domingo, 19 de julio de 2009

¿Podré, dentro de veinte años, encontrar casualmente una entrada de cine olvidada entre las páginas de un ebook?
¿Podré dejar un ebook sobre la arena de la playa, boca abajo y abierto por su mitad, junto a la toalla y las sandalias, mientras me doy un paseíto por la orilla, aunque se me llene de granitos de arena llevados por el viento que retiraré luego simplemente soplando y quedará como nuevo?

martes, 14 de julio de 2009

He hecho limpieza de papeles de encima de la mesa. Durante el invierno largo, se van acumulando a la espera del día en que darán algún fruto; llegados los asuetos veraniegos, se van por el sumidero de una tarde aciaga en la que uno se pregunta qué pretende.
He ido recortando, imprimiendo, guardando noticias, reportajes, datos que creía preciosos para tomar opinión sobre la larga batalla que romanos defensores del Imperio y bárbaros que aguardan el botín de su empuje en las fronteras han ido desgranando desde quizá diciembre: el combate final, parece. Es tan abrumador el vocerío que he decidido prescindir de él. He bajado el interruptor de off. Que se deshollen. Ganarán los bárbaros, no me cabe duda, porque la novedad siempre se disfraza de modernidad, pero en el incendio arderán también los templos que luego añoraremos.
Me compré mi primer libro electrónico en la red. Fue fácil. Llegó rápido. No tuve ni que salir de casa. Luego, cuando quise leerlo, no me quedó más remedio que ir imprimirlo e ir a una fotocopistería a que me lo encuadernaran a lo pobre, con espiral y tapa de plástico transparente, para poder leer el título en la primera página, donde ni siquiera viene el nombre del autor ni la editorial que lo ha puesto a la venta (no diré por un acaso que lo ha editado: eso es tarea mayor). No había otra si quería leerlo. Un centenar de páginas en la pantalla asusta.
Luego lo he puesto en un estante donde tengo otros textos igual de precarios, todos con ese lomo de espiral que hace indistinguible uno de otro, de tal guisa que hay que andar extrayéndolos de la balda para acertar con el que buscaba, libros expósitos, libros desharrapados, libros a medio hacer.
La única diferencia notable, al cabo, entre un libro romano y uno bárbaro es la encuadernación.
Tanta batalla sorda al final queda en el cambio de la corbata por los abalorios de mercadillo hippie. Pues vaya.

domingo, 14 de junio de 2009

Termina la Feria del Libro del Retiro en la que han prohibido la presencia del libro electrónico. Qué pesadez. Desde los bordes de las navidades pasadas, no hay día en que no me encuentre en algún periódico una noticia, columna, reportaje o suceso que verse sobre la inminente llegada triunfal del libro electrónico. Qué empeño. Bien decía ayer el editorial de un periódico que no hay periodista de la sccción de Cultura que no se vea obligado a colocar su reportaje sobre la revolución inminente. El editorialista aplaude la prohibición de la feria del Retiro de que el libro electrónico estuviera presente. Por fin una voz sensata que habla de los excesos de la modernidad por la modernidad: es cool hablar del libro electrónico, glosar sus ventajas, su inevitabilidad... En general, detrás de quien lo suele decir, sólo veo la necesidad de marcar su propia visibilidad en la masa del oficio, marcar un territorio del que se sienten descubridores y, por lo tanto, adelantados para su conquista y explotación. Qué pesadez. Qué aburrimiento. Hay una frase en el nuevo libro del colombiano William Ospina, El pais de la canela, acerca de aquellos que fueron al Nuevo Mundo pensando en hallar un país sembrado por completo de la codiciada especia y el cataclismo que provocaron: "Lo que destruimos era más bello que lo que buscábamos".
Mientras leía absorto, se me cayó la ceniza del cigarro que fumaba. El gesto institivo fue el de siempre, el de toda la vida haciendo lo mismo cada vez que el accidente se producía: emplear el dorso de la mano de forma inútil para intentar que la página no arda (leo con los ojos a los muertos y, además, les echo ceniza, ni siquiera pavesas esperanzadoras de una llama), qué absurdo instinto, con lo que dejo un rastro grisáceo que desemboca en la hoz donde se hunden las páginas enfrentadas, ese limbo oscuro que atrapa cenizas, migas de pan, insectos minúsculos, granos de arena y polvo de pétalos de rosas que una vez marcaron un esplendor de lectura. Y ahí yacerán quién sabe si hasta el fin de los tiempos, o al menos hasta el fin de los libros.
Todo esto que comento es efímero. No tardando, los libros tendrán una única página de cristal líquido y habrán prohibido definitivamente el tabaco. No habrá pozo de cenizas en el lomo.
El dinero público en la edición es bueno o malo según quién lo use. Si lo usa la propia Adminstración, es malo. Si sirve para financiar títulos de sellos privados, en bueno. Pongamos el ejemplo del reportaje que se publica en una revista cultural sobre el estado en que se encuentra la poesía y la edición de la poesía en estos momentos. Los entrevistados son poetas y editores, que responden a un cuestionario. Algún editor, al respecto de si hay o no hay excesivos premios de poesía en este país, opina que "no importa si se publian más libros, o no, y si hay editoriales que se mantienen a expensas de los premios o de las ayudas que reciben". Vaya, vaya. Otro editor, sobre lo mismo, dice que "es verdad que gracias a ellos [los premios] las editoriales obtienen ingresos que les permiten su labor cultural y que gracias a ellos se publican muchos libros que, si no, no verían la luz". Vaya, vaya. Toda la vida quienes defendemos la edición pública llevamos justificando su función bajo el axioma del patrimonio bibliográfico cultural (eso de que si no, no se publicarían...) y ahora es la razón de ser de determinadas circuntancias en las que el dinero público hace lo mismo, pero en manos privadas. Otra editora reincide: "Algunos premios sirven para que el autor/a pueda ver su libro publicado. Pero hay ciertas editoriales que, como medio de supervivencia fácil, intevienen en muchos de los premios convocados por Comunidades, Ayuntamientos e Instituciones culturales, asegurándose la publicación de los libros premiados. Esto puede dar lugar a lamentables irregularidades". Vaya, vaya. Doy por hecho que las lamentables irregularidades son de orden literario, por supuesto, y no económico.
Leo que de las tres Moiras de la mitología griega (su equivalente en Roma fueron las Parcas), la llamada Cloto era "la que hila", la que trenza el hilo del destino; Láquesis era "la que asigna el destino", la que medía la longitud del hilo; y Átropos era "la inflexible", la que daba el último tijeretazo la hilo. No está mal la función de Átropos como metáfora del oficio de corrector: corta todo aquello que afearía la memoria de un texto, aun cuando el texto sea mortal y, muchas veces, intrínsecamente feo por sí mismo.