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miércoles, 2 de mayo de 2012
jueves, 31 de marzo de 2011
Iletrados, luego cabalgamos
El mensaje de que vivimos en una era digital y que la literatura clásica ha quedado obsoleta, cobra fuerza. El significado implícito a tal afirmación es el siguiente: "La literatura clásica es demasiado compleja y no nos interesa un público sofisticado con posibles motivaciones imprevisibles". La historia ha demostrado que el temor a leer siempre proviene del temor a pensar.
[Tatiana Shabaeva, El País, suplemento Rusia Hoy, 31 de marzo de 2011]
sábado, 19 de marzo de 2011
Leer en la nieve

En estos días en que está teniendo lugar la exposición “¿Dónde lees tú?” en el Centro de Desarrollo Sociocultural de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez en Peñaranda, conviene detenerse a observar esta fotografía que hizo Yoichi Hayashi para Associated Press y que ha sido difundida por numerosos periódicos en estos días pasados.
La escena corresponde, por supuesto, como pueden imaginar, a un grupo de personas afectadas por el reciente terremoto de Japón, entre cuyas consecuencias está la incertidumbre del alcance de la contaminación de la radiación nuclear de Fukushima, pero también la destrucción de sus hogares, de sus lugares de trabajo y de todo lo que conformaba su vivir cotidiano; carecen de electricidad y de energía en general, de víveres para alimentarse y de agua, tan imprescindible para todo. Por si fuera poco, nieva. Están al aire libre, en un paisaje completamente nevado a su alrededor, como bien se aprecia. Se reúnen alrededor de un fuego improvisado con unas tablas y maderos. Sus ropas, su calzado y sus prendas de abrigo se parecen a los nuestros. Aunque están en la otra esquina del mundo, todos sabemos que se parecen en muchas cosas a nosotros. Tras la segunda guerra mundial, abandonaron aspectos concretos de sus tradiciones y adoptaron, en general, el modo de vida occidental, el que estilamos en Europa y Norteamérica. Así que si olvidamos sus rasgos físicos, podríamos pensar que forman parte de cualquiera de los países de nuestro entorno.
Tienen un caldero puesto al fuego, pero en él de momento no hay nada. Aunque las dos efigies que se observan a la derecha, sin duda religiosas, se mantienen erguidas, tras el grupo y en un barranco se aprecia una caseta vencida, ladeada pero no desmoronada por el terremoto.
Sería otra fotografía más de las que nos ilustran sobre los cada vez más frecuentes desastres que azotan el planeta. Qué le habremos hecho para que tosa y carraspee de esta manera, teniéndonos en un sinvivir, hoy en Japón, ayer en Haití, antesdeayer en Tailandia. Seria una fotografía más, decía, consumida en la sobredosis de información con que en nuestros días los medios de comunicación nos tienen al tanto de la instantaneidad de la globalización, si no fuera por dos detalles.
El primero es el diseño de las sillas sobre las que están sentados, formando un círculo alrededor de la fogata. Son todas iguales, e incluso hay dos que apreciamos vacías, todas ellas íntegras, en magnífico estado. Están traídas al descampado, sin duda, de algún centro, de algún colegio, del algún lugar donde otras muchas, idénticas, seguramente, habrán quedado ordenadas pese al caos, porque los japoneses, lo estamos viendo en las televisiones, no pierden las maneras educadas, como si fueran británicos. Son sillas como las nuestras, como las que hoy mismo he comprobado que hay en mi lugar de trabajo, probablemente las mismas que haya en una sala u otra de la misma Fundación Germán Sánchez Ruipérez. Puede que nuestras sillas sean japonesas. Sabemos que aquel pueblo es muy dado a exportar.
