Termina la Feria del Libro del Retiro en la que han prohibido la presencia del libro electrónico. Qué pesadez. Desde los bordes de las navidades pasadas, no hay día en que no me encuentre en algún periódico una noticia, columna, reportaje o suceso que verse sobre la inminente llegada triunfal del libro electrónico. Qué empeño. Bien decía ayer el editorial de un periódico que no hay periodista de la sccción de Cultura que no se vea obligado a colocar su reportaje sobre la revolución inminente. El editorialista aplaude la prohibición de la feria del Retiro de que el libro electrónico estuviera presente. Por fin una voz sensata que habla de los excesos de la modernidad por la modernidad: es cool hablar del libro electrónico, glosar sus ventajas, su inevitabilidad... En general, detrás de quien lo suele decir, sólo veo la necesidad de marcar su propia visibilidad en la masa del oficio, marcar un territorio del que se sienten descubridores y, por lo tanto, adelantados para su conquista y explotación. Qué pesadez. Qué aburrimiento. Hay una frase en el nuevo libro del colombiano William Ospina, El pais de la canela, acerca de aquellos que fueron al Nuevo Mundo pensando en hallar un país sembrado por completo de la codiciada especia y el cataclismo que provocaron: "Lo que destruimos era más bello que lo que buscábamos".
domingo, 14 de junio de 2009
Mientras leía absorto, se me cayó la ceniza del cigarro que fumaba. El gesto institivo fue el de siempre, el de toda la vida haciendo lo mismo cada vez que el accidente se producía: emplear el dorso de la mano de forma inútil para intentar que la página no arda (leo con los ojos a los muertos y, además, les echo ceniza, ni siquiera pavesas esperanzadoras de una llama), qué absurdo instinto, con lo que dejo un rastro grisáceo que desemboca en la hoz donde se hunden las páginas enfrentadas, ese limbo oscuro que atrapa cenizas, migas de pan, insectos minúsculos, granos de arena y polvo de pétalos de rosas que una vez marcaron un esplendor de lectura. Y ahí yacerán quién sabe si hasta el fin de los tiempos, o al menos hasta el fin de los libros.
Todo esto que comento es efímero. No tardando, los libros tendrán una única página de cristal líquido y habrán prohibido definitivamente el tabaco. No habrá pozo de cenizas en el lomo.
El dinero público en la edición es bueno o malo según quién lo use. Si lo usa la propia Adminstración, es malo. Si sirve para financiar títulos de sellos privados, en bueno. Pongamos el ejemplo del reportaje que se publica en una revista cultural sobre el estado en que se encuentra la poesía y la edición de la poesía en estos momentos. Los entrevistados son poetas y editores, que responden a un cuestionario. Algún editor, al respecto de si hay o no hay excesivos premios de poesía en este país, opina que "no importa si se publian más libros, o no, y si hay editoriales que se mantienen a expensas de los premios o de las ayudas que reciben". Vaya, vaya. Otro editor, sobre lo mismo, dice que "es verdad que gracias a ellos [los premios] las editoriales obtienen ingresos que les permiten su labor cultural y que gracias a ellos se publican muchos libros que, si no, no verían la luz". Vaya, vaya. Toda la vida quienes defendemos la edición pública llevamos justificando su función bajo el axioma del patrimonio bibliográfico cultural (eso de que si no, no se publicarían...) y ahora es la razón de ser de determinadas circuntancias en las que el dinero público hace lo mismo, pero en manos privadas. Otra editora reincide: "Algunos premios sirven para que el autor/a pueda ver su libro publicado. Pero hay ciertas editoriales que, como medio de supervivencia fácil, intevienen en muchos de los premios convocados por Comunidades, Ayuntamientos e Instituciones culturales, asegurándose la publicación de los libros premiados. Esto puede dar lugar a lamentables irregularidades". Vaya, vaya. Doy por hecho que las lamentables irregularidades son de orden literario, por supuesto, y no económico.
Leo que de las tres Moiras de la mitología griega (su equivalente en Roma fueron las Parcas), la llamada Cloto era "la que hila", la que trenza el hilo del destino; Láquesis era "la que asigna el destino", la que medía la longitud del hilo; y Átropos era "la inflexible", la que daba el último tijeretazo la hilo. No está mal la función de Átropos como metáfora del oficio de corrector: corta todo aquello que afearía la memoria de un texto, aun cuando el texto sea mortal y, muchas veces, intrínsecamente feo por sí mismo.
jueves, 28 de mayo de 2009
El Instituto de Análisis Industrial y Financiero de la Universidad Complutense de Madrid ha hecho el enésimo estudio sobre la universidad española, estableciendo una clasificación entre ellas en función de los dos clásicos parámetros: docencia e investigación. La mía, la de Salamanca, obtiene un meritísimo sexto puesto general entre las 69 que al parecer existen en el país, incluidas las privadas; es la segunda en docencia, y sin embargo se queda en una del montón en investigación. Ninguna está entre las 100 mejores del mundo.
El comentario, en todo caso, no lo traigo por estas particularidades genéricas sobre las condiciones de la universidad española, sino por el llamativo dato de que entre las varias opiniones que un periódico recaba al respecto está la de Carmen Pérez, profesora de Economía Aplicada en la Universidad Autónoma de Madrid, quien echa en falta en un tercer aspecto en el estudio: "Las universidades también sirven para transferir conocimiento y eso debería tenerse en cuenta aunque es difícil de evaluar".
Con perdón, llevo 20 años reclamando la misma atención para ese tercer factor: el paso de lo que hacemos en la universidad a la sociedad. Es cierto que se hace desde diversos canales. Uno de ellos es el editorial. Monografías, tesis doctorales, actas, revistas, manuales. Un comino le importa a los gestores universitarios el valor académico, social y moral del trabajo y la función editorial de la universidad española. Se nos llena la boca con la calidad y la excelencia. Y con la mitad de las cosas que tenemos no sabemos ni qué es lo que tenemos que hacer.
lunes, 25 de mayo de 2009
Cae en mis manos el catálogo más reciente de una universidad privada y, por lo tanto, pequeña (por ahora). En el texto de presentación, leo un párrafo inquietante: "En la sociedad del conocimiento, las universidades cuentan con gran diversidad de cauces para canalizar la producción intelectual de sus profesores e investigadores. Entre ellos, el libro continúa ocupando un lugar central para hacer asequible los resultados del trabajo académico a un público amplio".
El subrayado es mío, por supuesto, producto de esa inquietud. ¿Qué alcance subjetivo tiene que el redactor emplace el afecto al libro con la sombra de la duda sobre su valor futuro: continúa ocupando? Parece como si todo el mundo estuviera expectante ante una inminente muerte y pugnan por ser el heraldo de la derrota y muerte del viejo león...
domingo, 10 de mayo de 2009
En el folleto de acompañamiento de un disco compacto de música coral que me regala mi madre descubro que los textos en latín están acentuados. No puedo evitar fijarme siempre más en los desaciertos que en los aciertos. Sin embargo, en este caso no era desacierto, sino supina ignorancia mía, que todavía mancha lo que toca. Al final del folleto, previsor, el redactor avisa de que "los textos latinos aparecen con tildes, conforme al uso de los libros litúrgicos para canto". Nunca se acaba de aprender. La desconfianza es un instrumento imprescindible del corrector, y la humildad de que casi todo se ignora también.
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