martes, 14 de julio de 2009

He hecho limpieza de papeles de encima de la mesa. Durante el invierno largo, se van acumulando a la espera del día en que darán algún fruto; llegados los asuetos veraniegos, se van por el sumidero de una tarde aciaga en la que uno se pregunta qué pretende.
He ido recortando, imprimiendo, guardando noticias, reportajes, datos que creía preciosos para tomar opinión sobre la larga batalla que romanos defensores del Imperio y bárbaros que aguardan el botín de su empuje en las fronteras han ido desgranando desde quizá diciembre: el combate final, parece. Es tan abrumador el vocerío que he decidido prescindir de él. He bajado el interruptor de off. Que se deshollen. Ganarán los bárbaros, no me cabe duda, porque la novedad siempre se disfraza de modernidad, pero en el incendio arderán también los templos que luego añoraremos.
Me compré mi primer libro electrónico en la red. Fue fácil. Llegó rápido. No tuve ni que salir de casa. Luego, cuando quise leerlo, no me quedó más remedio que ir imprimirlo e ir a una fotocopistería a que me lo encuadernaran a lo pobre, con espiral y tapa de plástico transparente, para poder leer el título en la primera página, donde ni siquiera viene el nombre del autor ni la editorial que lo ha puesto a la venta (no diré por un acaso que lo ha editado: eso es tarea mayor). No había otra si quería leerlo. Un centenar de páginas en la pantalla asusta.
Luego lo he puesto en un estante donde tengo otros textos igual de precarios, todos con ese lomo de espiral que hace indistinguible uno de otro, de tal guisa que hay que andar extrayéndolos de la balda para acertar con el que buscaba, libros expósitos, libros desharrapados, libros a medio hacer.
La única diferencia notable, al cabo, entre un libro romano y uno bárbaro es la encuadernación.
Tanta batalla sorda al final queda en el cambio de la corbata por los abalorios de mercadillo hippie. Pues vaya.

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