El otro detalle es más significativo aún. Puede que a estas alturas de comentario ya lo hayan percibido. Es el que me ha detenido en seco y me ha llevado a escribir su significación. Esas personas están sentadas en sillas como las que nosotros mismos utilizaríamos para una reunión en la que estuviéramos debatiendo algo, en círculo y alrededor de un fuego al que no prestan demasiada atención. Distinguimos, si no cuento mal, trece personas, unas más visibles que otras, unas sentadas y otras a punto de hacerlo. De ellas, hasta nueve están leyendo; algunas sostienen periódicos desplegados en sus manos, otras leen por encima del hombro, o puede que escuchen lo que el de al lado están leyendo.
Acaban de tener un terremoto, lo han perdido todo, no tienen luz, agua ni electricidad, se cierne sobre ellos una nube letal y además nieva. Es el menos grave de todos los males que les circundan. Con todo, más que la sumisión que a cualquiera de nosotros nos despeñaría por la ladera de la desesperación en una circunstancia parecida, abocados a la más pura supervivencia de encontrar alimento, parecen serenos. Tanto, que dedican el tiempo, no sé si muerto, a la lectura atenta del periódico.
Por cierto, un último detalle. Siendo Japón el conocido país inventor y productor de mil gadgets y cacharritos con que han inundado nuestra vida occidental, ninguno de ellos está leyendo las noticias en un iPad.
martes, 1 de marzo de 2011
Lectura femenina
La viñeta de hoy de Forges marca una frontera en el tiempo. La escena es recurrente en sus escenarios: él llega a casa y está colgando una prenda, como el abrigo que aquí vemos; ella siempre está sentada en el sofá, a veces viendo la televisión, a veces leyendo. Pero algo nuevo ocurre hoy, y seguramente de hoy en adelante: sobre el brazo del sillón yace un libro, mientras sus manos están ocupadas por una tableta, con coña denominada "iPlast". Es la primera vez. Hay quien me dice que es la segunda. Igual da. Es una señal de cambio. La postración del libro, boca abajo, es simbólica por sí misma.
Todo muta.
viernes, 11 de junio de 2010
Feria del Retiro
Ayer estuve en la Feria del Libro del Retiro. Lo del retiro estará bien si dentro de unos años los libros de papel se retiran. Ayer seguían allí, por montones, como siempre. Este año la organización había aceptado ya la presencia de los libros electrónicos, pero sólo vi una caseta en la que había un portátil de cara a los visitantes, con un aviso sobre él que decía: "Descárguese aquí sus libros electrónicos". Para ese viaje no hacían falta alforjas: lo puedo hacer desde casa.
Me imaginé luego que quizá en el futuro la feria sea así, una sucesión de casetas sin la barahúnda de libros de papel y tan sólo un ordenador en el centro del mostrador, y los lectores haciendo cola no para que nos firme el autor el ejemplar, sino para descargar aquí uno, allí otro.
También me imaginé que la habitual tormenta (ayer llovió todo lo que quiso, como siempre) haga cisco algún transformador de energía y la feria se apague, se quede sin libros, ni uno solo, por falta de corriente. Será grandioso. Y los viejos contaremos batallitas de aquellos tiempos en que ni el agua podía con la feria.
domingo, 6 de junio de 2010
Cubiertas

Hablaba Jesús Marchamalo en el sumplemento de libros del ABC de la pérdida de las cubiertas en la era de los libros electrónicos que se nos avecina. La inmaterialidad de los libros electrónicos implica su pérdida de individualidad visual, su singularidad y el golpe de impacto visual que puede producirnos. Indudablemente, todo el ropaje que acompaña a un libro se perderá: la cubierta, el tipo de papel, la puesta en página... Sin duda estamos en un estadio inicial de la nueva era, pero probablemente no será fácil que se vuelva a repetir una foto tan deliciosa e irreal como la que nos muestra a Marilyn Monroe aparentemente embebida en la lectura de las últimas páginas, tan simbólicas como ella misma del siglo XX, del Ulysses de Joyce, nada menos. Dos símbolos es una foto. De ser en este siglo nuestro y electrónico, no sabríamos qué dice el libro entre sus manos, valdría cualquiera y la escenificación sería vulgar.
