No hay día en que los medios de comunicación no ofrezcan un cadáver en esta batalla que comenzó en diciembre pasado en el cerco a la ciudad impresa. No me provoca nada hablar de ello cada día, porque son noticias efímeras, repetidas, aburridas. Ayer, sin embargo, por fin leí algo de interés, que conduce el debate (y el negocio, y el resultado del combate) hacia el territorio que yo creo será el que al final quede dibujado: Google Books Search, que tiene dos millones de títulos digitalizados y diponibles para el público en la red sólo para su lectura parcial y gratuita, ha llegado a un acuerdo con On Demand Books, empresa fabricante de la máquina más avanzada en la impresión ejemplar a ejemplar: la Espresso Book Machine que hace un año se lanzó al mercado y está ya funcionando en algunos lugares accesibles al público, como librerías y bibliotecas. Esto sí me parece razonable. Libros de hasta 300 páginas pueden estar disponibles en forma impresa en cuatro minutos y por un precio de hasta ocho euros. Cualquier libro. Google está ahondando en el nicho de los desaparecidos, raros, curiosos, huérfanos y viudos, libros innacesibles que están ocultos en rincones del mundo bibliotecario, títulos en extinción por desfallecimiento del último ejemplar conservado. Con eso dan buena imagen, parecen no agresivos, no monopolísticos. Pero la combinación Google+Espresso (o cualquiera parecida, con otros nombres) valdrá para todo, con el tiempo. Quieren luchar contra Amazon, pero contra quien luchan es contra el librero tradicional.
Y una inquietud terrible: Google Books Search rescata digitalmente libros náufragos que vagan por el olvido y On Demand Books los imprime de forma decorosa (y, sobre todo, los encuaderna: éste es el auténtico valor añadido de todo el tinglado, valor en el que nadie se fija) y los pone cerca de mí por un precio asequible. Pero al tiempo que se rescatan esos libros beduinos que habitan el desierto, se restringe y uniformiza el mercado de la escritura y se manda al destierro a otros muchos autores y obras: ¿qué ocurrirá con los libros que tienen más de 300 páginas pra los que la Espresso no tiene capacidad impresora? ¿Será esto el castigo para esos escritores nórdicos que escriben trilogías de miles de páginas, por su incontinencia verbal?