martes, 19 de junio de 2012

El editor en equipo

Un amigo editor, recién fichado por uno de esos megagrupos que conciben la publicación de libros como una expendiduría de churros, me confesaba hace algunos años sus perplejidades: “Es algo alucinante. Nos pasamos el día entero reunidos. Primero una reunión con los responsables del marketing, para diseñar la estrategia publicitaria del inminente best-seller. Después, una reunión con los distribuidores, a quienes tratamos de convencer de que ese best-seller va a ser la caraba. Tras un pequeño refrigerio, nos reunimos con los comerciales, explicándoles los trampantojos y embelecos que deben emplear para camelar a los libreros y colarles el bodrio en cuestión. Hacia el final de la mañana, el jefazo nos convoca en su despacho, para que le rindamos cuentas sobre lo acaecido en las anteriores reuniones. Y así un día tras otro. A la semana siguiente publicamos otro best-seller y se repiten las mismas reuniones, en las que se vuelven a diseñar las mismas estratagemas archisabidas. Lo más chocante es que mis compañeros se comportan como si todo les pillase de nuevas, como si fuera la primera vez que pronuncian esas palabras gastadas que repiten por enésima vez. Acatan con una naturalidad pasmosa su condición de peones en una representación ritual, e incluso han llegado a desarrollar un hábil virtuosismo, consistente en remolonear por los pasillos, entre reunión y reunión, para no tener que pisar los despachos. Cuando me ficharon, pensé que mi trabajo consistiría en leer libros y proponer la publicación de los que hallara más interesantes; ahora he comprendido que esa labor se deja en manos de las agentes que nos venden sus maulas, o de las dotes adivinatorias de mis subalternos. Mi cometido consiste, pura y simplemente, en reunirme. Y ahora me disculparás, porque tengo que asistir a una convención de editores. Mi vida, chico, parece una novela de Kafka, pero en versión gilipollas”.


(Juan Manuel de Prada, 2002)

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