domingo, 12 de abril de 2009
En 1846, las hermanas Charlotte, Anne y Emily Brontë publicaron el volumen Curren, Ellis and Acton Bell, en el que reunieron sus versos. Se vendieron dos ejemplares y apenas se le dedicó alguna reseña. Eso era en el mismo año en el que estaban rematando Jane Eyre, Cumbres borrascosas y Agnes Grey, respectivamente. En fin.
miércoles, 1 de abril de 2009
Un editorial de El País del jueves 19 de marzo hablaba de cómo hay sectores que están aguantando bien la crisis, entre ellos el del libro. Aprovechaba las estadísticas del INE para comentar los casi 76.000 títulos aparecidos el año pasado, según esa estadística un 20% más que el año pasado. Aunque las tiradas se habían reducido, como pasa cada año, comentaba que "consta que las cifras se ven engordadas por la aparición de pequeñas editoriales que sacan dos o tres libros al año, y por las publicaciones a mayor gloria de los padres de la patria editadas por los ministerios, diputaciones y otras instituciones públicas". Y decía luego otras cosas. El mismo día, Publico casualmente también dedicaba otro editorial (¡qué día! No te hacen caso nunca y de repente dos tarjetas rojas) comentando "lo que gastan las imprentas del poder", en esta ocasión al hilo de la presencia en los Presupuestos Generales del Estado de la partida que allí está cada año destinada al gasto en publicaciones oficiales: 24,2 millones de euros. Y añade que "ese gasto podría haber sido mayor si la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega no hubiese tomado cartas en el asunto y eliminado la edición de memorias y obras análogas, que mantedrán la consideración de documentos internos. También ha pedido a los subsecretarios y directores generales que se coordinen y eviten las duplicidades de obras".
Supongo que ambos editorialistas terminaron sus faenas y se fueron a casa con el deber cumplido, sin alcanzar a ver más allá de sus narices. No salimos nunca de los tópicos ni en asuntos como éste entramos a realizar verdaderos análisis. Faltó que dijeran que ministerios, diputaciones y demás instituciones no saben distribuir y que los ejemplare se pudren en los almacenes, que los libros que se editan son inútiles y no los lee nadie y que ese dinero mejor se podría haber empleado en [póngase aquí cualquier ocurrencia].
Me cansa defender la edición pública. Me gustaría que alguien alguna vez se detuviera a comprobar un catálogo de esos que denigran y dijeran si los ciudadanos de tal provincia no tiene derecho a tener a su disposición libros sobre su entorno más cercano. O una universidad no diera cauce a la investigación de sus profesores. O una fundación no pusiera en páginas el objeto de su existencia. O los ministerios: hace años que todo eso que dice Público ya se viene haciendo, hay un control riguroso de cada título publicado, de su tirada, de su destino... No sobra ni un ejemplar en sus almacenes. Los ministerios están a a la vanguardia de la reconversión de sus nuevos títulos a formato digital. Un 50% este año ya aparecen exclusivamente en esa nueva modalidad, sin papel.
Tal vez deberían todos, ministerios, diputaciones e instituciones, dejar de publicar de una vez por todas. Ni un solo libro. Seguramente los mismos editorialistas hablarían entonces de la dejadez de los ministerios y demás, de la falta de atención hacia los ciudadanos a los que no les ofrecen la documentación que necesitan.
Claro que siempre los podrían editar, como algunos piden, empreas privadas. Con dinero público, por supuesto.
martes, 24 de marzo de 2009
domingo, 15 de marzo de 2009
Leo en el portal Infolibro que Google Books y la Universidad de Santiago (para qué decir de Compostela, y para qué mencionar a su Servicio de Publicacions) han llegado al consabido acuerdo de digitalización: "Dentro de unos meses sólo se necesitará una pantalla y una línea telefónica para acceder a la mayoría de las publicaciones editadas por la Universidad de Santiago (USC). Sin buscar en estanterías. Sin tener que viajar a Galicia...". No digo más. Basta lo dicho. El Gargantúa no sólo tiene buscador que evita la pesadez de perder el tiempo husmeando por las estanterías (¿de dónde? Mejor no voy a responder), sino también viajador que te evita el fastidioso desplazamiento para conseguir por fin ese libro que jamás hubiera sido localizado ni saldría de los valles de donde el mundo acaba, finisterrae. Gracias, gracias, gracias, muchas gracias Gargantúa.
