Mis afanes me llevan a leer la Panorámica de la edición española de libros que edita el Ministerio de Cultura. Debo de ser uno de sus pocos lectores, no me cabe duda. Acabo de hacerme con el anuario estadístico correspondiente al año 2008, el último disponible. En él leo que "en los años 2007 y 2008 no se ha presentado ninguna solicitud de ISBN para este tipo de soporte. Este tipo de edición, utilizado principalmente por instituciones educativas, sobre todo por las universidades, ha sido sustituido por la edición electrónica (CD-ROM, DVD y archivos de Internet)". Hasta ahí la información. Me voy al anuario correspondiente a los datos de 2006 y efectivamente allí veo que las últimas tesis doctorales (eso es lo que se publicaba) en microfichas las editaron la Universidad de Alcalá de Henares (4 títulos), Universitat de Illes Balears (3), Universidad de Valladolid (3) y Universitat de Girona (1). Los 10 autores de esos libros (al cabo, son libros también) deberían estar clamando por su audiencia, si no fuera porque el autor académico, en general, prima el valor curricular de la asignación del ISBN sobre el hallazgo de un público. Ya no habrá, pues, más microfichas en el futuro. El sistema, magnífico recurso hace 30 años, tuvo un referente internacional en la UMI. En algún momento, hace muchos años, debía de ser en tiempos de la Guerra Fría, oí o leí algo de que el Gobierno de Alemania estaba microfilmando todo su patrimonio bibliográfico y documental por si se cernía sobre aquel país algún nuevo desastre bélico y destructor. Me pregunto qué habrá sido de todo ese material. Como me pregunto qué va a ser de los muchos miles de tesis doctorales editadas en microformas por las universidades del mundo, también las españolas, que no dispondrán en breves años ni siquiera de un aparato de lectura donde poder saber algo más que su título.
La caducidad de los nuevos soportes ha comenzado quizá aquí y ahora, en esas microformas de acetato. Dentro de unos años, tendremos tantos libros ilegibles no por su mala escritura, sino porque se inscribieron sobre materiales efímeros que necesitan de soportes alimentados por electricidad y códigos informáticos de lectura que se sucederán unos a otros por imperativo de la modernidad, el avance científico, el diseño fashion y el consumo imperioso.
El papel también se aja y amarillea, cierto. Y el que se fabrica hoy para los libros de actualidad, peor aún. Todo fenece. Espero que, al menos, si no el libro, se salve la lectura, mística comunión del hambriento del saber con la carne del mundo.
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