miércoles, 25 de noviembre de 2009
Trasiego con libro en mano
Con el periódico, vendían (por sólo un euro) un libro con media docena de cuentos de E. A. Poe, en la traducción conocida de Julio Cortázar, con una presentación muy digna, un librito cómodo con tipografía clara y abierta, papel albísimo y cubierta en cuatricromía. He andado dos días con el ejemplar en la mano, de acá para allá en mis ocupaciones, para leer algún cuento o alguna parrafada en los tiempos muertos. De siempre me ha gustado llevar un libro conmigo, mayor o menor, de un tema u otro, como un amuleto contra los repentinos aburrimientos de las colas o las esperas. En la mano, en el bolsillo del abrigo, en la mochilita, en el asiento trasero del coche. Un simple párrafo, unos versos, una imagen pueden ser un alivio no sabes cuándo. Recuerdo qué libros llevaba conmigo en algunas circunstancias, como recordaré a Poe dentro de algún tiempo mientras su lectura me acompañaba en ese restaurante en el que comí ayer a solas con él. Un ejemplar singular, con rostro, con unos colores concretos. No será igual cuando se estandarice el portalibros y llevemos en un cacharro 200 títulos al mismo tiempo, una biblioteca entera: no leeremos nada, no recordaremos nada, no distinguiremos nada, no tendremos intimidad ni complicidad. La portabilidad sin duda será la misma, pero la singularidad no. Con el librito de Poe he tenido durante dos días un rendez-vous; cuando lo descargue de la red y lo meta en el portalibros, será uno más en la bacanal del consumo y la exaltación de las cantidades, pero carecerá de la virtud del amor a primera vista.
jueves, 12 de noviembre de 2009
Programas en papel
Estamos en estos días en la Universidad de Salamanca embarcados en unas elecciones de las que habrá de salir un nuevo rector. Hay tres candidatos, con sus programas de gobierno. Al darlos al conocer, surgió una breve polémica sin mucha trascendencia: uno de los candidatos dijo que no era preciso repartir entre la comunidad universitaria el programa impreso; otro afirmó que por supuesto que se iba a hacer en papel.
Resulta sorprendente el protagonismo que ha adquirido en el último año el papel. En un lapso ciertamente breve, unos meses, en todos los ámbitos ha pasado de ser un producto de convivencia cotidiana sin la mayor importancia, como la luz eléctrica, como las gafas, como el micrófono, qué sé yo, a convertirse en un elemento social denostado, sobre cuyo uso se cifra la modernidad más exquisita: el uso del papel se ha convertido en una práctica denostada. Una infamia. Un atraso. Una costumbre antiecológica, antienergético, antisocial.
Todo tipo de papel, de repente, parece haberse vuelto papel higiénico. Y lo más higiénico, paradoja, es no usarlo, para ser considerado moderno.
sábado, 17 de octubre de 2009
Mercachifles
Lo peor de todo no en la invasión de estos bárbaros, saltimbanquis, constructores de ingenios efímeros, papanatas y mercaderes de bagatelas; lo humillante en la actitud de estos vendefuturos y tragaperras es el desprecio hacia la ciudadanía romana, la palabrería pomposa de comerciantes a sueldo con que pretenden ridiculizar al que no les compra su cornamusa de oro.
jueves, 1 de octubre de 2009
Los Beatles
Están de moda otra vez en estos días, con el lanzamiento de sus viejos discos ahora remasterizados. Me dio la congoja y saqué de la estantería un viejo CD que me regalaron hace bastantes años, quizá diez. No había vuelto a oírlo. Era un CD para ordenador. Incluía todo el cancionero beatle. Se podía escuchar a través de múltiples posibilidades de selección: por orden de publicación de los discos, por temáticas, por orden alfabético, por orden de autor, qué se yo. Me apetecía volver a oír algunos temas no habituales de su repertorio. Final: no funcionaba. En ningún ordenador de los que probé. Ya no era capaz de leere el programa con que fue hecho hace quizá diez años. Obsoleto. Inútil. Muerto. Basura.