sábado, 14 de marzo de 2009
El escritor Ricardo Menéndez Salmón ha publicado una novela con el título de El corrector. Ha sido en el año 2009. Me da igual la editorial. El protagonista reflexiona sobre el sentido de la vida desde un supuesto oficio de corrector de pruebas de imprenta. Digo yo que si saben lo que es el decoro, esto es, que por lo menos parezca que es verdad. Si el protagonista finge ser un corrector, qué menos que el libro en el que vive sea un ejemplo de virtud. Ciertamente que no he encontrado las vulgares erratas, tan comunes, pero la dejación de la puesta en página de la obra es un clamor. Ya nadie sabe lo que es una viuda, ni los deberes del corte de línea, ni la secuencia entre comillas y puntos, ni los blancos de respeto correctos o los equilibros en la jerarquía de cuerpos de letra, qué sé yo. Son tan feos los libros ahora. Aunque lleven un corrector dentro.
domingo, 8 de marzo de 2009
Ángel Carril, editor
En la primavera de 2002, Ángel Carril y yo coincidimos más de una mañana en la imprenta en la que ambos estábamos realizando sendos libros. Él preparaba la edición de La palabra, el que habría de ser el último libro de los que editó; yo estaba trabajando en uno sobre la historia de la fotografía en Castilla y León. Desde que nos conocimos, hace casi veinte años, eran frecuentes esos encuentros casuales en las diversas imprentas de Salamanca con las que solíamos trabajar. Cuando sucedía, lo habitual era que nos sentáramos codo con codo, cada cual atendiendo a su propio libro, pero siempre con el rabillo del ojo puesto en el del otro, dispuestos en primera instancia y con buen humor a descubrir la errata o el despiste imperdonable que nos sirviera de pulla amistosa del uno contra el otro. Y el resultado era que acabábamos haciendo los libros a medias, yo los suyos y él los míos, repasando juntos desde el título hasta el colofón, aconsejándonos mutuamente sobre aquello que nos gustaba o no nos gustaba y aceptando casi siempre que el parecer que mutuamente nos dábamos iba por buen camino. A mí me parecía bien lo que él opinaba y solía rectificar en mis libros aquello sobre lo que me advertía. Otro tanto hacía él con mis indicaciones. Fuimos buenos colegas, leales. Pero sobre todo fuimos buenos amigos por culpa, y después por encima, del trabajo editorial.
Cuando yo me hice cargo de las tareas editoriales en el Departamento de Cultura de la Diputación de Salamanca, Ángel ya llevaba algunos años trabajando como director del Centro de Cultura Tradicional, dependiente de la misma institución. No soy quién para analizar ni enjuiciar la vasta tarea realizada por él a lo largo de los veinticinco años en los que vivió con pasión casi exclusivamente para que el Centro que dirigía fuera una entidad de referencia nacional. Su dedicación al trabajo no tenía límites ni horarios. Y su capacidad de seducción y de hacernos partícipes de sus proyectos nos llevaba a sus colegas, colaboradores y amigos a seguirle por los despeñaderos en los que solía abocarse, hasta alcanzar la cumbre del trabajo bien hecho. Dentro de los múltiples campos que desarrolló en su actividad al frente del Centro de Cultura Tradicional, mi colaboración aquí se va a limitar a recordar la que atañe a su labor editorial.
Entre 1985 y 2002 Ángel Carril fue editor de 64 títulos, sin contar las reimpresiones, segundas ediciones y grabaciones musicales realizadas por el CCT. Contándolas, seguramente pasarán del centenar las ediciones que de su mano salieron. A lo largo de los dieciocho años que median entre ambas fechas, esos 64 títulos significan un promedio de una novedad cada trimestre. Aunque él no se interesaba ni hacía uso de esos datos, cada año yo solía llamarle por teléfono cuando el ministerio de Educación y Cultura publicaba la Panorámica de la edición española de libros, el volumen estadístico en el que se refleja el estado de la edición en nuestro país. Desde 1988, en que comenzó a publicarse la Panorámica, año tras año, casi sin interrupción, le daba la noticia de la aparición del CCT entre las 25 editoriales más significativas de España en cuanto a la edición de etnografía, una materia poco cuidada en nuestro país, de la que apenas se publican un par de centenares de títulos cada año. A veces, incluso, el CCT estaba entre los diez primeros de la tabla clasificatoria. En el año 2000, última estadística disponible en el momento de escribir estas líneas, el CCT era la única editorial institucional presente en la tabla clasificatoria, junto con la Comunidad de Madrid y la Junta de Andalucía. Y en todos estos años era la única editorial castellano-leonesa presente, además de Castilla Ediciones.
