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lunes, 26 de noviembre de 2012

lunes, 23 de julio de 2012

Esther Tusquets

Hoy ha muerto Esther Tusquets. Descanse en paz. Sus varios libros de memorias han sido enriquecedores para mi conocimiento de la profesión, pero de entre todos sus pensamientos me quedo con aquel que dijo en una entrevista, hace veintidós años si no recuerdo mal, en la revista Quimera probablemente, en la que expresaba su aburrimiento por “tener que llamar otra vez a la imprenta y encargar otros diez mil mafaldas”, sin que sea frase literal. Se refería a cualquiera de los libros de tiras cómicas del inolvidable personaje creado por Quino, cuyas exitosas ventas, afirmaba, le permitían el placer de publicar los libros de poesía, que era lo que de verdad le gustaba. En aquella misma entrevista soñaba con publicar no más de cinco o seis libros al año, lo que le apeteciera, en vez de cuarenta o cincuenta que tenía que dar a luz para que la máquina editorial siguiera su curso. Nunca olvidé esa reflexión, porque en aquellos años era precisamente lo que yo hacía como editor junto al querido Ángel Carril. Desazonado como estoy con el oficio, me siento epígono de una generación de editores cuyos gigantes eran Esther Tusquets y todos los que ya se han ido o los que quedan en pie, los últimos antes del incendio sin remedio en el que arderá toda la edición en papel.

sábado, 7 de julio de 2012

Papanatas

La sobreabundancia de información causa estragos y desorientación. También produce, a la par, ignorancia.

La de Salamanca es una editorial universitaria normalita, hacendosa y pulcra, sin otro cometido que el de darle brillo a la tradición académica salmantina y hacer buenos libros en la medida en que le sea posible. Siempre estuvo atenta a los cambios, desde que Antonio Tovar la reinstauró en el quehacer universitario, hace casi setenta años.

Viene a cuenta este aviso porque leyendo un artículo en la revista Trama & Texturas, n.º 17 (mayo 2012) ―que dice ser revista “sobre edición y libros, sus hechos y algunas ideas”―, encuentro de nuevo uno de esos asertos que descubren mediterráneos cuando la autora, que ofrece ideas ingeniosas para que el viejo editor pase a la mejor vida digital, viene a informarnos de la sorprendente novedad de cierta editorial norteamericana, Rosenfeld Media dice llamarse, que es ejemplo de modernidad por editar sus libros en múltiples formatos al mismo tiempo: tapa dura (doy por hecho que quiere decir impreso), PDF, ePub y Mobi. Vaya por Dios. La autora, que trabaja para una editorial digital (¿no será acaso más bien una librería digital?) parece ser que ha de mirar con luces largas lo que ocurre en el mundo, que siempre parece estar lejos del entorno. Hacer eso mismo en un pueblecito de la meseta castellana que tiene una universidad ocho veces centenaria no parece aportar glamour a la lección. Varios años lleva Salamanca editando de salida sus libros en esos mismos formatos, sin que cause la admiración de los profetas.

Ya pasó lo mismo hace muchos años: Barbara Probst Solomon, tan aficionada a España, publicó un artículo de página entera en El País hacia el año 2000 muerta de admiración por no sé qué editorial norteamericana que acababa de descubrir el futuro en la edición bajo demanda, que Salamanca ya llevaba por entonces varios años practicando en silencio y con buena letra.

viernes, 6 de julio de 2012

La letra pequeña

Hoy dan cuenta los medios de comunicación de la Circular 5/2012 de 27 de junio del Banco de España, publicada en el BOE el 6 de julio, en la que la máxima autoridad bancaria nacional entre otros hechos pretende racionalizar la conducta y aumentar la transparencia de las entidades de crédito, especialmente cuando firman con los clientes contratos de depósitos, créditos al consumo y préstamos hipotecarios. Parece ser que, en un abuso de disimulo, la famosa “letra pequeña” de los contratos de toda la vida, esa parte donde se esconden los trucos y engañifas que causan tantos disgustos, era, más que minúscula, diminuta. Diríase que no se habían dado cuenta hasta ahora, vaya por Dios. Así que han regulado su tamaño.

Un punto de sorna hay en el reflejo de la noticia ya que el redactor de la circular bancaria no debía ser muy ducho en tipografía, ni tenía tiempo de preguntar a ningún profesional, y ha acabado redactando que la letra pequeña ha de tener un mínimo de un milímetro y medio. De lo que se deduce que los bancarios pueden endosarnos su jerga cuanto quieran, pero desconocen otras. Las dudas de interpretación han hecho chanza del asunto especulando sobre si tal medida se refería al “cuerpo central” (tampoco el periodista era docto en tipografía, ya que hubiera debido decir ojo medio) o si también afectaba a “las partes superiores e inferiores que sobresalen de las letras” (esto es, los rasgos ascendentes y descendentes); así las cosas, no queda claro si la letra pequeña de los contratos no podrá ser menor del cuerpo 7 o podrá encogerse hasta el cuerpo 4.

No parece que hayamos avanzado mucho, si tenemos en cuenta que lo habitual es componer por lo menos con el cuerpo 10, aceptando el mínimo del 8 para las notas a pie de página.

