sábado, 19 de marzo de 2011

En el terremoto de Japón, entre las bajas, ¿cuántos iPads han perecido y cuántos han sido dados por desaparecidos?

Leer en la nieve


En estos días en que está teniendo lugar la exposición “¿Dónde lees tú?” en el Centro de Desarrollo Sociocultural de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez en Peñaranda, conviene detenerse a observar esta fotografía que hizo Yoichi Hayashi para Associated Press y que ha sido difundida por numerosos periódicos en estos días pasados.
La escena corresponde, por supuesto, como pueden imaginar, a un grupo de personas afectadas por el reciente terremoto de Japón, entre cuyas consecuencias está la incertidumbre del alcance de la contaminación de la radiación nuclear de Fukushima, pero también la destrucción de sus hogares, de sus lugares de trabajo y de todo lo que conformaba su vivir cotidiano; carecen de electricidad y de energía en general, de víveres para alimentarse y de agua, tan imprescindible para todo. Por si fuera poco, nieva. Están al aire libre, en un paisaje completamente nevado a su alrededor, como bien se aprecia. Se reúnen alrededor de un fuego improvisado con unas tablas y maderos. Sus ropas, su calzado y sus prendas de abrigo se parecen a los nuestros. Aunque están en la otra esquina del mundo, todos sabemos que se parecen en muchas cosas a nosotros. Tras la segunda guerra mundial, abandonaron aspectos concretos de sus tradiciones y adoptaron, en general, el modo de vida occidental, el que estilamos en Europa y Norteamérica. Así que si olvidamos sus rasgos físicos, podríamos pensar que forman parte de cualquiera de los países de nuestro entorno.
Tienen un caldero puesto al fuego, pero en él de momento no hay nada. Aunque las dos efigies que se observan a la derecha, sin duda religiosas, se mantienen erguidas, tras el grupo y en un barranco se aprecia una caseta vencida, ladeada pero no desmoronada por el terremoto.
Sería otra fotografía más de las que nos ilustran sobre los cada vez más frecuentes desastres que azotan el planeta. Qué le habremos hecho para que tosa y carraspee de esta manera, teniéndonos en un sinvivir, hoy en Japón, ayer en Haití, antesdeayer en Tailandia. Seria una fotografía más, decía, consumida en la sobredosis de información con que en nuestros días los medios de comunicación nos tienen al tanto de la instantaneidad de la globalización, si no fuera por dos detalles.
El primero es el diseño de las sillas sobre las que están sentados, formando un círculo alrededor de la fogata. Son todas iguales, e incluso hay dos que apreciamos vacías, todas ellas íntegras, en magnífico estado. Están traídas al descampado, sin duda, de algún centro, de algún colegio, del algún lugar donde otras muchas, idénticas, seguramente, habrán quedado ordenadas pese al caos, porque los japoneses, lo estamos viendo en las televisiones, no pierden las maneras educadas, como si fueran británicos. Son sillas como las nuestras, como las que hoy mismo he comprobado que hay en mi lugar de trabajo, probablemente las mismas que haya en una sala u otra de la misma Fundación Germán Sánchez Ruipérez. Puede que nuestras sillas sean japonesas. Sabemos que aquel pueblo es muy dado a exportar.
El otro detalle es más significativo aún. Puede que a estas alturas de comentario ya lo hayan percibido. Es el que me ha detenido en seco y me ha llevado a escribir su significación. Esas personas están sentadas en sillas como las que nosotros mismos utilizaríamos para una reunión en la que estuviéramos debatiendo algo, en círculo y alrededor de un fuego al que no prestan demasiada atención. Distinguimos, si no cuento mal, trece personas, unas más visibles que otras, unas sentadas y otras a punto de hacerlo. De ellas, hasta nueve están leyendo; algunas sostienen periódicos desplegados en sus manos, otras leen por encima del hombro, o puede que escuchen lo que el de al lado están leyendo.
Acaban de tener un terremoto, lo han perdido todo, no tienen luz, agua ni electricidad, se cierne sobre ellos una nube letal y además nieva. Es el menos grave de todos los males que les circundan. Con todo, más que la sumisión que a cualquiera de nosotros nos despeñaría por la ladera de la desesperación en una circunstancia parecida, abocados a la más pura supervivencia de encontrar alimento, parecen serenos. Tanto, que dedican el tiempo, no sé si muerto, a la lectura atenta del periódico.
Por cierto, un último detalle. Siendo Japón el conocido país inventor y productor de mil gadgets y cacharritos con que han inundado nuestra vida occidental, ninguno de ellos está leyendo las noticias en un iPad.