Entre 1985 y 2002 Ángel Carril fue editor de 64 títulos, sin contar las reimpresiones, segundas ediciones y grabaciones musicales realizadas por el CCT. Contándolas, seguramente pasarán del centenar las ediciones que de su mano salieron. A lo largo de los dieciocho años que median entre ambas fechas, esos 64 títulos significan un promedio de una novedad cada trimestre. Aunque él no se interesaba ni hacía uso de esos datos, cada año yo solía llamarle por teléfono cuando el ministerio de Educación y Cultura publicaba la Panorámica de la edición española de libros, el volumen estadístico en el que se refleja el estado de la edición en nuestro país. Desde 1988, en que comenzó a publicarse la Panorámica, año tras año, casi sin interrupción, le daba la noticia de la aparición del CCT entre las 25 editoriales más significativas de España en cuanto a la edición de etnografía, una materia poco cuidada en nuestro país, de la que apenas se publican un par de centenares de títulos cada año. A veces, incluso, el CCT estaba entre los diez primeros de la tabla clasificatoria. En el año 2000, última estadística disponible en el momento de escribir estas líneas, el CCT era la única editorial institucional presente en la tabla clasificatoria, junto con la Comunidad de Madrid y la Junta de Andalucía. Y en todos estos años era la única editorial castellano-leonesa presente, además de Castilla Ediciones.
El catálogo de las obras editadas por Ángel Carril en el CCT puede dar una cuenta exacta de la importancia de su trabajo editorial en el terreno de la etnografía. Sin lugar a dudas, representa una labor impagable como aportación al conocimiento de la tradición salmantina y castellano-leonesa.
Su línea editorial abarcaba tanto los trabajos de investigación novedosos como la recuperación de obras clásicas de todos los campos de la etnografía (en obras facsímiles o transcritas), ya fuera de autores individuales o colectivos, ya fuera de obras de encargo como de aquellas que llegaban hechas y listas para su edición.
Pero además de la importancia del contenido, que en definitiva era lo que le llevaba a su publicación, por encima de cualquier otra cosa, Ángel era un devoto del libro bien cuidado y bien presentado, también por encima de cualquier otra cosa. En todo lo que concernía a su vida era un esteta. En lo que atañía a su trabajo como editor, ese cuidado estético alcanzaba extremos que a todos los que colaboramos con él nos llegaban a exasperar. Algunos ejemplos pondrán el acento sobre el extremado mimo con que Ángel encaraba no sólo la edición de cualquier libro, sino cualquier aspecto de los proyectos que emprendía.
Elegía cuidadosamente los títulos de las colecciones y de cada uno de los libros. Siendo de discurso y expresión barroca, es fácil imaginar las vueltas y el tiempo que dedicábamos a encontrar los títulos correctos. A veces eran obvios, pero él les daba una vuelta de tuerca buscando la individualización, la personalidad que lo hiciera inconfundible. Hacíamos listas de palabras y sintagmas, buscando el sinónimo del que ya nadie hace uso, pero que recuperaba su valor en la idea de conjunto que toda su obra como etnógrafo representaba. En éste, como en otros aspectos, con los años fue de la simplicidad a la complicación. De las “Páginas de Tradición” con que se inició el catálogo del CCT llegamos, con los años, al juego de palabras (al que tan aficionado era y que tantos ratos de entrañable humor nos deparó) que implicaba la colección “Miletnio”.
Ese cuidado personal de lo más natural de un libro, su título, alcanzaba a todo lo posterior, desde la puesta en página de la obra a la corrección de pruebas, pasando por la elección de tipografía, papel, formato, tipo de cubierta y, sobre todo, la escenografía general con la que el lector se había de encontrar al abrir el libro. Eran famosas (y temidas) sus escenas con el repertorio de colores Pantone, usado universalmente en las imprentas para determinar las tintas de impresión. Los cromatismos eran un dolor que padecimos junto a él con infinita paciencia, sabiendo que por más que nos consultara los bitonos de las ilustraciones el resultado último sería el que él tenía en la cabeza antes de emprender el debate, y que además una vez impreso no le dejaría satisfecho, para colmo. Se hizo popular y luego repetida la escena en la que, en cierta ocasión, solicitó de la imprenta un color que no se correspondía ni con el Pantone 187 ni con el 188, sino un color intermedio inexistente, habida cuenta de que las diferencias secuenciales entre los colores catalogados sin mínimas. Un imposible.
