domingo, 25 de octubre de 2009

El de editor es un oficio en descomposición. Lo es por delante el propio negocio editorial, que está a las puertas de de un proceso industrial que no se sabe dónde le llevará, probablemente al mismo matadero al que están yendo negocios próximos como el de la prensa, la fotografía, la música o el cine. No sólo se están multiplicando las editoriales extramuros al sistema, chiringuitos hoy por hoy, donde el comercio de textos y autores sobre la base de la autoedición desprecia la existencia de un ficticio lector, editoriales que parten de la red, el libro nunca impreso y la explotación del autor, sin que haya un sistema editorial (aunque sea tácitamente) reglamentado, al margen de los intereses de la sociedad y no digamos ya de la cultura: todo vale para ser publicado mientras el autor pague. Más allá aun de ese mercadeo oscuro de callejón en las traseras del edificio editorial, la comunicación globalizada que supone la red está abriendo un vasto paisaje (no sé si conducente a un desierto o a un verjel) en el que ya no hace falta siquiera un sistema editorial: basta el autor emitiendo un mensaje, una obra, desde su sitio web, su blog o su perfil en una red social... los autores los trae no el suplemento literario, no la revista cultural, no el escaparate de la librería, no la referencia de un sello editorial, no la recomendación del profesor... sino el azar, el boca a boca, la estadística de visitas, parámetros nuevos que construyen un distinto sistema de valoración y apreciación del artefacto (digamos quizá libro, aunque no estoy seguro) literario o textual. Y sobre todo la demolición de dos factores: la abolición de los derechos de autor y la gratuidad del acceso al texto.
A mayores, a lo que iba, de ese desmoronamiento de las murallas del negocio editorial conocido hasta hoy, también el oficio de editor está a las puertas de su depreciación. Hace mucho, es cierto, que hay un deterioro en la cualificación del buen editor, no digo ya el que sabe escoger un texto y apostar por él desde un sello editorial: me refiero al editor que hace la misse en page, el que cuida la gramática y la tipografía, el que vigila las líneas viudas y sabe ornar una capitular en arracada, el que deshace redundancias léxicas y sopesa las comillas, el que pastorea pacientemente las comillas hacia el redil del deleatur. Ya están entre nosotros los advenedizos y los indocumentados que osan despreciar quinientos años de artes gráficas, pero lo peor está por llegar: se adivinan en el horizonte los zotes que a bocados de fiera hambrienta vienen cargados de informática y lenguajes matemáticos dispuestos a devorar lo que todavía queda de este oficio, esos energúmenos que a la redonda la llaman normal (¿serán anormales la cursiva o la bastardilla, o acaso la versalita?) y que nada saben del juego malabar par/impar, el corondel ciego o el colofón con viñeta. Vienen empuñando las armas para acabar con un lenguaje centenario y unos modos profesionales acuñados en molde de oro y paciencia, para sustituirlos por links fungibles y cacharros que quedarán obsoletos justo antes de cada campaña navideña de desaforado consumo, sobre páginas de luz (con tinta electrónica, sí) en las que el indocto editor habrá confundido los palosecos con las témporas, porque creen que los libros se amasan con informática en vez de con artes gráficas.

sábado, 17 de octubre de 2009

Mercachifles

Lo peor de todo no en la invasión de estos bárbaros, saltimbanquis, constructores de ingenios efímeros, papanatas y mercaderes de bagatelas; lo humillante en la actitud de estos vendefuturos y tragaperras es el desprecio hacia la ciudadanía romana, la palabrería pomposa de comerciantes a sueldo con que pretenden ridiculizar al que no les compra su cornamusa de oro.

jueves, 1 de octubre de 2009

Reader's Digest

A mediados de agosto dejó de publicarse la veteranísima revista estadounidense Reader's Digest, que en su versión española antepuso un "pronunciable" Selecciones del para poder introducir su venta en un público que no manejaba el inglés. Lo digo porque fue una de las lecturas de mi infancia. Mi padre estaba suscrito o por lo menos la compraba con frecuencia. Recuerdo la colección de sus ejemplares en una balda de su apañada biblioteca, que yo curioseaba porque no eran voluminosos y resultaban fáciles de leer. No recuerdo absolutamente nada de lo que leí, pero sí que era artículos divulgativos y entretenidos sobre asuntos variados, creo que sin ilustraciones y en un formato muy cómodo. No sé qué hacía yo leyendo esas cosas, pero al cabo de cuarenta años comprendo que aquellas páginas también contribuyeron a hacerme lector, lo único que soy en la vida.

