¿Podré llorar de impotencia si me olvido el ebook (portalibros) en el asiento de un tren, con sus 4.000 libros incorporados, que fui seleccionando, comprando, anotando, releyendo durante tanto tiempo? ¿Podré desesperadamente buscar sus copias en papel en una estantería que ya no tendré en mi casa? ¿Debería duplicar mi biblioteca? ¿Y todas las fotos digitales? ¿Por qué le tengo tanto miedo a la fragilidad digital?
miércoles, 29 de julio de 2009
Se me deslizó el móvil de las manos y acabó en el suelo, en varias piezas. No es la primera vez, ni será la última. Lo recompuse. Sigue funcionando. Todavía.
Tuve un ebook (siguen llamándose igual el continente y el contenido: digamos que ahora hablo del continente, que yo llamo portalibros) entre las manos, por cortesía de mi colega J. A. Cordón. Lo toqué con mimo, por no decir con pavor de que se me fuera de las manos.
Desde la infancia los libros se me han escurrido, como a todo el mundo. He tenido fases, cuando era estudiante, cuando hice la tesis, cuando escribía un texto denso, en que yo mismo los iba cogiendo y tirando de nuevo al suelo, a veces con caída estrepitosa y en postura indecorosa, magullado. A veces me dejo la ventana abierta y la lluvia les da de lado. Ayer, sin más, estaba sobre una toalla en la piscina y el riego automático refrescó la página que estaba leyendo.
No hay libro sin cicatriz, sin magulladura, sin herida del tiempo. Los tengo antiguos, que persisten a las injurias y el maltrato.
Una vez estropeé un lápiz óptico, un USB de esos que te echas al bolsillo para no ir cargado con tus obras completas. Sin querer le di un golpe mientras estaba inserto en su ranura. No tuvo reparación. Ni milagro. Perdí todo lo que había dentro. Ni que decir tiene que no lo diría ni me acordaría de ello si no fuera porque tenía dentro textos sin otra copia. Un desastre.
Puede que alguna vez un mal golpe con la rodilla sobre una ranura, un descuido de los dedos torpes que no sujetan con firmeza, un desplazamiento de enseres sobre la mesa que acaban en el suelo, acaben con una biblioteca, digamos digital para quitarle hierro, pero biblioteca.
Ya sé que se puede duplicar todo lo digital, multiplicar hasta el infinito.
Tengo tres ediciones de los Veinte poemas de amor y una canción desesperada de Neruda. Es una excepción. Cumple aquello de Juan Ramón Jiménez de que dicen cosas distintas en ediciones distintas.
Pero no necesito tener duplicada toda mi biblioteca. No temo que se me pierda en un mal golpe. Poca confianza tenemos en lo digital cuando andamos escondiendo discos duros en habitaciones ajenas, por si las moscas.
Tuve un ebook (siguen llamándose igual el continente y el contenido: digamos que ahora hablo del continente, que yo llamo portalibros) entre las manos, por cortesía de mi colega J. A. Cordón. Lo toqué con mimo, por no decir con pavor de que se me fuera de las manos.
Desde la infancia los libros se me han escurrido, como a todo el mundo. He tenido fases, cuando era estudiante, cuando hice la tesis, cuando escribía un texto denso, en que yo mismo los iba cogiendo y tirando de nuevo al suelo, a veces con caída estrepitosa y en postura indecorosa, magullado. A veces me dejo la ventana abierta y la lluvia les da de lado. Ayer, sin más, estaba sobre una toalla en la piscina y el riego automático refrescó la página que estaba leyendo.
No hay libro sin cicatriz, sin magulladura, sin herida del tiempo. Los tengo antiguos, que persisten a las injurias y el maltrato.
Una vez estropeé un lápiz óptico, un USB de esos que te echas al bolsillo para no ir cargado con tus obras completas. Sin querer le di un golpe mientras estaba inserto en su ranura. No tuvo reparación. Ni milagro. Perdí todo lo que había dentro. Ni que decir tiene que no lo diría ni me acordaría de ello si no fuera porque tenía dentro textos sin otra copia. Un desastre.
Puede que alguna vez un mal golpe con la rodilla sobre una ranura, un descuido de los dedos torpes que no sujetan con firmeza, un desplazamiento de enseres sobre la mesa que acaban en el suelo, acaben con una biblioteca, digamos digital para quitarle hierro, pero biblioteca.
Ya sé que se puede duplicar todo lo digital, multiplicar hasta el infinito.
Tengo tres ediciones de los Veinte poemas de amor y una canción desesperada de Neruda. Es una excepción. Cumple aquello de Juan Ramón Jiménez de que dicen cosas distintas en ediciones distintas.
Pero no necesito tener duplicada toda mi biblioteca. No temo que se me pierda en un mal golpe. Poca confianza tenemos en lo digital cuando andamos escondiendo discos duros en habitaciones ajenas, por si las moscas.
domingo, 19 de julio de 2009
martes, 14 de julio de 2009
He hecho limpieza de papeles de encima de la mesa. Durante el invierno largo, se van acumulando a la espera del día en que darán algún fruto; llegados los asuetos veraniegos, se van por el sumidero de una tarde aciaga en la que uno se pregunta qué pretende.
He ido recortando, imprimiendo, guardando noticias, reportajes, datos que creía preciosos para tomar opinión sobre la larga batalla que romanos defensores del Imperio y bárbaros que aguardan el botín de su empuje en las fronteras han ido desgranando desde quizá diciembre: el combate final, parece. Es tan abrumador el vocerío que he decidido prescindir de él. He bajado el interruptor de off. Que se deshollen. Ganarán los bárbaros, no me cabe duda, porque la novedad siempre se disfraza de modernidad, pero en el incendio arderán también los templos que luego añoraremos.
Me compré mi primer libro electrónico en la red. Fue fácil. Llegó rápido. No tuve ni que salir de casa. Luego, cuando quise leerlo, no me quedó más remedio que ir imprimirlo e ir a una fotocopistería a que me lo encuadernaran a lo pobre, con espiral y tapa de plástico transparente, para poder leer el título en la primera página, donde ni siquiera viene el nombre del autor ni la editorial que lo ha puesto a la venta (no diré por un acaso que lo ha editado: eso es tarea mayor). No había otra si quería leerlo. Un centenar de páginas en la pantalla asusta.
Luego lo he puesto en un estante donde tengo otros textos igual de precarios, todos con ese lomo de espiral que hace indistinguible uno de otro, de tal guisa que hay que andar extrayéndolos de la balda para acertar con el que buscaba, libros expósitos, libros desharrapados, libros a medio hacer.
La única diferencia notable, al cabo, entre un libro romano y uno bárbaro es la encuadernación.
Tanta batalla sorda al final queda en el cambio de la corbata por los abalorios de mercadillo hippie. Pues vaya.
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