En 1991 el CCT obtuvo el Premio Nacional al Libro Mejor Editado con la obra Cancionero popular de Castilla y León. Por aquel entonces yo trabajaba al servicio de Ángel en el CCT, en un mal momento laboral mío del que supo rescatarme con esa amistad que entregaba a la gente en la que creía y que forma parte del legado más emotivo de mi memoria. Aquel año largo que pasamos juntos nos sirvió a los dos para aprender lo que quizá ambos todavía no sabíamos del oficio de editor y que, por mi parte, todavía no he olvidado. Aquel premio nos llenó no sólo de una alegría infinita, sino de una confianza serena en el trabajo que hacíamos y significaba la validación de una línea de trabajo correcta. En un gesto típicamente suyo, a pesar de ser el alma que había llevado aquel libro al punto que el premio reconocía, delegó en Juan Francisco Blanco y en mí para que fuéramos a recogerlo en Barcelona de manos del Director General del Libro, quedando él en la sombra en aquel momento de gloria.
Aquel libro, hoy desgraciadamente agotado e inencontrable, fue prototípico del hacer editorial de Ángel. En su concepción material y puesta en página fue un libro arriesgado e innovador, artificioso y elegante. Impecable. Frente a la sobriedad que quizá el contenido requería, Ángel me siguió la corriente cuando le sugerí un escandaloso color rosa para la cubierta en papel verjurado. Pasamos una tarde entera, en el taller de composición, maquetando una y otra vez la tipografía del título y los nombres de los distintos autores que habían colaborado en sus páginas. Durante más de cuatro horas condensamos los tipos, los volvimos a negrita, rectificamos las líneas, qué sé yo cuántas vueltas le dimos a un fragmento textual de apenas unas líneas, ensanchando y cerrando la caja hasta la hartura y hasta el visto bueno. El resultado impreso es una de las anécdotas que he contado y contaré toda mi vida. En aquellas cuatro horas visualizamos el texto en Times, en Garamond y en Helvética, en Bodoni y Galliard, en cursiva y en versalitas, lo imprimimos para tocar el aspecto final, pero ni una sola vez, ni él ni yo, contrastamos la cubierta, que es la tapa del libro, con la portada, que es la página en la que vuelven a estar citados el título y los autores. Así que cuando el libro fue impreso y lo repasamos nos dimos cuenta de que en la cubierta, a la que tanto tiempo habíamos dedicado, faltaba uno de los autores, que afortunadamente no se lo tomó a mal. Pero la anécdota fue impagable e inolvidable sobre el amor de Ángel al delicado cuidado de la estética visual, aun a costa, alguna vez, del olvido del nombre del autor.
Por supuesto, como a todo editor que se precie, por más dedicación que pusiera en cada texto que editaba, no dejaron de escapársele las fantásticas erratas que tanto enriquecen los libros y los hacen aun mejores. Durante años nos remitíamos mutuamente erratas gloriosas que encontrábamos en otros libros o en la prensa, porque constituían un deleite del que ambos disfrutábamos. Incluso llegamos a proyectar crear una asociación que se llamaría “Spalmorum Codex”, en honor a la primera errata conocida de la historia, incluida en el colofón del Psalmorum Codex editado por Fust y Schöffer, los discípulos de Gutenberg; Una vez al año nos reuniríamos a cenar un grupo de amigos amantes de los libros y aportaríamos una única errata encontrada en cualquier libro y concederíamos a la mejor de ellas el premio “Gazapo de Oro”, consistente lógicamente (amor a la polisemia y los juegos de palabras) en un dibujo de un conejillo con aspecto de monstruo. Nunca llegamos a ponerlo en marcha. En cierta ocasión hubiera merecido él mismo el premio, siendo yo mismo la propia errata. En un libro del CCT, que no citaré, aparece mi nombre en la bibliografía como autor de un libro titulado Economía salmantina, editado por la Cámara de Comercio e Industria de Salamanca en 1976; no sólo jamás he escrito ese libro, sino que no sé nada de economía y por esa fecha yo era un jovencito que apenas estaba empezando a estudiar Filología. Fue un placer mandarle una nota comunicándole que me había leído el libro –que, como siempre que editaba cualquiera de ellos, tenía la elegancia de enviarme–, incluida la bibliografía, en la que había encontrado la grandiosa errata, aunque nunca sabré si no fue intencionada, venganza de otra errata socarrona que José Luis Crego y yo incluimos con su nombre en otro libro que hicimos juntos en la Diputación, Las Salamancas para viajeros y curiosos. Erratas o bromas, formaban parte esencial de nuestra amistad y de la vigilancia que nos teníamos en todo lo que hacíamos.
