martes, 25 de mayo de 2010

Periódico para dos

Esta mañana fuimos a una consulta en el hospital. La espera iba siendo larga, así que mi mujer acabó robándome las páginas centrales del periódico que había comprado y con cuya lectura mataba el tedioso tiempo de espera. Así que medio periódico para ella y medio para mí.

No habrá forma de dejarle medio aparato lector, libro electrónico, tableta o como quiera que se acabe llamando, cuando el periódico de papel sea una exquisitez minoritaria y se sustituya por la lectura digital. O ella o yo.

martes, 11 de mayo de 2010

Juan Antonio Hernández, Hergar
La última novela del escritor catalán Enrique Vila-Matas, Dublinesca, aparecida hace un par de meses, narra los desasosiegos de un editor en el borde de su jubilación, sus dudas sobre los aciertos y flaquezas de lo que fue su catálogo, el despropósito económico de algunas de sus apuestas literarias, la complacencia de los hallazgos y la insatisfacción de no haber descubierto, después de toda una vida profesional, ni una sola obra maestra, ni un autor universal y mítico. La reflexión abierta a lo largo de tantas páginas por el protagonista, como una confesión de ida y vuelta, lleva en paralelo en la acción de la novela un segundo argumento de no menos enjundia: junto con una corrobla de letraheridos insobornables, adictos a la literatura y sus mitos, decide montar una parranda que les conduce al Bloomsday que se celebra en Dublin cada año el día 16 de junio. Los iniciados como ellos saben que ese es el día en el que transcurre toda la novela Ulysses de James Joyce, mito narrativo para escogidos, novela tan famosa como imposible de leer, o de entender, y en esa jornada la gente va y viene recorriendo los escenarios y reviviendo los pasajes de la obra. En fin, en cualquier caso, bajo la excusa joyciana, que no es poca, lo que en realidad quiere el protagonista de la novela de Vila-Matas es celebrar un funeral por la Era Gutenberg, simbolizar con una farra en los pubs más concurridos y ruidosos de Dublín el adiós a la imprenta, levantar una pinta y ofrendar una plegaria por el fin de un tiempo y de una forma de entender la cultura que agota en nuestros días sus últimos esplendores.

No pude por menos que evocar, como lo hago ahora, la lectura reciente de esa novela, aguja de navegar para quienes nos dedicamos a los oficios la letra impresa, cuando el mismísimo Día del Libro y por la espalda, sobre la barra del Novelty, bajo el palmeo amistoso hundía el puñal de su fuga el amigo, colega en armas y viejo compañero de horas a pie de máquina Juan Antonio Hernández: dice que se jubila, pero me consta que no tiene ni de lejos edad para ello y que en realidad es una treta de su sabiduría, ancha y franca, para poner distancia ante la que se nos viene encima a los que, imprudentes, seguimos creyendo que las nintendos jamás podrán con las minervas. Llevan años los agoreros anunciando tabletas y descargas, truenos y centellas digitales que van a dejar al libro en entelequia, y justo cuando caen las primeras gotas Juan Antonio ha dicho hasta aquí hemos llegado, vuelvo la contratapa y paso a mejor vida, en el más sano sentido de la expresión. Todavía no he decidido si es el más cobarde o el más valiente, pero me gustaría estar en su pellejo.
Nos conocimos ambos con más pelo pero con menos libros a nuestras espaldas, vaya lo uno por lo otro al cabo de estos veinticinco años en los que hemos manchado mucho papel y él supo hacerlo mucho mejor que yo, porque puso tienda propia mientras que yo disparaba con pólvora del rey. Juan Antonio Hernández, que tanto sabe de fútbol, aprendió a jugar en distintas posiciones, ora con la camiseta del impresor, ora con la del editor. Tiemblen los mercados, siquiera sean los libreros, porque anuncia ora podría ponerse la camiseta del autor, que es la que le falta en el currículo ya reventado por las costuras. Tiempo para ello va a tener, y recuerdos le sobran, porque viene de la vieja estirpe cervantina (entiéndase bien, de la escuela que fue en Salamanca la pródiga imprenta Cervantes) y deja la nave en perfectas condiciones y en pleno vuelo, do quiera que vaya.
He leído en la prensa las entrevistas y leído los anuncios que avisan de que también Miguel Ríos ha puesto la mano en la trapa para echar el cierre, después de toda una vida de carretera y manta. Pero antes de irse, ha decidido montar una juerga con todos sus fieles y dar la vuelta a España de aquí a fin de año. No podría por menos el maestro Hergar que, si no dar la vuelta a España de coso en coso, o de estadio en estadio, al menos tomar ejemplo del protagonista de la novela de Vila-Matas y, en plan doméstico, porque tampoco hay que irse al extranjero para estas cosas, se montara un aquelarre con los colegas y amigos junto a la estatua de don Antonio de Nebrija en el paseo de Balmes, que para otros fue gramático pero que para Juan Antonio y para mí fue un santo varón que trajo (antes que otras armas de liquidar bárbaros) la imprenta a Salamanca, de la que hasta la fecha hemos comido él y yo. Si de aquí en adelante nos quedamos más lázaros que nebrijas, que al menos se recuerde en la ciudad que el día de la jubilación de Juan Antonio Hernández la galaxia Gutenberg brilló más que nunca, rió lo suyo y brindó por aquellos buenos tiempos de las imprentas.
(Publicado en Tribuna de Salamanca, 9 de mayo de 2010)

