Se me deslizó el móvil de las manos y acabó en el suelo, en varias piezas. No es la primera vez, ni será la última. Lo recompuse. Sigue funcionando. Todavía.
Tuve un ebook (siguen llamándose igual el continente y el contenido: digamos que ahora hablo del continente, que yo llamo portalibros) entre las manos, por cortesía de mi colega J. A. Cordón. Lo toqué con mimo, por no decir con pavor de que se me fuera de las manos.
Desde la infancia los libros se me han escurrido, como a todo el mundo. He tenido fases, cuando era estudiante, cuando hice la tesis, cuando escribía un texto denso, en que yo mismo los iba cogiendo y tirando de nuevo al suelo, a veces con caída estrepitosa y en postura indecorosa, magullado. A veces me dejo la ventana abierta y la lluvia les da de lado. Ayer, sin más, estaba sobre una toalla en la piscina y el riego automático refrescó la página que estaba leyendo.
No hay libro sin cicatriz, sin magulladura, sin herida del tiempo. Los tengo antiguos, que persisten a las injurias y el maltrato.
Una vez estropeé un lápiz óptico, un USB de esos que te echas al bolsillo para no ir cargado con tus obras completas. Sin querer le di un golpe mientras estaba inserto en su ranura. No tuvo reparación. Ni milagro. Perdí todo lo que había dentro. Ni que decir tiene que no lo diría ni me acordaría de ello si no fuera porque tenía dentro textos sin otra copia. Un desastre.
Puede que alguna vez un mal golpe con la rodilla sobre una ranura, un descuido de los dedos torpes que no sujetan con firmeza, un desplazamiento de enseres sobre la mesa que acaban en el suelo, acaben con una biblioteca, digamos digital para quitarle hierro, pero biblioteca.
Ya sé que se puede duplicar todo lo digital, multiplicar hasta el infinito.
Tengo tres ediciones de los Veinte poemas de amor y una canción desesperada de Neruda. Es una excepción. Cumple aquello de Juan Ramón Jiménez de que dicen cosas distintas en ediciones distintas.
Pero no necesito tener duplicada toda mi biblioteca. No temo que se me pierda en un mal golpe. Poca confianza tenemos en lo digital cuando andamos escondiendo discos duros en habitaciones ajenas, por si las moscas.
Tuve un ebook (siguen llamándose igual el continente y el contenido: digamos que ahora hablo del continente, que yo llamo portalibros) entre las manos, por cortesía de mi colega J. A. Cordón. Lo toqué con mimo, por no decir con pavor de que se me fuera de las manos.
Desde la infancia los libros se me han escurrido, como a todo el mundo. He tenido fases, cuando era estudiante, cuando hice la tesis, cuando escribía un texto denso, en que yo mismo los iba cogiendo y tirando de nuevo al suelo, a veces con caída estrepitosa y en postura indecorosa, magullado. A veces me dejo la ventana abierta y la lluvia les da de lado. Ayer, sin más, estaba sobre una toalla en la piscina y el riego automático refrescó la página que estaba leyendo.
No hay libro sin cicatriz, sin magulladura, sin herida del tiempo. Los tengo antiguos, que persisten a las injurias y el maltrato.
Una vez estropeé un lápiz óptico, un USB de esos que te echas al bolsillo para no ir cargado con tus obras completas. Sin querer le di un golpe mientras estaba inserto en su ranura. No tuvo reparación. Ni milagro. Perdí todo lo que había dentro. Ni que decir tiene que no lo diría ni me acordaría de ello si no fuera porque tenía dentro textos sin otra copia. Un desastre.
Puede que alguna vez un mal golpe con la rodilla sobre una ranura, un descuido de los dedos torpes que no sujetan con firmeza, un desplazamiento de enseres sobre la mesa que acaban en el suelo, acaben con una biblioteca, digamos digital para quitarle hierro, pero biblioteca.
Ya sé que se puede duplicar todo lo digital, multiplicar hasta el infinito.
Tengo tres ediciones de los Veinte poemas de amor y una canción desesperada de Neruda. Es una excepción. Cumple aquello de Juan Ramón Jiménez de que dicen cosas distintas en ediciones distintas.
Pero no necesito tener duplicada toda mi biblioteca. No temo que se me pierda en un mal golpe. Poca confianza tenemos en lo digital cuando andamos escondiendo discos duros en habitaciones ajenas, por si las moscas.
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