Seguirá habiendo abusos, además de ignorancia tipográfica.

martes, 19 de junio de 2012

La invención del fuego

Leía Crónica del Pleistoceno, un libro de Roy Lewis publicado por Anaya & Mario Muchnik en 1994, pero cuya edición original en inglés databa de 1960. Es una fábula en la que el autor hace una descripción humorística de cómo era la vida cotidiana en la prehistoria. En un momento dado, en las primeras páginas, un personaje le pregunta a otro: “¿Cuánto hace que juegas con el fuego?”, a lo que este responde: “Oh, lo descubrí hace meses. ¿Y sabes, Vanya? Es de lo más fascinante. Las posibilidades son estupendas. Quiero decir que es tanto lo que puede hacerse con él…Mucho más que una simple calefacción central, aunque ese no deja de ser un gran paso adelante. Apenas si he comenzado a descubrir sus aplicaciones. Pero solo consideremos el humo: aunque no lo creas, asfixia a las moscas y mantiene a los mosquitos alejados. ¡Claro que el fuego es una cosa engañosa! Difícil de llevar con uno, por ejemplo. También tiene un apetito voraz: come como un caballo. Propenso a ser malévolo, causa un escozor peligroso si no se tiene cuidado. Y es realmente nuevo; abre una perspectiva positiva de…”

Llegado ahí en la lectura, cambié la expresión fuego por libro electrónico y me parecía la misma cosa: los titubeos iniciales del descubrimiento son semejantes, las ventajas y desventajas del hallazgo.

El relato ahí luego se ponía jocoso: “Pero de pronto el tío Vanya lanzó un fuerte chillido y comenzó a saltar sobre un pie. Yo había observado con gran interés que durante un rato había estado encima de una grasa al rojo vivo. Se había exaltado demasiado en la discusión para notarlo, o para advertir el ruido silbante y el extraño olor que siguió. Pero ahora la brasa lo había mordido a través de la piel de su empeine”.

Te calienta, pero si te descuidas te quema.

sábado, 26 de mayo de 2012

Campos de Castilla

En 2012 se está cumpliendo el centenario de la publicación de la obra más definitoria de Antonio Machado, Campos de Castilla. A lo que me importa, quiero recordar aquí que fue publicada por una editorial institucional, la Residencia de Estudiantes, que tenía como director de publicaciones a un tal Juan Ramón Jiménez. De la obra se hizo una tirada de 2.300 ejemplares y fue un éxito desde el principio.

lunes, 19 de marzo de 2012

Jordi Llovet habla de los servicios de publicaciones universitarios españoles

El libro Adiós a la universidad. El eclipse de las Humanidades (Barcelona: Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, 2011), del que es autor Jordi Llovet, hasta no hace mucho catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada de la Universidad de Barcelona, es una mezcla de memorias y reflexión sobre el estado de la universidad española escrito al tiempo en que el autor decidió retirarse de la vida académica. El capítulo sexto lleva por título “Investigar y publicar”; en él hace un repaso de sus propias obras y de las exigencias profesionales y ambiente editorial en que se mueven los universitarios españoles; se reproduce aquí un fragmento (pp. 171-175, del que se han eliminado las notas a pie de página) que alude, en su parte final, a los servicios de publicaciones universitarios.