Los Beatles

Están de moda otra vez en estos días, con el lanzamiento de sus viejos discos ahora remasterizados. Me dio la congoja y saqué de la estantería un viejo CD que me regalaron hace bastantes años, quizá diez. No había vuelto a oírlo. Era un CD para ordenador. Incluía todo el cancionero beatle. Se podía escuchar a través de múltiples posibilidades de selección: por orden de publicación de los discos, por temáticas, por orden alfabético, por orden de autor, qué se yo. Me apetecía volver a oír algunos temas no habituales de su repertorio. Final: no funcionaba. En ningún ordenador de los que probé. Ya no era capaz de leere el programa con que fue hecho hace quizá diez años. Obsoleto. Inútil. Muerto. Basura.

Lectura de barra de bar

A media mañana me salgo a tomar un cafelito con algo sólido, para engañar al cuerpo. Cuando lo hago solo, suelo husmear a lo largo de la barra a ver qué hay para comer, y acto seguido a ver qué hay para leer. Habitualmente no es mucho: algún periódico local o alguno deportivo. Pero suficiente. En un cuarto de hora soy capaz de repasar desde los entresijos municipales a los sucesos de juzgado y la programación de televisión. O los percances de las rotaciones en el Barça. Pregunta: cuando ya no haya periódicos de papel, con sus manchas de café o tortilla, maldoblados, manoseados, ¿qué haremos en las barras de los bares los que nos entretenemos leyendo entre sorbo y sorbo de café? No me imagino pantallas táctiles con manchas de grasa de churros allí donde el dedo conduce a la sección de local.

Separata

Mi amigo Russell P. Sebold me envía la separata de su último artículo publicado, sobre las relaciones entre Garcilaso de la Vega y las mujeres que ocuparon su vida. La separata ha sido publicada en la revista Salina, de la que es habitual colaborador. Otras veces me había entregado textos suyos publicados en la misma revista en separatas de papel, pero esta vez llegó por correo electrónico en pdf. Llegamos ya a la conclusión: el ameno repaso amoroso a Garcilaso ocupaba diez páginas en tipos del cuerpo 10. No hice ni amago de intentar leerlo. Como todos, lo imprimí. Es la única forma de seguir leyendo. Esta vez, lo único que ha cambiado es la transmisión, pero al final los papeles siguen en mi mano cuando me siento en el sofá a leer. Y la encuadernación: la grapa la he tenido que poner yo, en una esquina, y no a caballete como debiera ser, tratándose de una separata. Lástima de deterioro en la presentación.

sábado, 19 de septiembre de 2009

Google On Demand

No hay día en que los medios de comunicación no ofrezcan un cadáver en esta batalla que comenzó en diciembre pasado en el cerco a la ciudad impresa. No me provoca nada hablar de ello cada día, porque son noticias efímeras, repetidas, aburridas. Ayer, sin embargo, por fin leí algo de interés, que conduce el debate (y el negocio, y el resultado del combate) hacia el territorio que yo creo será el que al final quede dibujado: Google Books Search, que tiene dos millones de títulos digitalizados y diponibles para el público en la red sólo para su lectura parcial y gratuita, ha llegado a un acuerdo con On Demand Books, empresa fabricante de la máquina más avanzada en la impresión ejemplar a ejemplar: la Espresso Book Machine que hace un año se lanzó al mercado y está ya funcionando en algunos lugares accesibles al público, como librerías y bibliotecas. Esto sí me parece razonable. Libros de hasta 300 páginas pueden estar disponibles en forma impresa en cuatro minutos y por un precio de hasta ocho euros. Cualquier libro. Google está ahondando en el nicho de los desaparecidos, raros, curiosos, huérfanos y viudos, libros innacesibles que están ocultos en rincones del mundo bibliotecario, títulos en extinción por desfallecimiento del último ejemplar conservado. Con eso dan buena imagen, parecen no agresivos, no monopolísticos. Pero la combinación Google+Espresso (o cualquiera parecida, con otros nombres) valdrá para todo, con el tiempo. Quieren luchar contra Amazon, pero contra quien luchan es contra el librero tradicional.
Y una inquietud terrible: Google Books Search rescata digitalmente libros náufragos que vagan por el olvido y On Demand Books los imprime de forma decorosa (y, sobre todo, los encuaderna: éste es el auténtico valor añadido de todo el tinglado, valor en el que nadie se fija) y los pone cerca de mí por un precio asequible. Pero al tiempo que se rescatan esos libros beduinos que habitan el desierto, se restringe y uniformiza el mercado de la escritura y se manda al destierro a otros muchos autores y obras: ¿qué ocurrirá con los libros que tienen más de 300 páginas pra los que la Espresso no tiene capacidad impresora? ¿Será esto el castigo para esos escritores nórdicos que escriben trilogías de miles de páginas, por su incontinencia verbal?