lunes, 19 de marzo de 2012

Jordi Llovet habla de los servicios de publicaciones universitarios españoles

El libro Adiós a la universidad. El eclipse de las Humanidades (Barcelona: Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, 2011), del que es autor Jordi Llovet, hasta no hace mucho catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada de la Universidad de Barcelona, es una mezcla de memorias y reflexión sobre el estado de la universidad española escrito al tiempo en que el autor decidió retirarse de la vida académica. El capítulo sexto lleva por título “Investigar y publicar”; en él hace un repaso de sus propias obras y de las exigencias profesionales y ambiente editorial en que se mueven los universitarios españoles; se reproduce aquí un fragmento (pp. 171-175, del que se han eliminado las notas a pie de página) que alude, en su parte final, a los servicios de publicaciones universitarios.

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También los procedimientos de las comisiones académicas creadas ad hoc y los de las agencias de “evaluación de la calidad universitaria” –ya sean las de ámbito estatal, ya sean las autonómicas– han acarreado consecuencias penosas para la docencia. Desde hace un par de decenios, estas agencias han establecido como criterio prácticamente único para otorgar los llamados “pluses autonómicos” –pequeñas cantidades, ridículas en Cataluña, más substanciales en el País Vasco o en Murcia, por ejemplo, que reciben los profesores numerarios de acuerdo con el nivel de vida del lugar en el que residen e imparten docencia–, también para alcanzar los llamados “tramos de investigación” –que cada seis años permiten a los profesores obtener un aumento algo más significativo de su sueldo–, y, algo más inquietante, últimamente para la promoción de los profesores al funcionariado.
Ante la imposibilidad de desplazar a jueces e inspectores a todas y cada una de las aulas –para comprobar in situ la categoría de un profesor– esas agencias y comisiones “a distancia” –“teleagencias”, pues– se han convertido prácticamente en la única garantía que posee un profesor para alcanzar una u otra, o varias, de las prebendas aludidas. Para ello se requiere al profesor, periódicamente para que envíe a dichas agencias y comisiones un listado con las publicaciones que ha realizado a lo largo del último año o período de varios años.
Como el único modo de obtener esas mínimas ventajas, básicamente económicas, consiste en responder a unos formularios que llegan siempre con enorme puntualidad, los profesores se han visto obligados, de unas décadas para acá, a llenarlos y referir la serie de artículos, libros u otras publicaciones que hayan generado a lo largo de período correspondiente. A ningún profesor se le ha requerido jamás que añada, a esos formularios, fotocopias de los artículos o ejemplares de los libros publicados, salvo en algunos casos, exiguos, de reclamación.
A consecuencia de este sistema de evaluación, los profesores se han obsesionado en generar la mayor cantidad de artículos y de libros posible, siempre en el bien entendido de que es suficiente mencionar los títulos de estas publicaciones y nada más. A este respecto, por lo que se refiere a los artículos publicados en revistas, las agencias y comisiones disponen de una lista de la supuesta solvencia de las publicaciones periódicas del mundo entero, de modo que siempre se puntuará con mejor calificación un artículo investigador publicado en The Lancet por un profesor de Medicina, pongamos por caso, que un artículo publicado por un profesor de Letras, valga el ejemplo, en una revista de ámbito comarcal. El primero de los artículos puede consistir en un plagio (ha sucedido incluso en aquella prestigiosa revista) y el segundo