El de editor es un oficio en descomposición. Lo es por delante el propio negocio editorial, que está a las puertas de de un proceso industrial que no se sabe dónde le llevará, probablemente al mismo matadero al que están yendo negocios próximos como el de la prensa, la fotografía, la música o el cine. No sólo se están multiplicando las editoriales extramuros al sistema, chiringuitos hoy por hoy, donde el comercio de textos y autores sobre la base de la autoedición desprecia la existencia de un ficticio lector, editoriales que parten de la red, el libro nunca impreso y la explotación del autor, sin que haya un sistema editorial (aunque sea tácitamente) reglamentado, al margen de los intereses de la sociedad y no digamos ya de la cultura: todo vale para ser publicado mientras el autor pague. Más allá aun de ese mercadeo oscuro de callejón en las traseras del edificio editorial, la comunicación globalizada que supone la red está abriendo un vasto paisaje (no sé si conducente a un desierto o a un verjel) en el que ya no hace falta siquiera un sistema editorial: basta el autor emitiendo un mensaje, una obra, desde su sitio web, su blog o su perfil en una red social... los autores los trae no el suplemento literario, no la revista cultural, no el escaparate de la librería, no la referencia de un sello editorial, no la recomendación del profesor... sino el azar, el boca a boca, la estadística de visitas, parámetros nuevos que construyen un distinto sistema de valoración y apreciación del artefacto (digamos quizá libro, aunque no estoy seguro) literario o textual. Y sobre todo la demolición de dos factores: la abolición de los derechos de autor y la gratuidad del acceso al texto.
A mayores, a lo que iba, de ese desmoronamiento de las murallas del negocio editorial conocido hasta hoy, también el oficio de editor está a las puertas de su depreciación. Hace mucho, es cierto, que hay un deterioro en la cualificación del buen editor, no digo ya el que sabe escoger un texto y apostar por él desde un sello editorial: me refiero al editor que hace la misse en page, el que cuida la gramática y la tipografía, el que vigila las líneas viudas y sabe ornar una capitular en arracada, el que deshace redundancias léxicas y sopesa las comillas, el que pastorea pacientemente las comillas hacia el redil del deleatur. Ya están entre nosotros los advenedizos y los indocumentados que osan despreciar quinientos años de artes gráficas, pero lo peor está por llegar: se adivinan en el horizonte los zotes que a bocados de fiera hambrienta vienen cargados de informática y lenguajes matemáticos dispuestos a devorar lo que todavía queda de este oficio, esos energúmenos que a la redonda la llaman normal (¿serán anormales la cursiva o la bastardilla, o acaso la versalita?) y que nada saben del juego malabar par/impar, el corondel ciego o el colofón con viñeta. Vienen empuñando las armas para acabar con un lenguaje centenario y unos modos profesionales acuñados en molde de oro y paciencia, para sustituirlos por links fungibles y cacharros que quedarán obsoletos justo antes de cada campaña navideña de desaforado consumo, sobre páginas de luz (con tinta electrónica, sí) en las que el indocto editor habrá confundido los palosecos con las témporas, porque creen que los libros se amasan con informática en vez de con artes gráficas.
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