*

También los procedimientos de las comisiones académicas creadas ad hoc y los de las agencias de “evaluación de la calidad universitaria” –ya sean las de ámbito estatal, ya sean las autonómicas– han acarreado consecuencias penosas para la docencia. Desde hace un par de decenios, estas agencias han establecido como criterio prácticamente único para otorgar los llamados “pluses autonómicos” –pequeñas cantidades, ridículas en Cataluña, más substanciales en el País Vasco o en Murcia, por ejemplo, que reciben los profesores numerarios de acuerdo con el nivel de vida del lugar en el que residen e imparten docencia–, también para alcanzar los llamados “tramos de investigación” –que cada seis años permiten a los profesores obtener un aumento algo más significativo de su sueldo–, y, algo más inquietante, últimamente para la promoción de los profesores al funcionariado.
Ante la imposibilidad de desplazar a jueces e inspectores a todas y cada una de las aulas –para comprobar in situ la categoría de un profesor– esas agencias y comisiones “a distancia” –“teleagencias”, pues– se han convertido prácticamente en la única garantía que posee un profesor para alcanzar una u otra, o varias, de las prebendas aludidas. Para ello se requiere al profesor, periódicamente para que envíe a dichas agencias y comisiones un listado con las publicaciones que ha realizado a lo largo del último año o período de varios años.
Como el único modo de obtener esas mínimas ventajas, básicamente económicas, consiste en responder a unos formularios que llegan siempre con enorme puntualidad, los profesores se han visto obligados, de unas décadas para acá, a llenarlos y referir la serie de artículos, libros u otras publicaciones que hayan generado a lo largo de período correspondiente. A ningún profesor se le ha requerido jamás que añada, a esos formularios, fotocopias de los artículos o ejemplares de los libros publicados, salvo en algunos casos, exiguos, de reclamación.
A consecuencia de este sistema de evaluación, los profesores se han obsesionado en generar la mayor cantidad de artículos y de libros posible, siempre en el bien entendido de que es suficiente mencionar los títulos de estas publicaciones y nada más. A este respecto, por lo que se refiere a los artículos publicados en revistas, las agencias y comisiones disponen de una lista de la supuesta solvencia de las publicaciones periódicas del mundo entero, de modo que siempre se puntuará con mejor calificación un artículo investigador publicado en The Lancet por un profesor de Medicina, pongamos por caso, que un artículo publicado por un profesor de Letras, valga el ejemplo, en una revista de ámbito comarcal. El primero de los artículos puede consistir en un plagio (ha sucedido incluso en aquella prestigiosa revista) y el segundo en un descubrimiento arqueológico o filológico de primer orden; pero el registro de las revistas obedece a un criterio de “solvencia científica” que se fijó hace años de una vez por todas, de modo que es difícil escapar a la lógica perversa que prima una publicación adocenada en una de las revistas situadas en lo más alto del ranking, por encima de cualquier aportación original publicada en una revista considerada de tercera categoría: lo que importa no es que tal o cual artículo sea encomiable, intelectualmente sólido o bien escrito, sino que el autor haya conseguido publicarlo en una revista supuestamente superior a las demás.
Con las publicaciones en forma de libro sucede, si ello es posible, algo peor. En este caso no se establece ninguna diferencia acerca del sello editorial encargado de la publicación y mucho menos acerca de la solvencia intangible de la misma; lo que importa es que el libro exista: es decir, que haya una serie indefinida de hojas encuadernadas, firmadas por el solicitante, editadas bajo la rúbrica de una editorial determinada, con un ISBN patente, y que se trate, en el mejor de los casos, de un trabajo original. Como sucede en tantos otros ámbitos de la vida universitaria, lo que aprecian las agencias de evaluación no es la calidad de lo que se ha escrito –aunque la voz “calidad” aparece en las variadas denominaciones de estas agencias–, sino el mero hecho de que una publicación exista.
De acuerdo con este procedimiento, y salvo las excepciones de rigor, los profesores son capaces de escribir cualquier cosa –que ni tiene valor por sí misma, ni denota esfuerzo intelectual alguno, ni será, posiblemente, leída por nadie– para poder presentar, en los plazos convenientes, el mero “listado” a que hemos hecho referencia. Esto es grave en términos generales, pero lo es mucho más en los campos de las Ciencias Sociales y las Humanidades, pues, en estos, la aglomeración o concatenación de frases no es una tarea que requiera de sus respectivos redactores un gran esfuerzo; y muchas de las afirmaciones que uno puede llegar a escribir en esos campos son, también en virtud de la laxitud y la ambigüedad del discurso humanístico –otra cosa sería el rigurosamente filológico–, de imposible discusión y de una valoración muy relativa. Encima, profesores que han dedicado lustros o decenios a traducir grandes obras del legado griego, latino, chino, ruso o polaco, por ejemplo, editándolas con pulcritud, tienen que ver, con el grado de humillación que esto comporta para un amante de las Letras, cómo estas publicaciones no entran en ningún baremo por el mero hecho de que, según se supone, una traducción no tiene nada de original.
Así los catálogos editoriales se han llenado –muy en especial los de los servicios de publicaciones de las universidades– de libros completamente prescindibles, a menudo muy mal escritos. Como Don Quijote le dice a Sancho en el episodio de la Cueva de Montesinos, refiriéndose a quien se dice que ha escrito la continuación del De inventoribus rerum, de “Virgilio Polidoro”: “Hay algunos que se cansan en saber y averiguar cosas que, después de sabidas y averiguadas, no importan un ardite al entendimiento ni a la memoria”. Como esta es la lógica imperante, tampoco debe sorprender que las colecciones de libros universitarios anden llenas de sesudas tesis doctorales que ningún editor del país se atrevería a publicar –algunas buenas, otras del todo innecesarias, cuando no rocambolescas–, de modo que cuesta encontrar, en el actual panorama de las universidades españolas, algún servicio de publicaciones con un catálogo editorial solvente: las publicaciones de las universidades de Salamanca, Valencia o Málaga, por ejemplo, constituyen una excepción, digna de ser anotada en este libro.

viernes, 27 de mayo de 2011

Una nota paratextual sobre "Gutenberg 2.0. La revolución de los libros electrónicos"

Los libros de autor (no todos lo son) suelen tener despojos, desechos de casquería que los lectores acostumbran dejar a un lado cuando dan cuenta de ellos. Parecen no muy apetecibles partes de la pieza, que se consideran no comestibles por insípidas ante lo magro que lo acompaña. Tales son los casos, por ejemplo, de las páginas que acogen las dedicatorias o los prólogos.
Hay libros, sin embargo, donde el festín comienza precisamente ahí, en esos preámbulos que parecen acompañamientos obligados y que en las excepciones son indicios de que lo que sigue no puede desmerecer tan magnífica entrada.
Es lo que sucede con Gutenberg 2.0. La revolución de los libros electrónicos que han escrito José Antonio Cordón García, Raquel Gómez Díaz y Julio Alonso Arévalo, recién publicado por la gijonesa Ediciones Trea.
A mayores de la enjundia de las páginas centrales de la obra, exhaustivo estado de la cuestión sobre la mutación del libro tradicional en libro contemporáneo (por enfrentar adjetivos de adecuada semántica), los autores han tenido el ingenio y la habilidad de anteponer una dedicatoria que con buena luz y mejor sorna rompe los cánones del género. Así, más que tributo a los próximos, la página se viste de relato breve donde en sucesivos brindis bienhumorados se resumen actitudes, caracteres y posturas que mucho tienen que ver con la sociología de la lectura o, in extenso, con los profundos cambios que la tecnología está introduciendo en nuestro comportamiento, de tal guisa que en la letanía vemos pasar —apellidados con zumba— a los amantes del vinilo o los integristas de la estafeta de correos, los devotos de la Olivetti o los fundamentalistas de Internet, los ludistas del móvil o las víctimas del low cost, entre otros muchos, tribus analógicas y digitales que conviven en nuestros días, hasta que la próxima generación supere la mayor parte de las paradojas que se encubren y descubren en tan familiar, prolija y original dedicatoria.
No menos moldes (incluso los tipográficos) rompe el prólogo que firma el pionero y maestro digital José Antonio Millán, que alivia la retórica obligada de este tipo de textos, cuyas señas de identidad son el elogio del autor, la ponderación de los méritos del contenido y la incitación a la lectura de las páginas que siguen. Tales viajes, para los que se carga siempre con las mismas alforjas, adquieren en esta ocasión una forma casi poética y de rigor minimalista, puesto que carece hasta de sintaxis y se vuelve nube en la que bailan (tipográficamente cada uno a su son, como corresponde) aquellos términos que componen (o descomponen) el repertorio léxico que cualquier lector introducido en las nuevas tecnologías y el negocio editorial conoce por demás y que forma parte de la jerga con que hoy nos entendemos quienes andamos alrededor del mundo del libro y la lectura; términos que son, como se puede deducir, la síntesis premonitoria de lo que luego nos vamos a encontrar sobradamente analizado en el libro: 110 sustantivos de los que Johannes Gutenberg sólo conoció libro, autor, biblioteca, edición, página, lectura o incluso mercado, pero qué silenciosa contracción de cejas haría hoy si supiera de vocablos como dispositivo, escaneado, soporte, accesibilidad, wiki, blog, RSS o ebook.
En vista de lo cual, viniendo así presentados los aperitivos, me permitirán que del resto del libro ya ni les hable.