en un descubrimiento arqueológico o filológico de primer orden; pero el registro de las revistas obedece a un criterio de “solvencia científica” que se fijó hace años de una vez por todas, de modo que es difícil escapar a la lógica perversa que prima una publicación adocenada en una de las revistas situadas en lo más alto del ranking, por encima de cualquier aportación original publicada en una revista considerada de tercera categoría: lo que importa no es que tal o cual artículo sea encomiable, intelectualmente sólido o bien escrito, sino que el autor haya conseguido publicarlo en una revista supuestamente superior a las demás.
Con las publicaciones en forma de libro sucede, si ello es posible, algo peor. En este caso no se establece ninguna diferencia acerca del sello editorial encargado de la publicación y mucho menos acerca de la solvencia intangible de la misma; lo que importa es que el libro exista: es decir, que haya una serie indefinida de hojas encuadernadas, firmadas por el solicitante, editadas bajo la rúbrica de una editorial determinada, con un ISBN patente, y que se trate, en el mejor de los casos, de un trabajo original. Como sucede en tantos otros ámbitos de la vida universitaria, lo que aprecian las agencias de evaluación no es la calidad de lo que se ha escrito –aunque la voz “calidad” aparece en las variadas denominaciones de estas agencias–, sino el mero hecho de que una publicación exista.
De acuerdo con este procedimiento, y salvo las excepciones de rigor, los profesores son capaces de escribir cualquier cosa –que ni tiene valor por sí misma, ni denota esfuerzo intelectual alguno, ni será, posiblemente, leída por nadie– para poder presentar, en los plazos convenientes, el mero “listado” a que hemos hecho referencia. Esto es grave en términos generales, pero lo es mucho más en los campos de las Ciencias Sociales y las Humanidades, pues, en estos, la aglomeración o concatenación de frases no es una tarea que requiera de sus respectivos redactores un gran esfuerzo; y muchas de las afirmaciones que uno puede llegar a escribir en esos campos son, también en virtud de la laxitud y la ambigüedad del discurso humanístico –otra cosa sería el rigurosamente filológico–, de imposible discusión y de una valoración muy relativa. Encima, profesores que han dedicado lustros o decenios a traducir grandes obras del legado griego, latino, chino, ruso o polaco, por ejemplo, editándolas con pulcritud, tienen que ver, con el grado de humillación que esto comporta para un amante de las Letras, cómo estas publicaciones no entran en ningún baremo por el mero hecho de que, según se supone, una traducción no tiene nada de original.
Así los catálogos editoriales se han llenado –muy en especial los de los servicios de publicaciones de las universidades– de libros completamente prescindibles, a menudo muy mal escritos. Como Don Quijote le dice a Sancho en el episodio de la Cueva de Montesinos, refiriéndose a quien se dice que ha escrito la continuación del De inventoribus rerum, de “Virgilio Polidoro”: “Hay algunos que se cansan en saber y averiguar cosas que, después de sabidas y averiguadas, no importan un ardite al entendimiento ni a la memoria”. Como esta es la lógica imperante, tampoco debe sorprender que las colecciones de libros universitarios anden llenas de sesudas tesis doctorales que ningún editor del país se atrevería a publicar –algunas buenas, otras del todo innecesarias, cuando no rocambolescas–, de modo que cuesta encontrar, en el actual panorama de las universidades españolas, algún servicio de publicaciones con un catálogo editorial solvente: las publicaciones de las universidades de Salamanca, Valencia o Málaga, por ejemplo, constituyen una excepción, digna de ser anotada en este libro.

