Parcas), la llamada Cloto era "la que hila", la que trenza el hilo del destino; Láquesis era "la que asigna el destino", la que medía la longitud del hilo; y Átropos era "la inflexible", la que daba el último tijeretazo la hilo. No está mal la función de Átropos como metáfora del oficio de corrector: corta todo aquello que afearía la memoria de un texto, aun cuando el texto sea mortal y, muchas veces, intrínsecamente feo por sí mismo.

domingo, 10 de mayo de 2009

En el folleto de acompañamiento de un disco compacto de música coral que me regala mi madre descubro que los textos en latín están acentuados. No puedo evitar fijarme siempre más en los desaciertos que en los aciertos. Sin embargo, en este caso no era desacierto, sino supina ignorancia mía, que todavía mancha lo que toca. Al final del folleto, previsor, el redactor avisa de que "los textos latinos aparecen con tildes, conforme al uso de los libros litúrgicos para canto". Nunca se acaba de aprender. La desconfianza es un instrumento imprescindible del corrector, y la humildad de que casi todo se ignora también.