jueves, 28 de mayo de 2009

El Instituto de Análisis Industrial y Financiero de la Universidad Complutense de Madrid ha hecho el enésimo estudio sobre la universidad española, estableciendo una clasificación entre ellas en función de los dos clásicos parámetros: docencia e investigación. La mía, la de Salamanca, obtiene un meritísimo sexto puesto general entre las 69 que al parecer existen en el país, incluidas las privadas; es la segunda en docencia, y sin embargo se queda en una del montón en investigación. Ninguna está entre las 100 mejores del mundo.
El comentario, en todo caso, no lo traigo por estas particularidades genéricas sobre las condiciones de la universidad española, sino por el llamativo dato de que entre las varias opiniones que un periódico recaba al respecto está la de Carmen Pérez, profesora de Economía Aplicada en la Universidad Autónoma de Madrid, quien echa en falta en un tercer aspecto en el estudio: "Las universidades también sirven para transferir conocimiento y eso debería tenerse en cuenta aunque es difícil de evaluar".
Con perdón, llevo 20 años reclamando la misma atención para ese tercer factor: el paso de lo que hacemos en la universidad a la sociedad. Es cierto que se hace desde diversos canales. Uno de ellos es el editorial. Monografías, tesis doctorales, actas, revistas, manuales. Un comino le importa a los gestores universitarios el valor académico, social y moral del trabajo y la función editorial de la universidad española. Se nos llena la boca con la calidad y la excelencia. Y con la mitad de las cosas que tenemos no sabemos ni qué es lo que tenemos que hacer.

lunes, 25 de mayo de 2009

Cae en mis manos el catálogo más reciente de una universidad privada y, por lo tanto, pequeña (por ahora). En el texto de presentación, leo un párrafo inquietante: "En la sociedad del conocimiento, las universidades cuentan con gran diversidad de cauces para canalizar la producción intelectual de sus profesores e investigadores. Entre ellos, el libro continúa ocupando un lugar central para hacer asequible los resultados del trabajo académico a un público amplio".
El subrayado es mío, por supuesto, producto de esa inquietud. ¿Qué alcance subjetivo tiene que el redactor emplace el afecto al libro con la sombra de la duda sobre su valor futuro: continúa ocupando? Parece como si todo el mundo estuviera expectante ante una inminente muerte y pugnan por ser el heraldo de la derrota y muerte del viejo león...

domingo, 10 de mayo de 2009

En el folleto de acompañamiento de un disco compacto de música coral que me regala mi madre descubro que los textos en latín están acentuados. No puedo evitar fijarme siempre más en los desaciertos que en los aciertos. Sin embargo, en este caso no era desacierto, sino supina ignorancia mía, que todavía mancha lo que toca. Al final del folleto, previsor, el redactor avisa de que "los textos latinos aparecen con tildes, conforme al uso de los libros litúrgicos para canto". Nunca se acaba de aprender. La desconfianza es un instrumento imprescindible del corrector, y la humildad de que casi todo se ignora también.
Philip Bennett trabaja en The Washington Post y está ahí puesto por el propietario para ver cómo el negocio puede sobrevivir. El periódico de papel está acabado. Bennett indaga ahora no en la pervivencia del periódico como tal, sino en la pervivencia del periodismo tal como lo hemos entendido. Estoy de acuerdo en la agonía y en la brazada de náufrago con la que alcanzar una isla que no sabemos si existe. Los oficios de la cultura en los que me he sentido cómodo y sin los que no me imagino el mundo están en un tránsito desde un ancien régime en el que nos hemos formado hacia un paisaje disuelto en el que todo está por conformarse: el cine, la música, el periodismo y la edición. No se trata tanto de salvar el libro como de salvar la edición. A medida que avanza la revolución digital, los avances de los médicos técnico van disolviendo la profesión y la función del editor. No entraré de nuevo en detalles para explicar lo que hace ya muchos años escribí y sigo repitiendo, y que ahora se hace más patente y extenso, hasta la náusea: no es lo mismo publicar que editar. Y hacia eso vamos, hacia la desaparcíón de la edición en favor de la simple publícación.

viernes, 8 de mayo de 2009

Quizá fuera una intención mía cuando me propuse abrir esta bitácora aprovechar la escritura íntima y personal para reflexionar sobre la actualidad de la profesión de editor. Pero esto mata a cualquiera. No hay día en el que en los distintos periódicos que intento leer, en la información que me llega por el correo electrónico, la navegación por la red, los focos intensos con que la información asedia hoy al consumidor, no se hable del libro electrónico, de Google, de la revolución. Me mareo. Me rindo. Las noticias se superan unas a otras y no merece la pena comentar tanta fugacidad. La modernidad parece ser lo único que importa. Si no estás en lo último no eres cool. Hay que matar el libro venerado, aunque esté tan sano como siempre. Muera el libro. Viva el artilugio.
En los años estudiantiles me compré un ejemplar de Rayuela de Cortázar. Era el último año en la Universidad. No fui mucho a clase, pero a cambio me lo leí todo. Rayuela fue como un fogonazo. Se me escapaban muchas cosas, apenas sabía yo nada de jazz, ni de París, ni de literatura, pero aquello de poder leer el libro a saltos, la Maga, la noche, el tabaco y el alcohol, todo se parecía tanto a la vida que imitaba que aquel mismo verano me fui a París y me llevé el libro en la mochila, para recorrer los espacios citados en la novela con mis propios ojos y dar vida al misterio de su enbrujo. El libro ha sobrevivido a tantos años y tantas mudanzas conmigo, pero maltrecho y descuadernado, pese a que lo forré cuando cada libro era un tesoro, antes de que mi biblioteca me echara de casa. No era la mejor edición del mundo, pegada a la americana. Lo utilicé en mis clases y con él robé besos.


En alguno de los avatares, no sé en qué momento de los treinta años que lleva conmigo, desapareció del libro el famoso capítulo 68, aquel en el que Cortázar inventa el gíglico. Cuando en una lectura posterior lo eché en falta, tuve que recurrir a buscarlo por Internet y meterno ahí, como un injerto, que le daba más apariencia de ruina del que ya tenía el volumen. Y cada vez que vuelvo a él me pregunto dónde se quedó aquel capítulo 68, en qué banco de parque, en qué mesa, en qué carpeta olvidada.


Una cosa así nunca me pasará con un volumen de Rayuela en PDF. Será por siempre un ejemplar que no se desencuadernará ni se le perderán los capítulos por el camino de la vida.
Sobre el mostrador de la librería Cervantes encontré un libro extraño que versaba sobre la identidad de los charros, apasionante tema. Curioseándolo, di con mis ojos (defecto profesional) eon la página de créditos, donde atribuía el libro a la editorial Bubok, paternidad que en la cubierta no era reconocida. Valía 14 € enterarse de cómo son los charros. En casa, luego, entré en el sitio web de la editorial y convoqué el título referido, que me ofrecían bien encuadernado en rústica por 10,13 €, en tanto que si lo quería en PDF la cosa se quedaba en 8 €. Viva el precio fijo.