Separata
Mi amigo Russell P. Sebold me envía la separata de su último artículo publicado, sobre las relaciones entre Garcilaso de la Vega y las mujeres que ocuparon su vida. La separata ha sido publicada en la revista Salina, de la que es habitual colaborador. Otras veces me había entregado textos suyos publicados en la misma revista en separatas de papel, pero esta vez llegó por correo electrónico en pdf. Llegamos ya a la conclusión: el ameno repaso amoroso a Garcilaso ocupaba diez páginas en tipos del cuerpo 10. No hice ni amago de intentar leerlo. Como todos, lo imprimí. Es la única forma de seguir leyendo. Esta vez, lo único que ha cambiado es la transmisión, pero al final los papeles siguen en mi mano cuando me siento en el sofá a leer. Y la encuadernación: la grapa la he tenido que poner yo, en una esquina, y no a caballete como debiera ser, tratándose de una separata. Lástima de deterioro en la presentación.
sábado, 19 de septiembre de 2009
Google On Demand
No hay día en que los medios de comunicación no ofrezcan un cadáver en esta batalla que comenzó en diciembre pasado en el cerco a la ciudad impresa. No me provoca nada hablar de ello cada día, porque son noticias efímeras, repetidas, aburridas. Ayer, sin embargo, por fin leí algo de interés, que conduce el debate (y el negocio, y el resultado del combate) hacia el territorio que yo creo será el que al final quede dibujado: Google Books Search, que tiene dos millones de títulos digitalizados y diponibles para el público en la red sólo para su lectura parcial y gratuita, ha llegado a un acuerdo con On Demand Books, empresa fabricante de la máquina más avanzada en la impresión ejemplar a ejemplar: la Espresso Book Machine que hace un año se lanzó al mercado y está ya funcionando en algunos lugares accesibles al público, como librerías y bibliotecas. Esto sí me parece razonable. Libros de hasta 300 páginas pueden estar disponibles en forma impresa en cuatro minutos y por un precio de hasta ocho euros. Cualquier libro. Google está ahondando en el nicho de los desaparecidos, raros, curiosos, huérfanos y viudos, libros innacesibles que están ocultos en rincones del mundo bibliotecario, títulos en extinción por desfallecimiento del último ejemplar conservado. Con eso dan buena imagen, parecen no agresivos, no monopolísticos. Pero la combinación Google+Espresso (o cualquiera parecida, con otros nombres) valdrá para todo, con el tiempo. Quieren luchar contra Amazon, pero contra quien luchan es contra el librero tradicional.
Y una inquietud terrible: Google Books Search rescata digitalmente libros náufragos que vagan por el olvido y On Demand Books los imprime de forma decorosa (y, sobre todo, los encuaderna: éste es el auténtico valor añadido de todo el tinglado, valor en el que nadie se fija) y los pone cerca de mí por un precio asequible. Pero al tiempo que se rescatan esos libros beduinos que habitan el desierto, se restringe y uniformiza el mercado de la escritura y se manda al destierro a otros muchos autores y obras: ¿qué ocurrirá con los libros que tienen más de 300 páginas pra los que la Espresso no tiene capacidad impresora? ¿Será esto el castigo para esos escritores nórdicos que escriben trilogías de miles de páginas, por su incontinencia verbal?
miércoles, 29 de julio de 2009
Se me deslizó el móvil de las manos y acabó en el suelo, en varias piezas. No es la primera vez, ni será la última. Lo recompuse. Sigue funcionando. Todavía.
Tuve un ebook (siguen llamándose igual el continente y el contenido: digamos que ahora hablo del continente, que yo llamo portalibros) entre las manos, por cortesía de mi colega J. A. Cordón. Lo toqué con mimo, por no decir con pavor de que se me fuera de las manos.
