
En estos días en que está teniendo lugar la exposición “¿Dónde lees tú?” en el Centro de Desarrollo Sociocultural de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez en Peñaranda, conviene detenerse a observar esta fotografía que hizo Yoichi Hayashi para Associated Press y que ha sido difundida por numerosos periódicos en estos días pasados.
La escena corresponde, por supuesto, como pueden imaginar, a un grupo de personas afectadas por el reciente terremoto de Japón, entre cuyas consecuencias está la incertidumbre del alcance de la contaminación de la radiación nuclear de Fukushima, pero también la destrucción de sus hogares, de sus lugares de trabajo y de todo lo que conformaba su vivir cotidiano; carecen de electricidad y de energía en general, de víveres para alimentarse y de agua, tan imprescindible para todo. Por si fuera poco, nieva. Están al aire libre, en un paisaje completamente nevado a su alrededor, como bien se aprecia. Se reúnen alrededor de un fuego improvisado con unas tablas y maderos. Sus ropas, su calzado y sus prendas de abrigo se parecen a los nuestros. Aunque están en la otra esquina del mundo, todos sabemos que se parecen en muchas cosas a nosotros. Tras la segunda guerra mundial, abandonaron aspectos concretos de sus tradiciones y adoptaron, en general, el modo de vida occidental, el que estilamos en Europa y Norteamérica. Así que si olvidamos sus rasgos físicos, podríamos pensar que forman parte de cualquiera de los países de nuestro entorno.
Tienen un caldero puesto al fuego, pero en él de momento no hay nada. Aunque las dos efigies que se observan a la derecha, sin duda religiosas, se mantienen erguidas, tras el grupo y en un barranco se aprecia una caseta vencida, ladeada pero no desmoronada por el terremoto.
Sería otra fotografía más de las que nos ilustran sobre los cada vez más frecuentes desastres que azotan el planeta. Qué le habremos hecho para que tosa y carraspee de esta manera, teniéndonos en un sinvivir, hoy en Japón, ayer en Haití, antesdeayer en Tailandia. Seria una fotografía más, decía, consumida en la sobredosis de información con que en nuestros días los medios de comunicación nos tienen al tanto de la instantaneidad de la globalización, si no fuera por dos detalles.
El primero es el diseño de las sillas sobre las que están sentados, formando un círculo alrededor de la fogata. Son todas iguales, e incluso hay dos que apreciamos vacías, todas ellas íntegras, en magnífico estado. Están traídas al descampado, sin duda, de algún centro, de algún colegio, del algún lugar donde otras muchas, idénticas, seguramente, habrán quedado ordenadas pese al caos, porque los japoneses, lo estamos viendo en las televisiones, no pierden las maneras educadas, como si fueran británicos. Son sillas como las nuestras, como las que hoy mismo he comprobado que hay en mi lugar de trabajo, probablemente las mismas que haya en una sala u otra de la misma Fundación Germán Sánchez Ruipérez. Puede que nuestras sillas sean japonesas. Sabemos que aquel pueblo es muy dado a exportar.
El otro detalle es más significativo aún. Puede que a estas alturas de comentario ya lo hayan percibido. Es el que me ha detenido en seco y me ha llevado a escribir su significación. Esas personas están sentadas en sillas como las que nosotros mismos utilizaríamos para una reunión en la que estuviéramos debatiendo algo, en círculo y alrededor de un fuego al que no prestan demasiada atención. Distinguimos, si no cuento mal, trece personas, unas más visibles que otras, unas sentadas y otras a punto de hacerlo. De ellas, hasta nueve están leyendo; algunas sostienen periódicos desplegados en sus manos, otras leen por encima del hombro, o puede que escuchen lo que el de al lado están leyendo.
Acaban de tener un terremoto, lo han perdido todo, no tienen luz, agua ni electricidad, se cierne sobre ellos una nube letal y además nieva. Es el menos grave de todos los males que les circundan. Con todo, más que la sumisión que a cualquiera de nosotros nos despeñaría por la ladera de la desesperación en una circunstancia parecida, abocados a la más pura supervivencia de encontrar alimento, parecen serenos. Tanto, que dedican el tiempo, no sé si muerto, a la lectura atenta del periódico.
Por cierto, un último detalle. Siendo Japón el conocido país inventor y productor de mil gadgets y cacharritos con que han inundado nuestra vida occidental, ninguno de ellos está leyendo las noticias en un iPad.
