viernes, 24 de febrero de 2012

El editor clásico

Cuando se habla de la figura del editor, los ajenos a esta profesión piensan siempre en el publisher literario y se lo imaginan ─como en las películas─ un caballero maduro fumando en pipa, sentado en su despacho, más bien lujoso, con una chimenea encendida, y tal vez un perro correctamente tumbado, intentando convencer al autor de la novela de que convendría modificar el final, o suprimir un determinado personaje. Y al autor, más bien sumiso ante el todopoderoso editor, aunque algo reticente a los cambios sugeridos, pero agradecido por el hecho de ser publicado por primera vez.
Y sin embargo, como se sabe, nada más lejos de la realidad. El editor, tanto de libros de creación literaria como de libros de conocimiento, es un individuo ajetreado y por lo general angustiado, que pelea por contratos que caducan, por anticipos que le parecen exorbitantes (y a menudo lo son), o por una subasta de derechos, que pasa buena parte de su tiempo haciendo presupuestos y rehaciendo la cuenta de resultados, preocupado por el papel que compró y que no llega a tiempo, por el anuncio mal situado en la página del periódico, por culpa de la imprenta que se retrasa con la reimpresión de la única novedad reciente que se vende, cabreado con las devoluciones, con la caída del peso mexicano, con la infidelidad de un autor de los “de casa”...
Hablo, claro está, del editor unipersonal, el auténtico, el clásico, el hombre orquesta (no me estoy refiriendo a la gran empresa editorial, con su división de trabajos, distintas áreas de responsabilidad y múltiples engranajes). Me refiero al editor en estado químicamente puro, el industrial de materia noble que se asocia con el inventor del libro de creación, que es el eje de todo, el “deus ex machina”, y lo convoca, lo apoya, difunde su invento y le retribuye su trabajo, de acuerdo con la aceptación de los compradores, mediante una regalía o porcentaje. Es el jugador de ruleta que hace sus apuestas, no siempre acertadas, pero sí algunas veces y, entonces, ¡qué satisfacción! ¡Cuántos sinsabores recompensados!

(Mario Lacruz, 2000)

sábado, 21 de enero de 2012

Instrumentos de lectura

El teléfono no se inventó para leer libros. Sin embargo, la taza del retrete sí.

miércoles, 18 de enero de 2012

La vida de un artista

"Gabriele D'Annunzio (1863-1938) fue el gran escritor italiano de su época y uno de los modelos a imitar en la Europa de entresiglos. Pocas veces la vida de un  hombre, de un artista, ha tenido tanto que ver con su propia vida" (Luis Enrique de Villena, El Mundo, 18 de enero de 2012, p. 41).

sábado, 7 de enero de 2012

Ex perto

Aceptemos que las novedades gramaticales tarden un tiempo en ser asimiladas y se vuelvan de uso corriente. Todo necesita tiempo para asentarse. Pero hay quien sufre el síndrome de Hamlet y la vacilación le pierde. Tal debió de ser el caso del periodista Andreu Manresa (El País, 5.1.2012, p. 14), que en una sola columna zigzaguea sobre el pulsador del espacio de su teclado cuando se le viene encima el prefijo ex, y así de una sentada le salen exGobierno de Baleares; ex presidente Jaume Matas; los antiguos asesores; excolaboradores de Matas; ex empleada de Nóos; exejecutivo Juan Pablo Molinero; cuatro ex altos cargos del Gobierno; ex director general de Deportes; exgerente del Instituto Balear de Turismo; exsecretaria de Presidencia; exsecretario de Turismo; Bonet, exasesor.
¿Cómo es el afilalápices de un iPad? ¿Cómo es su viruta?