jueves, 28 de abril de 2011

Urueña

El sábado 16 de abril era un día más que apetecible para la dispersión del espíritu. Hacía un sol esplendoroso, comenzaban para muchos unos días vacacionales y más de cuatro tenían la jornada anotada con versales en la agenda para pegarse a la televisión a la caída del sol, con el primero de los infinitos duelos a muerte entre merengues y culés. Todo animaba a la evasión más que a escuchar respuestas sobre el debate del siglo, que no es futbolístico sino libresco: La lectura y sus soportes en el Centro e-LEA de Urueña, la Villa del Libro anclada en el marítimo paisaje de la llanura vallisoletana.
Se trataba de escuchar opiniones expertas, pero también algunas experimentales, sobre la recepción que el lector hace de la obra según se haga sobre papel o sobre pantalla. Pongamos un símil: se trataba de compartir análisis sobre las diferencias y experiencias entre la cocina de fogón o la de microondas. El símil es burdo, lo sé, pero nos entendemos. Ahí estuvieron estupendos y muy entretenidos grandes chefs de asador tradicional como son José Antonio Pascual, vicedirector de la Real Academia, Antonio Colinas, poeta, y Joaquín Díaz, etnógrafo, a los que Javier Valbuena extrajo sus opiniones después de haberles encerrado durante unas semanas con un microondas (esto es, con un ebook), experiencia de la que salieron con apetito, pero bien nutridos. José Afonso Furtado, de la Fundación Gulbenkian, trajo toda su infinita sabiduría, inagotable, sobre los nuevos tiempos de la cocción literaria y los comensales de hoy en día. Javier No, decano de Comunicación de la Pontificia de Salamanca, completó la visión de la gastronomía que se está innovando en Territoriio Ebook. Ignacio Latasa, director de Leer-e, dejó claros los diferentes sabores que dejan en el paladar las tabletas y los ereaders, que parecen lo mismo pero producen digestiones distintas. El postre giró en torno a las delicias del blog como nueva tertulia entre ausentes inseparables, con Flori Corrionero como perfecta maître de ceremonias del sabroso diálogo a tal fin entre Luis G. Jambrina, novelista, y Óscar T. Pérez y Daniel Monedero, responsables de Artistas Insólitos dentro del proyecto Territorio Ebook. Acabamos en la esbelta ermita de Nuestra Señora de la Anunciada, extramuros, entre risas y aplausos en el estreno nacional del último montaje, al caso que nos ocupa, del grupo teatral Spasmo, plato que llevaba por título Ebook, las edades del libro, un recorrido desde la Prehistoria hasta las Luces en torno a los benéficos efectos de la lectura.
Rondábamos el centenar los profesionales, aficionados y curiosos hambrientos que nos dimos cita en esta jornada que dejó, obvio es decirlo, buen sabor de boca y recetas con las que cuidar la salud lectora. Sin duda éramos un grupo de buenos comensales que no le hacemos ascos a ningún manjar, y el que nos sirvió la Fundación Germán Sánchez Ruipérez estuvo, en todo momento, en su punto, como suele.
No dejaré de mencionar, nobleza obliga, el excelente cordero al horno, en su sentido literal, que sirve La Oveja Negra, ese restaurante que más que nombre tiene título que a Augusto Monterroso le hubiera parecido plagio afortunado.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Tesis doctorales plagiadas

En el mismo día los periódicos traen la noticia de dos tesis doctorales con una alta presunción de falsedad. La primera, que ya rondaba desde hace dos semanas, es la del ministro alemán de defensa, Karl Theodor zu Guttenberg, descendiente del inventor de la imprenta. Le han pillado plagiando una buena parte de sus argumentos, copiados sin citar la fuente. La segunda, la de Saif el Islam, el presunto hijo sensato del dictador Gadafi, leída en la eminente London School of Economics, cuyas cuatrocientas y pico páginas pudiera ser que ni siquiera las hubiera escrito él mismo, sino un negro que no tuvo mayor inconveniente en tomar prestadas ideas y argumentos, sin pararse a mencionar a los autores saqueados.
Sin duda ambos doctores son víctimas no sólo de su falta de pericia, sino también de su alta posición y escrutinio público. Se leen cientos de tesis doctorales cada año en todas partes, pero los autores no suelen ser personajes públicos. Sería interesante que hubiese algún organismo, siquiera una ONG o cuando menos un programa de software que, haciendo las veces de lo que es el papel de un editor o un corrector, comprobase si los contenidos de tanta tesis son originales de su autor.
Mejor no meneallo, no sea que se nos venga abajo el tinglado académico. Pasemos página.