Desde la infancia los libros se me han escurrido, como a todo el mundo. He tenido fases, cuando era estudiante, cuando hice la tesis, cuando escribía un texto denso, en que yo mismo los iba cogiendo y tirando de nuevo al suelo, a veces con caída estrepitosa y en postura indecorosa, magullado. A veces me dejo la ventana abierta y la lluvia les da de lado. Ayer, sin más, estaba sobre una toalla en la piscina y el riego automático refrescó la página que estaba leyendo.
No hay libro sin cicatriz, sin magulladura, sin herida del tiempo. Los tengo antiguos, que persisten a las injurias y el maltrato.
Una vez estropeé un lápiz óptico, un USB de esos que te echas al bolsillo para no ir cargado con tus obras completas. Sin querer le di un golpe mientras estaba inserto en su ranura. No tuvo reparación. Ni milagro. Perdí todo lo que había dentro. Ni que decir tiene que no lo diría ni me acordaría de ello si no fuera porque tenía dentro textos sin otra copia. Un desastre.
Puede que alguna vez un mal golpe con la rodilla sobre una ranura, un descuido de los dedos torpes que no sujetan con firmeza, un desplazamiento de enseres sobre la mesa que acaban en el suelo, acaben con una biblioteca, digamos digital para quitarle hierro, pero biblioteca.
Ya sé que se puede duplicar todo lo digital, multiplicar hasta el infinito.
Tengo tres ediciones de los Veinte poemas de amor y una canción desesperada de Neruda. Es una excepción. Cumple aquello de Juan Ramón Jiménez de que dicen cosas distintas en ediciones distintas.
Pero no necesito tener duplicada toda mi biblioteca. No temo que se me pierda en un mal golpe. Poca confianza tenemos en lo digital cuando andamos escondiendo discos duros en habitaciones ajenas, por si las moscas.
Tuve un ebook (siguen llamándose igual el continente y el contenido: digamos que ahora hablo del continente, que yo llamo portalibros) entre las manos, por cortesía de mi colega J. A. Cordón. Lo toqué con mimo, por no decir con pavor de que se me fuera de las manos.
Desde la infancia los libros se me han escurrido, como a todo el mundo. He tenido fases, cuando era estudiante, cuando hice la tesis, cuando escribía un texto denso, en que yo mismo los iba cogiendo y tirando de nuevo al suelo, a veces con caída estrepitosa y en postura indecorosa, magullado. A veces me dejo la ventana abierta y la lluvia les da de lado. Ayer, sin más, estaba sobre una toalla en la piscina y el riego automático refrescó la página que estaba leyendo.
No hay libro sin cicatriz, sin magulladura, sin herida del tiempo. Los tengo antiguos, que persisten a las injurias y el maltrato.
Una vez estropeé un lápiz óptico, un USB de esos que te echas al bolsillo para no ir cargado con tus obras completas. Sin querer le di un golpe mientras estaba inserto en su ranura. No tuvo reparación. Ni milagro. Perdí todo lo que había dentro. Ni que decir tiene que no lo diría ni me acordaría de ello si no fuera porque tenía dentro textos sin otra copia. Un desastre.
Puede que alguna vez un mal golpe con la rodilla sobre una ranura, un descuido de los dedos torpes que no sujetan con firmeza, un desplazamiento de enseres sobre la mesa que acaban en el suelo, acaben con una biblioteca, digamos digital para quitarle hierro, pero biblioteca.
Ya sé que se puede duplicar todo lo digital, multiplicar hasta el infinito.
Tengo tres ediciones de los Veinte poemas de amor y una canción desesperada de Neruda. Es una excepción. Cumple aquello de Juan Ramón Jiménez de que dicen cosas distintas en ediciones distintas.
Pero no necesito tener duplicada toda mi biblioteca. No temo que se me pierda en un mal golpe. Poca confianza tenemos en lo digital cuando andamos escondiendo discos duros en habitaciones ajenas, por si las moscas.
martes, 14 de julio de 2009
He hecho limpieza de papeles de encima de la mesa. Durante el invierno largo, se van acumulando a la espera del día en que darán algún fruto; llegados los asuetos veraniegos, se van por el sumidero de una tarde aciaga en la que uno se pregunta qué pretende.
