Las erratas más dañinas se encuentran siempre en la parte más visible de un libro, digamos la cubierta, la portada, el índice, las portadillas, los textos introductorios o los títulos de los capítulos, más que en el texto corrido. Parece responder a alguna ley nefasta de la corrección, un castigo que ensombrece quizá un buen trabajo echando un borrón donde el daño es inocultable e irreparable, salvo la presumible vuelta a la impresión si el dolor es insoportable. Ello es producto de la falta de atención en lo que parece más evidente. Recuerda el argumento que planteaba Edgar Allan Poe en su famoso relato La carta robada: un inspector de policía busca afanosamente en un domicilio determinado una carta comprometedora para una dama que ha sido robada por el sospechoso, de tal forma que la investigación incluye los lugares más recónditos del domicilio, pongamos por caso una pata hueca de una silla que ha sido desmontada y vuelta a montar a tal fin encubridor; sin embargo, la trama se resuelve del modo más elemental: la carta estaba tan a la vista y a mano como sobre un tarjetero encima de la repisa de la chimenea. El lugar menos sospechoso. Poe pone un ejemplo muy adecuado de cómo lo más evidente es lo que menos se ve:
Hay un juego de adivinación […] que se juega con un mapa. Uno de los participantes pide al otro que encuentre una palabra dada: el nombre de una ciudad, un río, un Estado o un imperio; en suma, cualquier palabra que figure en la abigarrada y complicada superficie del mapa. Por lo regular, un novato en el juego busca confundir a su oponente proponiéndole los nombres escritos con los caracteres más pequeños, mientras el buen jugador escogerá aquellos que se extienden con grandes letras de una parte a otra del mapa. Estos últimos, al igual que las muestras y carteles excesivamente grandes, escapan a la atención a fuerza de ser evidentes, y en esto la desatención ocular resulta análoga al descuido que lleva al intelecto a no tomar en cuenta consideraciones excesivas y palpablemente evidentes.
La similitud de la circunstancia con la que el corrector ha de comportarse pone a prueba su habilidad para pastorear las imprevisibles erratas hacia las zonas más sombrías del libro, y no en los lugares donde luce el sol y hace brillar los desperfectos.
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