domingo, 27 de febrero de 2011

El ejemplar

En una de las entrevistas periodísticas previas a su investidura como doctor honoris causa por la Universidad de Salamanca, Germán Sánchez Ruipérez aducía hace unos días el fin del ejemplar como medida de unidad de comercio en el negocio editorial. O en el mundo del libro o de la lectura, valga decir también, según desde qué lado del prisma miremos el reflejo de la luz.
La reflexión, por más que breve y perogrulla, es acertada y oportuna. En el ruido constante que estamos padeciendo en torno a la agonía del libro y el fénix que surgirá de sus cenizas, sólo de vez en cuando oigo música. Digamos que si no es el timbal, al menos sí la flauta: el ejemplar como tal sí parece tener los días contados.
Parece que un libro, tal como lo hemos entendido hasta ahora, ya no ofrece su valor intrínseco en el discurso que contiene, normalmente textual. Parece que de aquí en adelante ese discurso del autor carece de fuerza inmanente si por añadidura no se le adorna con unos cuantos aditamentos que, en el ejercicio comercial, ponen la obra en otra dimensión, más moderna, más actual, más cool, más global.
Viene pasando ya con tantas cosas, que no ha de extrañar. Hace tiempo que el periódico ya no es tal si no va acompañado de suplementos, revistas, películas, discos, coleccionables o cupones para una aspiradora. Las películas, las que todavía se venden en cederrón (entró la palabra en el diccionario de la Academia hace unos años, pero no tardará en quedar obsoleta), han de llevar tráiler, descartes, fichas y farfolla semejante. Los partidos de fútbol televisados ya no son tales si no llevan por delante la previa y por detrás el tercer tiempo. En fin, el modelo quizá sea el que hace ya muchos años viene practicando la industria automovilística, que ofrece en la venta de los automóviles una amplia variedad de equipamientos, solo algunos de los cuales vienen de serie. El resto, queda a las posibilidades económicas o consumistas del comprador.
Los libros, hasta aquí, y simplificando, tan sólo se ofrecían con una variable: en rústica o en tapa. Un ejercicio más alambicado era la suscripción (para las revistas), el coleccionable (de quiosco) o la colección (de club de lectura, por ejemplo).
Metidos en el zarzal digital, vamos camino de que aquel discurso textual del autor que constituía todo el libro en sí, carezca de aliciente comercial si no lleva en el pack todo un séquito de morcillas: un texto adicional (pongamos un relato más, o un capítulo más), la biografía del autor, un álbum de fotografías, un vídeo explicativo, un mapa o puede que tres o cuatro obras anteriores del mismo autor. O todas. El modelo, quizá por compartir soportes, se va pareciendo al musical: diríase que el mercado no es capaz de adquirir una nueva obra del artista si la docena de canciones no se convierten en veintena, además de los extras visuales y puede que hasta algún videojuego.
Ni qué decir ya de esos correos que llegan a mi bandeja regalándome de sopetón trescientas obras, mejores, peores e infames.
El ejemplar, sí, está perdiendo su condición de unidad de medida, confundido por un bosque que acabará por no dejar ver el árbol.

viernes, 25 de febrero de 2011

Escritura sagrada

José Ángel Esteban (11). "No quería perdérmelo por nada del mundo".
"Estaba ensayando con un grupo de la movida, Glutamato Ye-Ye, del que era bajista. Tenía 23 años. Un amigo periodista me dijo 'ha habido un golpe de Estado' y salí corriendo. Quería estar allí. Era un acontecimiento histórico y no quería perdérmelo por nada del mundo. Nunca tuve una sensación catastrófica, ni pensaba en huir a París. En aquellos momentos no te planteabas estas cosas".
El periodista, guionista de cine y TV y exdirector de programas de RNE, recogió decenas de notas de testimonios en cuadernos que solo tres semanas después del golpe se convirtieron en un libro,
Todos al suelo, editado por José Luis López y escrito con los también periodistas Bonifacio de la Cuadra, Ricardo Cid, Fernando Jáuregui, Rosa López, José Luis Martínez y Juan Vam den Eyde. Esteban también recuerda la llegada de los ejemplares de EL PAÍS, en cuya lectura aparece enfrascado en la fotografía. "Fijó los sentimientos que todos teníamos. Entonces la tinta impresa era definitiva, fijaba emociones. Ahora, con Internet, es diferente. Ese instante constante en que se ha convertido el periodismo lo hace todo más fluctuante".
El comentario viene a cuento de la celebración en estos días últimos del 30 aniversario del intento de golpe de Estado del 23-F. El detalle que me interesa es el de la idea de que el periódico impreso, en aquellos días de 1981, servía para fijar emociones y hoy internet produce fluctuaciones menos indelebles. Es acorde con esa idea que sostengo desde hace muchos años del carácter sagrado que tiene la palabra escrita, que en estos tiempos de terminología confusa habría que matizar y decir la palabra impresa. Hay una inmutabilidad en ella que le otorga el grado máximo de credibilidad frente a, por ejemplo, la radio o la televisión. También internet, por supuesto. Intuitivamente no le daba marchamo de certeza a algo hasta que no lo veía escrito en el periódico al día siguiente. Incluso el resultado de un partido de fútbol: sólo la crónica deportiva daba por cerrado y definitivo el partido.
Internet y otros cacharros no me producen una sensación distinta que la radio y la televisión: la palabra ahí tampoco está impresa, en ese sentido sacro que quizá desde antiguo tiene el documento entre las manos. La tableta, el iPad, el notebook o cualquier otro aparato me permite leer, por supuesto, pero no dejan de ser pantallas. El principio de autoridad, de autenticación de la información en mi subconsciente no es legítimo, hoy por hoy, hasta que no está impreso. Mejor en la página de un libro que en la hoja de un periódico, pero en cualqueir caso mejor que impreso en una pantalla, a la que todavía le falta un rango. Hoy por hoy, digo. Mañana, quién sabe. A la postre todo es efímero, por más que los papiros se guarden en ánforas dentro de cuevas oscuras en las proximidades del mar Muerto. Quizá la única escritura verdaderamente indeleble sea la epigráfica. Lo que pasa es que la literatura que se puede inscribir en un miliario no llega a ser ni aforismo. Lástima.