domingo, 6 de marzo de 2011

Mallarmé

Variación actual sobre Brisa marina: “La carne está triste y, ¡ay!, he leído todos los libros en el iPad” (Stéphane Mallarmé).

miércoles, 2 de marzo de 2011

Tesis doctorales plagiadas

En el mismo día los periódicos traen la noticia de dos tesis doctorales con una alta presunción de falsedad. La primera, que ya rondaba desde hace dos semanas, es la del ministro alemán de defensa, Karl Theodor zu Guttenberg, descendiente del inventor de la imprenta. Le han pillado plagiando una buena parte de sus argumentos, copiados sin citar la fuente. La segunda, la de Saif el Islam, el presunto hijo sensato del dictador Gadafi, leída en la eminente London School of Economics, cuyas cuatrocientas y pico páginas pudiera ser que ni siquiera las hubiera escrito él mismo, sino un negro que no tuvo mayor inconveniente en tomar prestadas ideas y argumentos, sin pararse a mencionar a los autores saqueados.
Sin duda ambos doctores son víctimas no sólo de su falta de pericia, sino también de su alta posición y escrutinio público. Se leen cientos de tesis doctorales cada año en todas partes, pero los autores no suelen ser personajes públicos. Sería interesante que hubiese algún organismo, siquiera una ONG o cuando menos un programa de software que, haciendo las veces de lo que es el papel de un editor o un corrector, comprobase si los contenidos de tanta tesis son originales de su autor.
Mejor no meneallo, no sea que se nos venga abajo el tinglado académico. Pasemos página.

martes, 1 de marzo de 2011

Lectura femenina

La viñeta de hoy de Forges marca una frontera en el tiempo. La escena es recurrente en sus escenarios: él llega a casa y está colgando una prenda, como el abrigo que aquí vemos; ella siempre está sentada en el sofá, a veces viendo la televisión, a veces leyendo. Pero algo nuevo ocurre hoy, y seguramente de hoy en adelante: sobre el brazo del sillón yace un libro, mientras sus manos están ocupadas por una tableta, con coña denominada "iPlast".
Es la primera vez. Hay quien me dice que es la segunda. Igual da. Es una señal de cambio. La postración del libro, boca abajo, es simbólica por sí misma.
Todo muta.

domingo, 27 de febrero de 2011

El ejemplar

En una de las entrevistas periodísticas previas a su investidura como doctor honoris causa por la Universidad de Salamanca, Germán Sánchez Ruipérez aducía hace unos días el fin del ejemplar como medida de unidad de comercio en el negocio editorial. O en el mundo del libro o de la lectura, valga decir también, según desde qué lado del prisma miremos el reflejo de la luz.
La reflexión, por más que breve y perogrulla, es acertada y oportuna. En el ruido constante que estamos padeciendo en torno a la agonía del libro y el fénix que surgirá de sus cenizas, sólo de vez en cuando oigo música. Digamos que si no es el timbal, al menos sí la flauta: el ejemplar como tal sí parece tener los días contados.
Parece que un libro, tal como lo hemos entendido hasta ahora, ya no ofrece su valor intrínseco en el discurso que contiene, normalmente textual. Parece que de aquí en adelante ese discurso del autor carece de fuerza inmanente si por añadidura no se le adorna con unos cuantos aditamentos que, en el ejercicio comercial, ponen la obra en otra dimensión, más moderna, más actual, más cool, más global.
Viene pasando ya con tantas cosas, que no ha de extrañar. Hace tiempo que el periódico ya no es tal si no va acompañado de suplementos, revistas, películas, discos, coleccionables o cupones para una aspiradora. Las películas, las que todavía se venden en cederrón (entró la palabra en el diccionario de la Academia hace unos años, pero no tardará en quedar obsoleta), han de llevar tráiler, descartes, fichas y farfolla semejante. Los partidos de fútbol televisados ya no son tales si no llevan por delante la previa y por detrás el tercer tiempo. En fin, el modelo quizá sea el que hace ya muchos años viene practicando la industria automovilística, que ofrece en la venta de los automóviles una amplia variedad de equipamientos, solo algunos de los cuales vienen de serie. El resto, queda a las posibilidades económicas o consumistas del comprador.
Los libros, hasta aquí, y simplificando, tan sólo se ofrecían con una variable: en rústica o en tapa. Un ejercicio más alambicado era la suscripción (para las revistas), el coleccionable (de quiosco) o la colección (de club de lectura, por ejemplo).
Metidos en el zarzal digital, vamos camino de que aquel discurso textual del autor que constituía todo el libro en sí, carezca de aliciente comercial si no lleva en el pack todo un séquito de morcillas: un texto adicional (pongamos un relato más, o un capítulo más), la biografía del autor, un álbum de fotografías, un vídeo explicativo, un mapa o puede que tres o cuatro obras anteriores del mismo autor. O todas. El modelo, quizá por compartir soportes, se va pareciendo al musical: diríase que el mercado no es capaz de adquirir una nueva obra del artista si la docena de canciones no se convierten en veintena, además de los extras visuales y puede que hasta algún videojuego.
Ni qué decir ya de esos correos que llegan a mi bandeja regalándome de sopetón trescientas obras, mejores, peores e infames.
El ejemplar, sí, está perdiendo su condición de unidad de medida, confundido por un bosque que acabará por no dejar ver el árbol.