Su línea editorial abarcaba tanto los trabajos de investigación novedosos como la recuperación de obras clásicas de todos los campos de la etnografía (en obras facsímiles o transcritas), ya fuera de autores individuales o colectivos, ya fuera de obras de encargo como de aquellas que llegaban hechas y listas para su edición.
Pero además de la importancia del contenido, que en definitiva era lo que le llevaba a su publicación, por encima de cualquier otra cosa, Ángel era un devoto del libro bien cuidado y bien presentado, también por encima de cualquier otra cosa. En todo lo que concernía a su vida era un esteta. En lo que atañía a su trabajo como editor, ese cuidado estético alcanzaba extremos que a todos los que colaboramos con él nos llegaban a exasperar. Algunos ejemplos pondrán el acento sobre el extremado mimo con que Ángel encaraba no sólo la edición de cualquier libro, sino cualquier aspecto de los proyectos que emprendía.
Elegía cuidadosamente los títulos de las colecciones y de cada uno de los libros. Siendo de discurso y expresión barroca, es fácil imaginar las vueltas y el tiempo que dedicábamos a encontrar los títulos correctos. A veces eran obvios, pero él les daba una vuelta de tuerca buscando la individualización, la personalidad que lo hiciera inconfundible. Hacíamos listas de palabras y sintagmas, buscando el sinónimo del que ya nadie hace uso, pero que recuperaba su valor en la idea de conjunto que toda su obra como etnógrafo representaba. En éste, como en otros aspectos, con los años fue de la simplicidad a la complicación. De las “Páginas de Tradición” con que se inició el catálogo del CCT llegamos, con los años, al juego de palabras (al que tan aficionado era y que tantos ratos de entrañable humor nos deparó) que implicaba la colección “Miletnio”.
Ese cuidado personal de lo más natural de un libro, su título, alcanzaba a todo lo posterior, desde la puesta en página de la obra a la corrección de pruebas, pasando por la elección de tipografía, papel, formato, tipo de cubierta y, sobre todo, la escenografía general con la que el lector se había de encontrar al abrir el libro. Eran famosas (y temidas) sus escenas con el repertorio de colores Pantone, usado universalmente en las imprentas para determinar las tintas de impresión. Los cromatismos eran un dolor que padecimos junto a él con infinita paciencia, sabiendo que por más que nos consultara los bitonos de las ilustraciones el resultado último sería el que él tenía en la cabeza antes de emprender el debate, y que además una vez impreso no le dejaría satisfecho, para colmo. Se hizo popular y luego repetida la escena en la que, en cierta ocasión, solicitó de la imprenta un color que no se correspondía ni con el Pantone 187 ni con el 188, sino un color intermedio inexistente, habida cuenta de que las diferencias secuenciales entre los colores catalogados sin mínimas. Un imposible.
En 1991 el CCT obtuvo el Premio Nacional al Libro Mejor Editado con la obra Cancionero popular de Castilla y León. Por aquel entonces yo trabajaba al servicio de Ángel en el CCT, en un mal momento laboral mío del que supo rescatarme con esa amistad que entregaba a la gente en la que creía y que forma parte del legado más emotivo de mi memoria. Aquel año largo que pasamos juntos nos sirvió a los dos para aprender lo que quizá ambos todavía no sabíamos del oficio de editor y que, por mi parte, todavía no he olvidado. Aquel premio nos llenó no sólo de una alegría infinita, sino de una confianza serena en el trabajo que hacíamos y significaba la validación de una línea de trabajo correcta. En un gesto típicamente suyo, a pesar de ser el alma que había llevado aquel libro al punto que el premio reconocía, delegó en Juan Francisco Blanco y en mí para que fuéramos a recogerlo en Barcelona de manos del Director General del Libro, quedando él en la sombra en aquel momento de gloria.
