miércoles, 25 de noviembre de 2009

Trasiego con libro en mano

Con el periódico, vendían (por sólo un euro) un libro con media docena de cuentos de E. A. Poe, en la traducción conocida de Julio Cortázar, con una presentación muy digna, un librito cómodo con tipografía clara y abierta, papel albísimo y cubierta en cuatricromía. He andado dos días con el ejemplar en la mano, de acá para allá en mis ocupaciones, para leer algún cuento o alguna parrafada en los tiempos muertos. De siempre me ha gustado llevar un libro conmigo, mayor o menor, de un tema u otro, como un amuleto contra los repentinos aburrimientos de las colas o las esperas. En la mano, en el bolsillo del abrigo, en la mochilita, en el asiento trasero del coche. Un simple párrafo, unos versos, una imagen pueden ser un alivio no sabes cuándo. Recuerdo qué libros llevaba conmigo en algunas circunstancias, como recordaré a Poe dentro de algún tiempo mientras su lectura me acompañaba en ese restaurante en el que comí ayer a solas con él. Un ejemplar singular, con rostro, con unos colores concretos. No será igual cuando se estandarice el portalibros y llevemos en un cacharro 200 títulos al mismo tiempo, una biblioteca entera: no leeremos nada, no recordaremos nada, no distinguiremos nada, no tendremos intimidad ni complicidad. La portabilidad sin duda será la misma, pero la singularidad no. Con el librito de Poe he tenido durante dos días un rendez-vous; cuando lo descargue de la red y lo meta en el portalibros, será uno más en la bacanal del consumo y la exaltación de las cantidades, pero carecerá de la virtud del amor a primera vista.

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