viernes, 25 de febrero de 2011

Escritura sagrada

José Ángel Esteban (11). "No quería perdérmelo por nada del mundo".
"Estaba ensayando con un grupo de la movida, Glutamato Ye-Ye, del que era bajista. Tenía 23 años. Un amigo periodista me dijo 'ha habido un golpe de Estado' y salí corriendo. Quería estar allí. Era un acontecimiento histórico y no quería perdérmelo por nada del mundo. Nunca tuve una sensación catastrófica, ni pensaba en huir a París. En aquellos momentos no te planteabas estas cosas".
El periodista, guionista de cine y TV y exdirector de programas de RNE, recogió decenas de notas de testimonios en cuadernos que solo tres semanas después del golpe se convirtieron en un libro,
Todos al suelo, editado por José Luis López y escrito con los también periodistas Bonifacio de la Cuadra, Ricardo Cid, Fernando Jáuregui, Rosa López, José Luis Martínez y Juan Vam den Eyde. Esteban también recuerda la llegada de los ejemplares de EL PAÍS, en cuya lectura aparece enfrascado en la fotografía. "Fijó los sentimientos que todos teníamos. Entonces la tinta impresa era definitiva, fijaba emociones. Ahora, con Internet, es diferente. Ese instante constante en que se ha convertido el periodismo lo hace todo más fluctuante".
El comentario viene a cuento de la celebración en estos días últimos del 30 aniversario del intento de golpe de Estado del 23-F. El detalle que me interesa es el de la idea de que el periódico impreso, en aquellos días de 1981, servía para fijar emociones y hoy internet produce fluctuaciones menos indelebles. Es acorde con esa idea que sostengo desde hace muchos años del carácter sagrado que tiene la palabra escrita, que en estos tiempos de terminología confusa habría que matizar y decir la palabra impresa. Hay una inmutabilidad en ella que le otorga el grado máximo de credibilidad frente a, por ejemplo, la radio o la televisión. También internet, por supuesto. Intuitivamente no le daba marchamo de certeza a algo hasta que no lo veía escrito en el periódico al día siguiente. Incluso el resultado de un partido de fútbol: sólo la crónica deportiva daba por cerrado y definitivo el partido.
Internet y otros cacharros no me producen una sensación distinta que la radio y la televisión: la palabra ahí tampoco está impresa, en ese sentido sacro que quizá desde antiguo tiene el documento entre las manos. La tableta, el iPad, el notebook o cualquier otro aparato me permite leer, por supuesto, pero no dejan de ser pantallas. El principio de autoridad, de autenticación de la información en mi subconsciente no es legítimo, hoy por hoy, hasta que no está impreso. Mejor en la página de un libro que en la hoja de un periódico, pero en cualqueir caso mejor que impreso en una pantalla, a la que todavía le falta un rango. Hoy por hoy, digo. Mañana, quién sabe. A la postre todo es efímero, por más que los papiros se guarden en ánforas dentro de cuevas oscuras en las proximidades del mar Muerto. Quizá la única escritura verdaderamente indeleble sea la epigráfica. Lo que pasa es que la literatura que se puede inscribir en un miliario no llega a ser ni aforismo. Lástima.