El Instituto de Análisis Industrial y Financiero de la Universidad Complutense de Madrid ha hecho el enésimo estudio sobre la universidad española, estableciendo una clasificación entre ellas en función de los dos clásicos parámetros: docencia e investigación. La mía, la de Salamanca, obtiene un meritísimo sexto puesto general entre las 69 que al parecer existen en el país, incluidas las privadas; es la segunda en docencia, y sin embargo se queda en una del montón en investigación. Ninguna está entre las 100 mejores del mundo.
El comentario, en todo caso, no lo traigo por estas particularidades genéricas sobre las condiciones de la universidad española, sino por el llamativo dato de que entre las varias opiniones que un periódico recaba al respecto está la de Carmen Pérez, profesora de Economía Aplicada en la Universidad Autónoma de Madrid, quien echa en falta en un tercer aspecto en el estudio: "Las universidades también sirven para transferir conocimiento y eso debería tenerse en cuenta aunque es difícil de evaluar".
Con perdón, llevo 20 años reclamando la misma atención para ese tercer factor: el paso de lo que hacemos en la universidad a la sociedad. Es cierto que se hace desde diversos canales. Uno de ellos es el editorial. Monografías, tesis doctorales, actas, revistas, manuales. Un comino le importa a los gestores universitarios el valor académico, social y moral del trabajo y la función editorial de la universidad española. Se nos llena la boca con la calidad y la excelencia. Y con la mitad de las cosas que tenemos no sabemos ni qué es lo que tenemos que hacer.