He ido recortando, imprimiendo, guardando noticias, reportajes, datos que creía preciosos para tomar opinión sobre la larga batalla que romanos defensores del Imperio y bárbaros que aguardan el botín de su empuje en las fronteras han ido desgranando desde quizá diciembre: el combate final, parece. Es tan abrumador el vocerío que he decidido prescindir de él. He bajado el interruptor de off. Que se deshollen. Ganarán los bárbaros, no me cabe duda, porque la novedad siempre se disfraza de modernidad, pero en el incendio arderán también los templos que luego añoraremos.
Me compré mi primer libro electrónico en la red. Fue fácil. Llegó rápido. No tuve ni que salir de casa. Luego, cuando quise leerlo, no me quedó más remedio que ir imprimirlo e ir a una fotocopistería a que me lo encuadernaran a lo pobre, con espiral y tapa de plástico transparente, para poder leer el título en la primera página, donde ni siquiera viene el nombre del autor ni la editorial que lo ha puesto a la venta (no diré por un acaso que lo ha editado: eso es tarea mayor). No había otra si quería leerlo. Un centenar de páginas en la pantalla asusta.
Luego lo he puesto en un estante donde tengo otros textos igual de precarios, todos con ese lomo de espiral que hace indistinguible uno de otro, de tal guisa que hay que andar extrayéndolos de la balda para acertar con el que buscaba, libros expósitos, libros desharrapados, libros a medio hacer.
La única diferencia notable, al cabo, entre un libro romano y uno bárbaro es la encuadernación.
Tanta batalla sorda al final queda en el cambio de la corbata por los abalorios de mercadillo hippie. Pues vaya.
domingo, 14 de junio de 2009
Termina la Feria del Libro del Retiro en la que han prohibido la presencia del libro electrónico. Qué pesadez. Desde los bordes de las navidades pasadas, no hay día en que no me encuentre en algún periódico una noticia, columna, reportaje o suceso que verse sobre la inminente llegada triunfal del libro electrónico. Qué empeño. Bien decía ayer el editorial de un periódico que no hay periodista de la sccción de Cultura que no se vea obligado a colocar su reportaje sobre la revolución inminente. El editorialista aplaude la prohibición de la feria del Retiro de que el libro electrónico estuviera presente. Por fin una voz sensata que habla de los excesos de la modernidad por la modernidad: es cool hablar del libro electrónico, glosar sus ventajas, su inevitabilidad... En general, detrás de quien lo suele decir, sólo veo la necesidad de marcar su propia visibilidad en la masa del oficio, marcar un territorio del que se sienten descubridores y, por lo tanto, adelantados para su conquista y explotación. Qué pesadez. Qué aburrimiento. Hay una frase en el nuevo libro del colombiano William Ospina, El pais de la canela, acerca de aquellos que fueron al Nuevo Mundo pensando en hallar un país sembrado por completo de la codiciada especia y el cataclismo que provocaron: "Lo que destruimos era más bello que lo que buscábamos".
Mientras leía absorto, se me cayó la ceniza del cigarro que fumaba. El gesto institivo fue el de siempre, el de toda la vida haciendo lo mismo cada vez que el accidente se producía: emplear el dorso de la mano de forma inútil para intentar que la página no arda (leo con los ojos a los muertos y, además, les echo ceniza, ni siquiera pavesas esperanzadoras de una llama), qué absurdo instinto, con lo que dejo un rastro grisáceo que desemboca en la hoz donde se hunden las páginas enfrentadas, ese limbo oscuro que atrapa cenizas, migas de pan, insectos minúsculos, granos de arena y polvo de pétalos de rosas que una vez marcaron un esplendor de lectura. Y ahí yacerán quién sabe si hasta el fin de los tiempos, o al menos hasta el fin de los libros.