miércoles, 20 de julio de 2011

Ikea

Acababan de nombrar al ministro de Fomento, Pepiño Blanco, como Portavoz del Gobierno. Era viernes 15 de julio de 2011 y tenía su primera comparecencia ante los medios de comunicación tras el pertinente Consejo de Ministros, en cuyo orden del día figuraba la aprobación del trámite de nacionalización de un jugador de baloncesto de apellido Ibaka. Ni corto ni perezoso, el ministro gallego, a lo que se ve poco aficionado a la lectura de la prensa deportiva, que en esos días daba cobertura al asunto, afirmó que el Gobierno había procedido a la nacionalización de Ikea.

viernes, 27 de mayo de 2011

Una nota paratextual sobre "Gutenberg 2.0. La revolución de los libros electrónicos"

Los libros de autor (no todos lo son) suelen tener despojos, desechos de casquería que los lectores acostumbran dejar a un lado cuando dan cuenta de ellos. Parecen no muy apetecibles partes de la pieza, que se consideran no comestibles por insípidas ante lo magro que lo acompaña. Tales son los casos, por ejemplo, de las páginas que acogen las dedicatorias o los prólogos.
Hay libros, sin embargo, donde el festín comienza precisamente ahí, en esos preámbulos que parecen acompañamientos obligados y que en las excepciones son indicios de que lo que sigue no puede desmerecer tan magnífica entrada.
Es lo que sucede con Gutenberg 2.0. La revolución de los libros electrónicos que han escrito José Antonio Cordón García, Raquel Gómez Díaz y Julio Alonso Arévalo, recién publicado por la gijonesa Ediciones Trea.
A mayores de la enjundia de las páginas centrales de la obra, exhaustivo estado de la cuestión sobre la mutación del libro tradicional en libro contemporáneo (por enfrentar adjetivos de adecuada semántica), los autores han tenido el ingenio y la habilidad de anteponer una dedicatoria que con buena luz y mejor sorna rompe los cánones del género. Así, más que tributo a los próximos, la página se viste de relato breve donde en sucesivos brindis bienhumorados se resumen actitudes, caracteres y posturas que mucho tienen que ver con la sociología de la lectura o, in extenso, con los profundos cambios que la tecnología está introduciendo en nuestro comportamiento, de tal guisa que en la letanía vemos pasar —apellidados con zumba— a los amantes del vinilo o los integristas de la estafeta de correos, los devotos de la Olivetti o los fundamentalistas de Internet, los ludistas del móvil o las víctimas del low cost, entre otros muchos, tribus analógicas y digitales que conviven en nuestros días, hasta que la próxima generación supere la mayor parte de las paradojas que se encubren y descubren en tan familiar, prolija y original dedicatoria.
No menos moldes (incluso los tipográficos) rompe el prólogo que firma el pionero y maestro digital José Antonio Millán, que alivia la retórica obligada de este tipo de textos, cuyas señas de identidad son el elogio del autor, la ponderación de los méritos del contenido y la incitación a la lectura de las páginas que siguen. Tales viajes, para los que se carga siempre con las mismas alforjas, adquieren en esta ocasión una forma casi poética y de rigor minimalista, puesto que carece hasta de sintaxis y se vuelve nube en la que bailan (tipográficamente cada uno a su son, como corresponde) aquellos términos que componen (o descomponen) el repertorio léxico que cualquier lector introducido en las nuevas tecnologías y el negocio editorial conoce por demás y que forma parte de la jerga con que hoy nos entendemos quienes andamos alrededor del mundo del libro y la lectura; términos que son, como se puede deducir, la síntesis premonitoria de lo que luego nos vamos a encontrar sobradamente analizado en el libro: 110 sustantivos de los que Johannes Gutenberg sólo conoció libro, autor, biblioteca, edición, página, lectura o incluso mercado, pero qué silenciosa contracción de cejas haría hoy si supiera de vocablos como dispositivo, escaneado, soporte, accesibilidad, wiki, blog, RSS o ebook.
En vista de lo cual, viniendo así presentados los aperitivos, me permitirán que del resto del libro ya ni les hable.