domingo, 25 de abril de 2010

Libros expósitos

Entré en un prodigioso blog dedicado a la literatura gótica y me descargé El castillo de los Cárpatos de Julio Verne, que no había leído. Ahora, unos días después, intento leerlo. Lo imprimí, claro, porque en pantalla me hubiese dejado la salud. Ocupa 87 folios A4. Los tipos son de cuerpo 10. El formato folio es incómodo para la costumbre de leer novelas, pero sea. Descubro, cuando lo hojeo, que el texto no tiene cabeceras para hacerme una idea de qué capítulo estoy. Pero peor es que no tiene paginación. Si el taco de folios se me cayera de las manos, adios novela, se volvería un rompecabezas sin sentido. Debería encuadernarlo. Para ello me compré una encuadernadora de canutillo hace tiempo. Antes, echo una ojeada al texto. Me derrumbo. El texto no está compuesto, como se ha hecho siempre en las artes gráficas, sino digitalizado a partir de alguna edición ya existente. ¿De cuál? ¿Quién fue el investigador literario que con su nombre en la página de créditos o en la introducción se responsabilizó de que ese texto de Verne es fidedigno, es correcto, es auténtico? ¿Quién me garantiza que no le faltan o le sobran cosas a ese texto? ¿Cuál fue el sello que avaló esa edición? A las primeras de cambio compruebo que la versión digital que leo se ha obtenido mediante un programa de reconocimiento de caracteres, un OCR. Peligro y desánimo. A la cuarta página dejo de leer. La cantidad de erratas, faltas, fallos, incongruencias, disparates y sinsentidos es tal que la lectura se vuelve ofensa. Me rindo. Tengo entre las manos un libro fallido: no tiene cubiertas, no sé quién lo ha editado, quién lo ha transcrito, quién lo avala (bueno, un blog...), no tiene marcas de edición como la paginación, el índice, esas cosas que siempre han hecho los antiguos editores, me lo he tenido que imprimir por mi cuenta, carece de encuadernación salvo que yo se la haga, si lo hago y lo pongo en una estantería se juntará con otros que yacen en esa balda donde no sé quién es quién, porque por el lomo de espiral todos los gatos son pardos... Y también he tenido entre las manos una lectura fallida: el texto es una burla apresurada que pretende hacerse pasar por una creación de Julio Verne.
Como consuelo, estaba a punto de decir que por lo menos, dentro del fracaso, la pretensíón de leer me ha salido gratis, pero me doy cuenta de que no, nada más lejos: una compañía telefónica me ha cobrado mientras buscaba en la red el texto, he gastado una pila de papel que puse de mi bolsillo, y unos centímetros de tinta de impresora casera, y por los pelos de la prudencia no lo encuaderné con mi canutillo y mis guardas de cartón y acetato, para asearlo un poco. No sé, lo mismo tres o cuatro euros me he dejado, más el tiempo perdido y las molestias, que puedo valorar para no ofenderme a mí mismo en por lo menos otro euro.
Hay varias ediciones de bolsillo en el mercado que rondan ese precio. Y son decentes, limpias y tienen padre reconocido.

martes, 6 de abril de 2010

Dedicatoria

El maestro Francisco Sánchez de las Brozas, conocido como El Brocense, catedrático de prima de Retórica y profesor de griego, le deseaba “gozo y bienestar” a la “ínclita Universidad de Salamanca” cuando le dedicaba su Minerva (1587), obra cumbre de cuantas escribió. La entrada no tiene desperdicio: “¿Cómo podría, madre Universidad, la más brillante de las que son y de la que fueron, librarme de la acusación de ingratitud, si yo, alimentado y educado en tus aulas y equipado durante cuarenta años en tus artes y en tus enseñanzas, no te ofrezco una recompensa por tus alimentos? Pero, ¿qué premio puedo pagar a tan gran madre nutricia? Sin duda pequeño, si es que quiero ofrecer un don digno de tan gran majestad. De todas formas, ofrezco de buen grado lo que puedo. Lo que sí es cierto —y en esto no me engaño— es que ofrezco algo, más importante y más necesario que lo cual ningún otro ofreció nunca”.

Quitado el punto de arrogancia de considerarse el más generoso de cuantos hasta entonces habían contribuido a hacer del Alma Mater lo que era, y no era poco en sus días, la entregada declaración de amor filial, exultante y arrobada, no deja de evocarme la comparación con las dedicatorias de los varios cientos de libros académicos que en los últimos 25 años he tenido la oportunidad de revisar antes de que pasaran a las otras minervas, las de imprimir. No parecen nuestros tiempos propicios a la retorica amatoria puesta por escrito y a los pies de la madre que nos da de comer, como decía el gramático; a lo más, un agradecimiento escueto entre los muchos que los autores hoy se ven obligados a reconocer en la página al uso.