sábado, 27 de noviembre de 2010

Libros de molde

La pregunta que me hicieron a bocajarro era cómo se escribe: ¿e-lectura o electura? La respuesta no era fácil, porque ninguna de las dos formas léxicas para enunciar la “lectura sobre soporte electrónico” se corresponde todavía con términos admitidos en buena ley por la lengua castellana; digamos que por los diccionarios al uso, más concretamente. Suponiendo que ésa que he entrecomillado sea la acepción de lo que estamos hablando, porque la Real Academia Española define lectura en su primera acepción como “acción de leer”, así que quizá algún día, cuando admita la nueva palabra (sea ésta cual sea) habrá que matizarla mejor: “Acción de leer sobre soporte electrónico”. Si es que la admite.
A nadie se le escapará que la palabra que estamos intentando acorralar se enmarca dentro del proceso de formación de nuevos vocablos, a partir de calcos del inglés, con que se pretenden diferenciar las nuevas acciones que se están produciendo con la implantación de las nuevas tecnologías de la comunicación y la información sobre los mismos hechos de toda la vida, pero que ahora son electrónicos; la lengua inglesa, breve siempre, lo sintetiza con la incrustación de un prefijo e- que marca esa diferencia: e-learning, e-book, e-library, e-reader, e-reading y así. Los hablantes de español, partiendo de ese calco (cuando no usando muchas veces la propia voz inglesa) estamos jugando con variaciones (e-libro, elibro —alguna altamente heterodoxa con los usos tradicionales de la gramática:— eLibro), y también con la traslación perifrástica pero correcta: libro electrónico, por supuesto.
Hace unos años me enfrenté a un problema similar que me forzó a escribir un artículo que publicó José Antonio Millán (http://jamillan.com/celpas.htm): se trataba de la expresión en español para lo que los ingleses llaman print on demand: en nuestro idioma tenemos no menos de una decena de denominaciones para lo mismo: edición o impresión bajo demanda, edición o impresión por demanda, edición o impresión sobre pedido, edición o impresión bajo pedido, edición o impresión según pedido, edición o impresión por pedido, edición o impresión a pedido, edición o impresión a la carta, producción a demanda y, por último, libro instantáneo. Sin embargo, desde el sector de las artes gráficas, luminosamente, coinciden en una única denominación que a mi parecer es la más acertada en nuestra lengua: impresión digital.
No me cabe ninguna duda de que estamos en los albores de una nueva jerga en el campo léxico relacionado con el libro y la lectura, pero tampoco me cabe ninguna de que andando el tiempo (dejemos que pasen más años) todo esto habrá sido un episodio y las cosas volverán a denominarse con sus vocablos tradicionales: la impresión digital abandonará el adjetivo y se quedará en simple impresión, puesto que perderá novedad y será uno más de los procedimientos que ha habido, hay y habrá para imprimir. Y lo mismo le pasará a la electura, al elibro y a la ebiblioteca: volverán a ser los simples términos que fueron: lectura, libro y biblioteca. Y si no, sirva de ejemplo que cuando se asentó la imprenta de Gutenberg y los libros impresos comenzaron a circular por toda Europa en la segunda mitad del siglo XV, hubo que diferenciarlos y empezar a llamar libros de mano a los que eran manuscritos —que hasta entonces eran los únicos de que se disponía—, y a los nuevos se dio en llamarles libros de molde, una dicotomía léxica que en nada se diferencia, si lo pensamos bien, de ese intento actual de diferenciar entre el ebook y el book, esto es, entre el elibro y el libro. La misma cosa son, y la misma cosa volverán a ser con el tiempo.

sábado, 9 de octubre de 2010

Temor de Nobel

“Espero que los cambios tecnológicos no signifiquen una banalización, una trivialización del consumo de libros. Creo que incluso existe la posibilidad de que las nuevas tecnologías permitan explorar los problemas más esenciales del ser humano. De nosotros depende que no se acabe con ese avance de la civilización que representa el libro” (declaración de Mario Vargas Llosa, el 7 de octubre de 2010, día en que le concedieron el Premio Nobel de Literatura).

