domingo, 10 de mayo de 2009
En el folleto de acompañamiento de un disco compacto de música coral que me regala mi madre descubro que los textos en latín están acentuados. No puedo evitar fijarme siempre más en los desaciertos que en los aciertos. Sin embargo, en este caso no era desacierto, sino supina ignorancia mía, que todavía mancha lo que toca. Al final del folleto, previsor, el redactor avisa de que "los textos latinos aparecen con tildes, conforme al uso de los libros litúrgicos para canto". Nunca se acaba de aprender. La desconfianza es un instrumento imprescindible del corrector, y la humildad de que casi todo se ignora también.
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