Participo con frecuencia, seguramente como todos, en endogámicas conversaciones en las que el bisturí saja la lealtad, la responsabilidad, los valores institucionales que esperamos de esta vetusta academia, en la creencia de que todos damos mucho más de lo que recibimos, pero no soy el único que concluye que, muy al contrario, es la parquedad de gestos generosos la que nos acompaña a casi todos, y no sólo en las dedicatorias de los libros.

En el encabezamiento de sus palabras, El Brocense llamaba a la Universidad de Salamanca “madre cariñosa”. A los tataranietos de hoy nos contaría un potosí referirnos en esos términos a la que consideramos, en muchas ocasiones y por desgracia, una empresa.

lunes, 7 de diciembre de 2009

¿Tendrá los mismos efectos sanadores la poesía cuando venga envasada en libro electrónico?

domingo, 29 de noviembre de 2009

Antología invisible

Desde 1992 dos señaladas instituciones públicas, la Universidad de Salamanca y Patrimonio Nacional, conceden al unísono el que pasa por ser el gran premio poético del habla hispánica: el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. Entre otros hechos, el premio lleva implícita la publicación, bajo el sello de las dos instituciones, de una antología con los mejores versos del poeta galardonado cada año. Los libros se publican en la colección "Biblioteca de América" que abrimos en la editorial universitaria expresamente (aunque no únicamente) para dar acogida a ese canon de poesía en castellano (y también en portugués). He editado muchos de sus volúmenes. Con asiduidad, los derechos de autor estaban en explotación en España en otra editorial, que gentilmente nos cedía la posibilidad de dar luz a esa antología. La aventura, después de 18 años, está llena llena de anécdotas, que dejo para otra ocasión. En algún momento, como ocurrió con Maqroll el Gaviero de Álvaro Mutis, llegó a ser la única edición presente en el mercado, sin coincidir con otras, pero también ha ocurrido que al tiempo que aparecía en el mercado nuestra antología también lo hacía alguna otra, del mismo autor, en esta o en aquella editorial, cuando no era un libro completamente nuevo. Nunca, sin embargo, ninguna de las (magníficas, muchas veces mejores que las de las editoriales comerciales) antologías publicadas en dos décadas ha conseguido imponerse en el mercado. Salvo señaladas excepciones, son libros que no existen para la crítica, para los libreros ni para el público. Transparentes. Acaba de volver a suceder. Se le concede el premio al mejicano José Emilio Pacheco, ya septuagenario y consagrado; en las vísperas de la fecha de la entrega del premio, se repiten las entrevistas con el poeta en la prensa nacional y se alude a la aparición al mismo tiempo de una antología, Contraelegía, otra vez magnífica, que por las fechas está en las librerías. Dos semenas después de esa atención mediática, de la aparición televisiva del acto de entrega, las listas de los libros más vendidos de "El Cultural" y "ABCD las Artes y las Letras" encumbran a Pacheco, sí, pero con un nuevo libro suyo publicado en Visor, con una coincidencia agradecida. Ni rastro de Contralegía.
Siempre he afirmado que el mercado de los libros se regula por sí mismo, sin necesidad de intervención de legisladores: acepta y expulsa por connivencia. Un buen libro, si está hecho por una editorial institucional, lleva en el frontispicio la mácula del desprestigio a priori y carece de opciones de éxito lector. Véase el caso. Lo siento por el público.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Trasiego con libro en mano

Con el periódico, vendían (por sólo un euro) un libro con media docena de cuentos de E. A. Poe, en la traducción conocida de Julio Cortázar, con una presentación muy digna, un librito cómodo con tipografía clara y abierta, papel albísimo y cubierta en cuatricromía. He andado dos días con el ejemplar en la mano, de acá para allá en mis ocupaciones, para leer algún cuento o alguna parrafada en los tiempos muertos. De siempre me ha gustado llevar un libro conmigo, mayor o menor, de un tema u otro, como un amuleto contra los repentinos aburrimientos de las colas o las esperas. En la mano, en el bolsillo del abrigo, en la mochilita, en el asiento trasero del coche. Un simple párrafo, unos versos, una imagen pueden ser un alivio no sabes cuándo. Recuerdo qué libros llevaba conmigo en algunas circunstancias, como recordaré a Poe dentro de algún tiempo mientras su lectura me acompañaba en ese restaurante en el que comí ayer a solas con él. Un ejemplar singular, con rostro, con unos colores concretos. No será igual cuando se estandarice el portalibros y llevemos en un cacharro 200 títulos al mismo tiempo, una biblioteca entera: no leeremos nada, no recordaremos nada, no distinguiremos nada, no tendremos intimidad ni complicidad. La portabilidad sin duda será la misma, pero la singularidad no. Con el librito de Poe he tenido durante dos días un rendez-vous; cuando lo descargue de la red y lo meta en el portalibros, será uno más en la bacanal del consumo y la exaltación de las cantidades, pero carecerá de la virtud del amor a primera vista.