domingo, 6 de junio de 2010

Criterio editorial

A un mes y pico de haber lanzado el iPad, Stevie Jobs ha hablado: "No quiero ver cómo descendemos a una nación de blogueros. Necesitamos el criterio editorial más que nunca". Suena a consuelo que quien ha puesto al alcance de la gente el aparato que puede destrozar el sistema editorial mundial, afirme que el referente del editor es imprescindible. Lo dice pensando en el editor de periódicos, pero vale igual para el de libros: ambos están en el punto de mira de la metamorfosis y abducción. No sé qué piensa poner de su parte para que eso sea así. Bueno, rectifico: piensa poner un portal, una tienda, un embudo para que todos pasemos por caja. Pero se equivoca cuando luego dice que "la gente está dispuesta a pagar por el contenido que consume". Aparte de otros muchos errores (y algunas ventajas) que traerá la lectura electrónica, el error sobre el que se sostiene todo es que el negocio no se va a alterar. Los bandoleros montarán la jaca y asaltarán las diligencias. Ya lo hacen, pero sólo en las trochas de montaña. Llegarán a los caminos más transitados y no habrá migueletes que les paren.

martes, 25 de mayo de 2010

Periódico para dos

Esta mañana fuimos a una consulta en el hospital. La espera iba siendo larga, así que mi mujer acabó robándome las páginas centrales del periódico que había comprado y con cuya lectura mataba el tedioso tiempo de espera. Así que medio periódico para ella y medio para mí.

No habrá forma de dejarle medio aparato lector, libro electrónico, tableta o como quiera que se acabe llamando, cuando el periódico de papel sea una exquisitez minoritaria y se sustituya por la lectura digital. O ella o yo.

domingo, 25 de abril de 2010

Libros expósitos

Entré en un prodigioso blog dedicado a la literatura gótica y me descargé El castillo de los Cárpatos de Julio Verne, que no había leído. Ahora, unos días después, intento leerlo. Lo imprimí, claro, porque en pantalla me hubiese dejado la salud. Ocupa 87 folios A4. Los tipos son de cuerpo 10. El formato folio es incómodo para la costumbre de leer novelas, pero sea. Descubro, cuando lo hojeo, que el texto no tiene cabeceras para hacerme una idea de qué capítulo estoy. Pero peor es que no tiene paginación. Si el taco de folios se me cayera de las manos, adios novela, se volvería un rompecabezas sin sentido. Debería encuadernarlo. Para ello me compré una encuadernadora de canutillo hace tiempo. Antes, echo una ojeada al texto. Me derrumbo. El texto no está compuesto, como se ha hecho siempre en las artes gráficas, sino digitalizado a partir de alguna edición ya existente. ¿De cuál? ¿Quién fue el investigador literario que con su nombre en la página de créditos o en la introducción se responsabilizó de que ese texto de Verne es fidedigno, es correcto, es auténtico? ¿Quién me garantiza que no le faltan o le sobran cosas a ese texto? ¿Cuál fue el sello que avaló esa edición? A las primeras de cambio compruebo que la versión digital que leo se ha obtenido mediante un programa de reconocimiento de caracteres, un OCR. Peligro y desánimo. A la cuarta página dejo de leer. La cantidad de erratas, faltas, fallos, incongruencias, disparates y sinsentidos es tal que la lectura se vuelve ofensa. Me rindo. Tengo entre las manos un libro fallido: no tiene cubiertas, no sé quién lo ha editado, quién lo ha transcrito, quién lo avala (bueno, un blog...), no tiene marcas de edición como la paginación, el índice, esas cosas que siempre han hecho los antiguos editores, me lo he tenido que imprimir por mi cuenta, carece de encuadernación salvo que yo se la haga, si lo hago y lo pongo en una estantería se juntará con otros que yacen en esa balda donde no sé quién es quién, porque por el lomo de espiral todos los gatos son pardos... Y también he tenido entre las manos una lectura fallida: el texto es una burla apresurada que pretende hacerse pasar por una creación de Julio Verne.
Como consuelo, estaba a punto de decir que por lo menos, dentro del fracaso, la pretensíón de leer me ha salido gratis, pero me doy cuenta de que no, nada más lejos: una compañía telefónica me ha cobrado mientras buscaba en la red el texto, he gastado una pila de papel que puse de mi bolsillo, y unos centímetros de tinta de impresora casera, y por los pelos de la prudencia no lo encuaderné con mi canutillo y mis guardas de cartón y acetato, para asearlo un poco. No sé, lo mismo tres o cuatro euros me he dejado, más el tiempo perdido y las molestias, que puedo valorar para no ofenderme a mí mismo en por lo menos otro euro.
Hay varias ediciones de bolsillo en el mercado que rondan ese precio. Y son decentes, limpias y tienen padre reconocido.

martes, 6 de abril de 2010

Dedicatoria

El maestro Francisco Sánchez de las Brozas, conocido como El Brocense, catedrático de prima de Retórica y profesor de griego, le deseaba “gozo y bienestar” a la “ínclita Universidad de Salamanca” cuando le dedicaba su Minerva (1587), obra cumbre de cuantas escribió. La entrada no tiene desperdicio: “¿Cómo podría, madre Universidad, la más brillante de las que son y de la que fueron, librarme de la acusación de ingratitud, si yo, alimentado y educado en tus aulas y equipado durante cuarenta años en tus artes y en tus enseñanzas, no te ofrezco una recompensa por tus alimentos? Pero, ¿qué premio puedo pagar a tan gran madre nutricia? Sin duda pequeño, si es que quiero ofrecer un don digno de tan gran majestad. De todas formas, ofrezco de buen grado lo que puedo. Lo que sí es cierto —y en esto no me engaño— es que ofrezco algo, más importante y más necesario que lo cual ningún otro ofreció nunca”.