Aquel libro, hoy desgraciadamente agotado e inencontrable, fue prototípico del hacer editorial de Ángel. En su concepción material y puesta en página fue un libro arriesgado e innovador, artificioso y elegante. Impecable. Frente a la sobriedad que quizá el contenido requería, Ángel me siguió la corriente cuando le sugerí un escandaloso color rosa para la cubierta en papel verjurado. Pasamos una tarde entera, en el taller de composición, maquetando una y otra vez la tipografía del título y los nombres de los distintos autores que habían colaborado en sus páginas. Durante más de cuatro horas condensamos los tipos, los volvimos a negrita, rectificamos las líneas, qué sé yo cuántas vueltas le dimos a un fragmento textual de apenas unas líneas, ensanchando y cerrando la caja hasta la hartura y hasta el visto bueno. El resultado impreso es una de las anécdotas que he contado y contaré toda mi vida. En aquellas cuatro horas visualizamos el texto en Times, en Garamond y en Helvética, en Bodoni y Galliard, en cursiva y en versalitas, lo imprimimos para tocar el aspecto final, pero ni una sola vez, ni él ni yo, contrastamos la cubierta, que es la tapa del libro, con la portada, que es la página en la que vuelven a estar citados el título y los autores. Así que cuando el libro fue impreso y lo repasamos nos dimos cuenta de que en la cubierta, a la que tanto tiempo habíamos dedicado, faltaba uno de los autores, que afortunadamente no se lo tomó a mal. Pero la anécdota fue impagable e inolvidable sobre el amor de Ángel al delicado cuidado de la estética visual, aun a costa, alguna vez, del olvido del nombre del autor.
Por supuesto, como a todo editor que se precie, por más dedicación que pusiera en cada texto que editaba, no dejaron de escapársele las fantásticas erratas que tanto enriquecen los libros y los hacen aun mejores. Durante años nos remitíamos mutuamente erratas gloriosas que encontrábamos en otros libros o en la prensa, porque constituían un deleite del que ambos disfrutábamos. Incluso llegamos a proyectar crear una asociación que se llamaría “Spalmorum Codex”, en honor a la primera errata conocida de la historia, incluida en el colofón del Psalmorum Codex editado por Fust y Schöffer, los discípulos de Gutenberg; Una vez al año nos reuniríamos a cenar un grupo de amigos amantes de los libros y aportaríamos una única errata encontrada en cualquier libro y concederíamos a la mejor de ellas el premio “Gazapo de Oro”, consistente lógicamente (amor a la polisemia y los juegos de palabras) en un dibujo de un conejillo con aspecto de monstruo. Nunca llegamos a ponerlo en marcha. En cierta ocasión hubiera merecido él mismo el premio, siendo yo mismo la propia errata. En un libro del CCT, que no citaré, aparece mi nombre en la bibliografía como autor de un libro titulado Economía salmantina, editado por la Cámara de Comercio e Industria de Salamanca en 1976; no sólo jamás he escrito ese libro, sino que no sé nada de economía y por esa fecha yo era un jovencito que apenas estaba empezando a estudiar Filología. Fue un placer mandarle una nota comunicándole que me había leído el libro –que, como siempre que editaba cualquiera de ellos, tenía la elegancia de enviarme–, incluida la bibliografía, en la que había encontrado la grandiosa errata, aunque nunca sabré si no fue intencionada, venganza de otra errata socarrona que José Luis Crego y yo incluimos con su nombre en otro libro que hicimos juntos en la Diputación, Las Salamancas para viajeros y curiosos. Erratas o bromas, formaban parte esencial de nuestra amistad y de la vigilancia que nos teníamos en todo lo que hacíamos.
Ángel y yo recuperamos a principios de los noventa la extinta tradición de incluir un colofón en los libros. Era algo que para entonces ya había perdido el valor notarial y legal que antaño tuvieron, pero nos pareció que reconvertidos en una suerte de aportación personal del editor enriquecían el libro con una coda que servía como elogio de un detalle, recordatorio de un trabajo penado y finalizado, vivificación del santoral en homenaje a amigos y colegas y vaya usted a saber qué circunstancia. Aquello que empezó como una pequeña diversión acabó convirtiéndose en un entretenimiento mayúsculo. Los colofones de Ángel eran tremendos, auténticas obras de arte, desde la elección de la viñeta hasta el retorcimiento del texto, la elección jocosa del santo al que se encomendaba el libro o la disposición arquitectónica del texto. Todo un alarde de dedicación en un momento en el que uno lo único de lo que tiene ganas ya es de que el libro salga a la calle, después de largos meses enfrascados en él. Recomiendo, a quien tenga ganas y acceso a los libros, la lectura de los colofones de Ángel. Forman por sí mismos una colección de textos digna de que alguna vez conformen una antología. Muchas veces los hicimos juntos, desafiándonos a ver quién de los dos urdía el más complejo y divertido. A espaldas mías redactó en cierta ocasión uno para un libro, ajeno al CCT, en el que me mandaba palabras de aliento en un momento en que yo estaba alejado del mundanal ruido por motivos de salud. Fue una muestra más de su siempre atenta amistad.
