domingo, 10 de mayo de 2009
Philip Bennett trabaja en The Washington Post y está ahí puesto por el propietario para ver cómo el negocio puede sobrevivir. El periódico de papel está acabado. Bennett indaga ahora no en la pervivencia del periódico como tal, sino en la pervivencia del periodismo tal como lo hemos entendido. Estoy de acuerdo en la agonía y en la brazada de náufrago con la que alcanzar una isla que no sabemos si existe. Los oficios de la cultura en los que me he sentido cómodo y sin los que no me imagino el mundo están en un tránsito desde un ancien régime en el que nos hemos formado hacia un paisaje disuelto en el que todo está por conformarse: el cine, la música, el periodismo y la edición. No se trata tanto de salvar el libro como de salvar la edición. A medida que avanza la revolución digital, los avances de los médicos técnico van disolviendo la profesión y la función del editor. No entraré de nuevo en detalles para explicar lo que hace ya muchos años escribí y sigo repitiendo, y que ahora se hace más patente y extenso, hasta la náusea: no es lo mismo publicar que editar. Y hacia eso vamos, hacia la desaparcíón de la edición en favor de la simple publícación.
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