Quitado el punto de arrogancia de considerarse el más generoso de cuantos hasta entonces habían contribuido a hacer del Alma Mater lo que era, y no era poco en sus días, la entregada declaración de amor filial, exultante y arrobada, no deja de evocarme la comparación con las dedicatorias de los varios cientos de libros académicos que en los últimos 25 años he tenido la oportunidad de revisar antes de que pasaran a las otras minervas, las de imprimir. No parecen nuestros tiempos propicios a la retorica amatoria puesta por escrito y a los pies de la madre que nos da de comer, como decía el gramático; a lo más, un agradecimiento escueto entre los muchos que los autores hoy se ven obligados a reconocer en la página al uso.

Participo con frecuencia, seguramente como todos, en endogámicas conversaciones en las que el bisturí saja la lealtad, la responsabilidad, los valores institucionales que esperamos de esta vetusta academia, en la creencia de que todos damos mucho más de lo que recibimos, pero no soy el único que concluye que, muy al contrario, es la parquedad de gestos generosos la que nos acompaña a casi todos, y no sólo en las dedicatorias de los libros.

En el encabezamiento de sus palabras, El Brocense llamaba a la Universidad de Salamanca “madre cariñosa”. A los tataranietos de hoy nos contaría un potosí referirnos en esos términos a la que consideramos, en muchas ocasiones y por desgracia, una empresa.

domingo, 29 de noviembre de 2009

Antología invisible

Desde 1992 dos señaladas instituciones públicas, la Universidad de Salamanca y Patrimonio Nacional, conceden al unísono el que pasa por ser el gran premio poético del habla hispánica: el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. Entre otros hechos, el premio lleva implícita la publicación, bajo el sello de las dos instituciones, de una antología con los mejores versos del poeta galardonado cada año. Los libros se publican en la colección "Biblioteca de América" que abrimos en la editorial universitaria expresamente (aunque no únicamente) para dar acogida a ese canon de poesía en castellano (y también en portugués). He editado muchos de sus volúmenes. Con asiduidad, los derechos de autor estaban en explotación en España en otra editorial, que gentilmente nos cedía la posibilidad de dar luz a esa antología. La aventura, después de 18 años, está llena llena de anécdotas, que dejo para otra ocasión. En algún momento, como ocurrió con Maqroll el Gaviero de Álvaro Mutis, llegó a ser la única edición presente en el mercado, sin coincidir con otras, pero también ha ocurrido que al tiempo que aparecía en el mercado nuestra antología también lo hacía alguna otra, del mismo autor, en esta o en aquella editorial, cuando no era un libro completamente nuevo. Nunca, sin embargo, ninguna de las (magníficas, muchas veces mejores que las de las editoriales comerciales) antologías publicadas en dos décadas ha conseguido imponerse en el mercado. Salvo señaladas excepciones, son libros que no existen para la crítica, para los libreros ni para el público. Transparentes. Acaba de volver a suceder. Se le concede el premio al mejicano José Emilio Pacheco, ya septuagenario y consagrado; en las vísperas de la fecha de la entrega del premio, se repiten las entrevistas con el poeta en la prensa nacional y se alude a la aparición al mismo tiempo de una antología, Contraelegía, otra vez magnífica, que por las fechas está en las librerías. Dos semenas después de esa atención mediática, de la aparición televisiva del acto de entrega, las listas de los libros más vendidos de "El Cultural" y "ABCD las Artes y las Letras" encumbran a Pacheco, sí, pero con un nuevo libro suyo publicado en Visor, con una coincidencia agradecida. Ni rastro de Contralegía.
Siempre he afirmado que el mercado de los libros se regula por sí mismo, sin necesidad de intervención de legisladores: acepta y expulsa por connivencia. Un buen libro, si está hecho por una editorial institucional, lleva en el frontispicio la mácula del desprestigio a priori y carece de opciones de éxito lector. Véase el caso. Lo siento por el público.

sábado, 21 de noviembre de 2009

Balzac

Leí durante el verano la novela Balzac y la joven costurera china, de Dai Sijie (apareció por vez primera en Gallimard, 2000); ahora he visto la versión cinematográfica que poco después el propio autor rodaría, con bastante fidelidad. Una y otra cuentan la historia de dos adolescentes a los que en plena Revolución Cultural envían a ser "reeducados" en un pueblecito remoto de las montañas del sur de China. La historia que le ocurrió al propio autor. Se cuentan anécdotas y pasajes de esa situación, entre la comicidad y la ternura. El cogollo se centra en la relación de los dos adolescentes con la Sastrecilla, una jovencita de la que ambos se enamoran, y en parapelo la historia de una maleta llena de libros clandestinos de Cuatrojos, otro joven en su misma situación. La maleta es un lujo prohibido, puesto que los libros que contiene no son los obligados de Mao, Lenin, Marx y compañía, sino de autores como Kipling, Sthendal, Dostoievski, Dumas o Balzac. Este último se convierte en una especie de hilo conductor. Los chicos se leen unos a otros capítulos de las novelas, se los recitan, se los aprenden. La obra alcanza un giro final, que no desvelaré, pero que tiene como resultado que la Sastrecilla decida abandonar el pueblo y emigrar a la vida urbana. En ese trance, Luo, uno de los dos adolescentes, la aborda en el camino y le pregunta qué fue lo que la cambió para tomar esa decisión; ella responde: "Balzac".
No era Balzac, sino la lectura la que la había cambiado y la había hecho otra persona que necesitaba horizontes nuevos. Los libros cambian la vida de quienes entran en ellos. Salen distintos. Otros.