El maestro Francisco Sánchez de las Brozas, conocido como El Brocense, catedrático de prima de Retórica y profesor de griego, le deseaba “gozo y bienestar” a la “ínclita Universidad de Salamanca” cuando le dedicaba su Minerva (1587), obra cumbre de cuantas escribió. La entrada no tiene desperdicio: “¿Cómo podría, madre Universidad, la más brillante de las que son y de la que fueron, librarme de la acusación de ingratitud, si yo, alimentado y educado en tus aulas y equipado durante cuarenta años en tus artes y en tus enseñanzas, no te ofrezco una recompensa por tus alimentos? Pero, ¿qué premio puedo pagar a tan gran madre nutricia? Sin duda pequeño, si es que quiero ofrecer un don digno de tan gran majestad. De todas formas, ofrezco de buen grado lo que puedo. Lo que sí es cierto —y en esto no me engaño— es que ofrezco algo, más importante y más necesario que lo cual ningún otro ofreció nunca”.
Quitado el punto de arrogancia de considerarse el más generoso de cuantos hasta entonces habían contribuido a hacer del Alma Mater lo que era, y no era poco en sus días, la entregada declaración de amor filial, exultante y arrobada, no deja de evocarme la comparación con las dedicatorias de los varios cientos de libros académicos que en los últimos 25 años he tenido la oportunidad de revisar antes de que pasaran a las otras minervas, las de imprimir. No parecen nuestros tiempos propicios a la retorica amatoria puesta por escrito y a los pies de la madre que nos da de comer, como decía el gramático; a lo más, un agradecimiento escueto entre los muchos que los autores hoy se ven obligados a reconocer en la página al uso.
Participo con frecuencia, seguramente como todos, en endogámicas conversaciones en las que el bisturí saja la lealtad, la responsabilidad, los valores institucionales que esperamos de esta vetusta academia, en la creencia de que todos damos mucho más de lo que recibimos, pero no soy el único que concluye que, muy al contrario, es la parquedad de gestos generosos la que nos acompaña a casi todos, y no sólo en las dedicatorias de los libros.
En el encabezamiento de sus palabras, El Brocense llamaba a la Universidad de Salamanca “madre cariñosa”. A los tataranietos de hoy nos contaría un potosí referirnos en esos términos a la que consideramos, en muchas ocasiones y por desgracia, una empresa.
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