Todo esto que comento es efímero. No tardando, los libros tendrán una única página de cristal líquido y habrán prohibido definitivamente el tabaco. No habrá pozo de cenizas en el lomo.
lunes, 25 de mayo de 2009
Cae en mis manos el catálogo más reciente de una universidad privada y, por lo tanto, pequeña (por ahora). En el texto de presentación, leo un párrafo inquietante: "En la sociedad del conocimiento, las universidades cuentan con gran diversidad de cauces para canalizar la producción intelectual de sus profesores e investigadores. Entre ellos, el libro continúa ocupando un lugar central para hacer asequible los resultados del trabajo académico a un público amplio".
El subrayado es mío, por supuesto, producto de esa inquietud. ¿Qué alcance subjetivo tiene que el redactor emplace el afecto al libro con la sombra de la duda sobre su valor futuro: continúa ocupando? Parece como si todo el mundo estuviera expectante ante una inminente muerte y pugnan por ser el heraldo de la derrota y muerte del viejo león...
viernes, 8 de mayo de 2009
En los años estudiantiles me compré un ejemplar de Rayuela de Cortázar. Era el último año en la Universidad. No fui mucho a clase, pero a cambio me lo leí todo. Rayuela fue como un fogonazo. Se me escapaban muchas cosas, apenas sabía yo nada de jazz, ni de París, ni de literatura, pero aquello de poder leer el libro a saltos, la Maga, la noche, el tabaco y el alcohol, todo se parecía tanto a la vida que imitaba que aquel mismo verano me fui a París y me llevé el libro en la mochila, para recorrer los espacios citados en la novela con mis propios ojos y dar vida al misterio de su enbrujo. El libro ha sobrevivido a tantos años y tantas mudanzas conmigo, pero maltrecho y descuadernado, pese a que lo forré cuando cada libro era un tesoro, antes de que mi biblioteca me echara de casa. No era la mejor edición del mundo, pegada a la americana. Lo utilicé en mis clases y con él robé besos.


En alguno de los avatares, no sé en qué momento de los treinta años que lleva conmigo, desapareció del libro el famoso capítulo 68, aquel en el que Cortázar inventa el gíglico. Cuando en una lectura posterior lo eché en falta, tuve que recurrir a buscarlo por Internet y meterno ahí, como un injerto, que le daba más apariencia de ruina del que ya tenía el volumen. Y cada vez que vuelvo a él me pregunto dónde se quedó aquel capítulo 68, en qué banco de parque, en qué mesa, en qué carpeta olvidada.
Una cosa así nunca me pasará con un volumen de Rayuela en PDF. Será por siempre un ejemplar que no se desencuadernará ni se le perderán los capítulos por el camino de la vida.
Sobre el mostrador de la librería Cervantes encontré un libro extraño que versaba sobre la identidad de los charros, apasionante tema. Curioseándolo, di con mis ojos (defecto profesional) eon la página de créditos, donde atribuía el libro a la editorial Bubok, paternidad que en la cubierta no era reconocida. Valía 14 € enterarse de cómo son los charros. En casa, luego, entré en el sitio web de la editorial y convoqué el título referido, que me ofrecían bien encuadernado en rústica por 10,13 €, en tanto que si lo quería en PDF la cosa se quedaba en 8 €. Viva el precio fijo.
jueves, 23 de abril de 2009
Hoy ha sido 23 de abril, Día del Libro. La viñeta de El Roto en El País era cruel y sintomática de los tiempos:

Sin embargo, como cada año me he dado una vuelta por la plaza Mayor para ver los puestos de los libreros bajo los arcos. Estaban los mismos libros de siempre, los que se venden en estas circunstancias, libros infantiles, bolsillo, gastronomía, algunos clásicos y mucha mucha novela. La gente curioseaba, manoseaba, leía algo e incluso uno que otro acababa comprando. Había carteles alusivos a la jornada y rótulos recordando el descuento permitido.
La ciudadela estaba en paz. Ni rastro de los bárbaros. La polvareda de los invasores que anuncian los periódicos todavía debe de andar por el desierto, cabalgando.
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