El tiempo que dedicaba a la edición de cada libro sobrepasaba el que la paciencia de autores, colaboradores e impresores podíamos admitir. Nunca daba por bueno ninguno de los procesos habituales hasta no haberlo visto y comprobado en varias formas distintas, haciendo buena la frase del exquisito editor italiano Franco Maria Ricci de que mover un filete tipográfico arriba o abajo es arte. Trabajamos juntos por última vez en el libro La huella que somos. Cierto día quedamos, a última hora de la tarde, en el estudio del diseñador gráfico Daniel Pérez, para hacer las primeras pruebas de maqueta del libro. Ángel nos llamó para comunicarnos que se retrasaría, pero que fuéramos trabajando. Le propuse a Daniel, y así lo hicimos, que maquetara de cualquier manera, sabedor de que, hiciéramos lo que hiciéramos, cuando llegara Ángel lo pondría todo patas arriba y habría que volver a comenzar, así que no valía la pena perder el tiempo. Y así ocurrió. Cuando llegó no dejó títere con cabeza. Sólo comenzaba a tomarse en serio un libro después de varias pruebas e infinitas dudas. Pero el resultado, ahí están sus 64 libros, es digno de lo que sin duda Ángel es ya: uno de los mejores editores que ha tenido Salamanca, ejemplo en el que nos hemos fijado quienes seguimos dando tumbos por el mundo y de quienes mañana quieran ser editores en estos aledaños.
En una ocasión en la que se quejaba del mucho trabajo que nos deparaban los libros que teníamos entre manos, en aquel tiempo en que trabajé a su lado en el CCT, no pude por menos que traerle y enseñarle la entrevista que en una revista le habían realizado a Esther Tusquets, escritora y sobre todo editora durante tantos años en la inolvidable editorial Lumen que tan buenos libros nos dejó. En aquella entrevista, la editora española de Umberto Eco confesaba que su sueño sería poder editar media docena de libros al año y dedicarles todo el tiempo del mundo. Con la fotocopia en la mano y aire socarrón, le dije a Ángel: “Mira, el sueño de la Tusquets es hacer lo que nosotros tenemos el privilegio de hacer”. Efectivamente, tuve el privilegio de trabajar en media docena de libros al año junto a Ángel, lo que cualquier editor y no sólo la Tusquets desearía, sin los agobios de la fecha fija y el mercado, deleitándome en los denodados esfuerzos de Ángel por que cada detalle de cada página fuera un placer de lectura y estética, términos a veces imposibles de conjuntar en el mismo espacio físico de la página, pero que a base de paciencia y esfuerzo acababan encontrando cada cual su sitio, el uno al lado del otro.
Ahora, al cabo de la ausencia, a la vuelta de los años, sumido en la reflexión del tiempo cerrado, evoco los hartazgos de sabiduría que Ángel me dio, en aquellos momentos de aprendizaje en que él y yo, que veníamos al mundo de la edición sin formación alguna, tanteábamos el sueño intangible que es un libro hasta que la ofset lo ponía en nuestras manos. Y el sueño que Ángel me había contado resultaba ser, por el arte de la magia de los colores y las letras de la imprenta, la belleza en papel. Guardo los libros que editó como el legado de quienes, recordando la canción de Aute, rozaron por un instante la belleza. La que Ángel puso en cada libro. La del maestro editor que la fortuna me deparó, además, como amigo.
[Publicado en Deximos la puerta avierta... Ángel Carril, in memoriam, Salamanca: Diputación de Salamanca, Universidad de Valladolid, Instituto Interuniversitario de Estudios de Iberoamérica y Portugal & Junta de Castilla y León, 2003, pp. 93-103]
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