Leía Crónica del Pleistoceno, un libro de Roy Lewis publicado por Anaya & Mario Muchnik en 1994, pero cuya edición original en inglés databa de 1960. Es una fábula en la que el autor hace una descripción humorística de cómo era la vida cotidiana en la prehistoria. En un momento dado, en las primeras páginas, un personaje le pregunta a otro: “¿Cuánto hace que juegas con el fuego?”, a lo que este responde: “Oh, lo descubrí hace meses. ¿Y sabes, Vanya? Es de lo más fascinante. Las posibilidades son estupendas. Quiero decir que es tanto lo que puede hacerse con él…Mucho más que una simple calefacción central, aunque ese no deja de ser un gran paso adelante. Apenas si he comenzado a descubrir sus aplicaciones. Pero solo consideremos el humo: aunque no lo creas, asfixia a las moscas y mantiene a los mosquitos alejados. ¡Claro que el fuego es una cosa engañosa! Difícil de llevar con uno, por ejemplo. También tiene un apetito voraz: come como un caballo. Propenso a ser malévolo, causa un escozor peligroso si no se tiene cuidado. Y es realmente nuevo; abre una perspectiva positiva de…”
Llegado ahí en la lectura, cambié la expresión fuego por libro electrónico y me parecía la misma cosa: los titubeos iniciales del descubrimiento son semejantes, las ventajas y desventajas del hallazgo.
El relato ahí luego se ponía jocoso: “Pero de pronto el tío Vanya lanzó un fuerte chillido y comenzó a saltar sobre un pie. Yo había observado con gran interés que durante un rato había estado encima de una grasa al rojo vivo. Se había exaltado demasiado en la discusión para notarlo, o para advertir el ruido silbante y el extraño olor que siguió. Pero ahora la brasa lo había mordido a través de la piel de su empeine”.
Te calienta, pero si te descuidas te quema.