lunes, 12 de marzo de 2012

Correcciones a pasabola

Los escritores, por lo común, corregimos las pruebas de nuestras primeras ediciones y a veces, ni eso. Las que siguen las dejamos al cuidado de los editores quienes, quizá por aquello de su conocida afición al noble y entretenido juego del pasabola, delegan en el impresor, el que se apoya en el corrector de pruebas que, como anda de cabeza, llama en su auxilio a ese primo pobre que todos tenemos quien, como es más bien haragán, manda a un vecino. El resultado es que, al final, el texto no lo reconoce ni su padre: en este caso, un servidor de ustedes. Los libros, con frecuencia, mejoran con esta gratuita y tácita colaboración, pero los autores rara vez nos avenimos a reconocerlo y solemos preferir, quizás habituados por la soberbia, aquello que con mejor o peor fortuna habíamos escrito.

(Camilo José Cela, 1989)

sábado, 10 de marzo de 2012

Hombres muy avisados

Igualmente se debe distinguir en las impresiones lo material y formal de ellas. Los defectos en lo material se deben atribuir al impresor; los de lo formal al autor; verdad es que éste debe también velar sobre lo material, porque a nadie incumbe más que a su dueño el que la obra salga con la mayor perfección; y a no poner un sumo cuidado y vigilancia le aparentarán los impresores (como hace la mayor parte de los artesanos), bondad en lo que no la tiene, precisándole a pasar por defectos que conocen bien los facultativos; pero que ellos, por no confesar sus descuidos, ni detener por poco tiempo la prensa, procuran disimular. Para que un libro salga impreso con alguna hermosura, requiere una atención muy exacta y prolija de parte de todos los que manejan la impresión, y aun así a veces no alcanza: tal es la limitación de talentos aun de los hombres muy avisados.

(Fray Francisco Méndez, 1796)

Hundimientos

Ante el hundimiento del barco, las ratas son las primeras que desaparecen. Ante el hundimiento del libro, las erratas son las primeras que vuelven.

viernes, 9 de marzo de 2012

Carta de Unamuno a un tipógrafo

Unas palabras ─más de cuatro─, mi estimado y paciente colaborador, sobre su función respecto a mis artículos. En los que, ya impresos, suelen aparecer erratas que si son leves, como una de hoy en que aparece resuelve donde escribí revuelve, otras obedecen, me figuro, a no tener a la vista, al corregir las capillas, mis originales y observar ciertas peculiaridades, algunas heterográficas, de este mi dialecto personal que el otro día me dijo Menéndez Pidal que es un supercastellano. Así, un día cuando yo escribí engeño, añadiendo que es voz desaparecida, me pusieron ingenio, que es la actual; otra vez pusieron desesperado donde yo decía desperado; en mi artículo sobre el mozo de la pedrada [se refiere a un individuo o mozalbete que, para exteriorizar su protesta por las interminables discusiones en el Congreso, lanzó al hemiciclo una piedra, con el estrépito consiguiente], se me corrigió el malencónico ─que es la forma corriente en el campo salmantino─ por el oficial melancólico. Y etc.
Le ruego, pues, que tenga a la vista mis originales, ya que es naturalísimo e inevitable que el tipógrafo se deje llevar de lo corriente y lea lo que está habituado a leer. Y no pretendo que se me respeten ciertas peculiaridades heterográficas como escojer, cojer, recojer, lijero, etc. (como acentúo telégrama, y así lo pronuncio).
Y a este caso, le contaré lo que una vez me ocurrió al enviarme segundas pruebas de un libro. En el que yo suprimía ¡claro está! todas esas letras absurdas como las p, b, y s de septiembre, obscuro, inconsciencia, suscriptor, etc. Había tachado una pe de septiembre, y en segundas pruebas me la vuelven a colar con un marginal “¡ojo!”. Volví a tacharla, y el “¡ojo!”, y en vez de éste, puse: “¡oído!”.
Y basta de tiquismiquis gramaticaleros. Procuro escribir con estas patitas de mosca lo más claro posible ─aborrezco la mecanografía tanto como la telefonía─ y espero que me tolerarán mis dialectalismos individuales y hasta mis peculiaridades heterográficas.
Le saluda,

Miguel de Unamuno (1932)

sábado, 3 de marzo de 2012

Pasión y distancia

Entre nosotros se publican muchos libros que están zurcidos o amañados, o que contienen errores gramaticales tremendos o faltas de ortografía, y nadie dice nada, ni se lleva las manos a la cabeza, ni hace ejercicios de alta indignación intelectual frente a la invasión chabacana de los ignorantes con éxito que ceden al capricho de publicar novelas.
Hay traducciones al español tan increíblemente malas que parecen hechas por un estudiante de grado elemental al que han encerrado a pan y agua y con un mal diccionario, y en libros de editoriales que parecerían fuera de toda sospecha no es infrecuente encontrar a un personaje “preve yendo” algo o sintiéndose “más mayor” que otro. Nadie está a salvo del error, ni del despiste más disparatado: precisamente por eso, porque quien escribe a veces no sabe alejarse de su trabajo lo bastante como para advertir algunas equivocaciones, un libro debe pasar por las manos de editores y correctores, de gente dotada a la vez de pasión y distancia.

(Antonio Muñoz Molina, 2000)

Goering

Cuando oigo la palabra cultura, me dan ganas de sacar mi tablet.