sábado, 19 de septiembre de 2009

Google On Demand

No hay día en que los medios de comunicación no ofrezcan un cadáver en esta batalla que comenzó en diciembre pasado en el cerco a la ciudad impresa. No me provoca nada hablar de ello cada día, porque son noticias efímeras, repetidas, aburridas. Ayer, sin embargo, por fin leí algo de interés, que conduce el debate (y el negocio, y el resultado del combate) hacia el territorio que yo creo será el que al final quede dibujado: Google Books Search, que tiene dos millones de títulos digitalizados y diponibles para el público en la red sólo para su lectura parcial y gratuita, ha llegado a un acuerdo con On Demand Books, empresa fabricante de la máquina más avanzada en la impresión ejemplar a ejemplar: la Espresso Book Machine que hace un año se lanzó al mercado y está ya funcionando en algunos lugares accesibles al público, como librerías y bibliotecas. Esto sí me parece razonable. Libros de hasta 300 páginas pueden estar disponibles en forma impresa en cuatro minutos y por un precio de hasta ocho euros. Cualquier libro. Google está ahondando en el nicho de los desaparecidos, raros, curiosos, huérfanos y viudos, libros innacesibles que están ocultos en rincones del mundo bibliotecario, títulos en extinción por desfallecimiento del último ejemplar conservado. Con eso dan buena imagen, parecen no agresivos, no monopolísticos. Pero la combinación Google+Espresso (o cualquiera parecida, con otros nombres) valdrá para todo, con el tiempo. Quieren luchar contra Amazon, pero contra quien luchan es contra el librero tradicional.
Y una inquietud terrible: Google Books Search rescata digitalmente libros náufragos que vagan por el olvido y On Demand Books los imprime de forma decorosa (y, sobre todo, los encuaderna: éste es el auténtico valor añadido de todo el tinglado, valor en el que nadie se fija) y los pone cerca de mí por un precio asequible. Pero al tiempo que se rescatan esos libros beduinos que habitan el desierto, se restringe y uniformiza el mercado de la escritura y se manda al destierro a otros muchos autores y obras: ¿qué ocurrirá con los libros que tienen más de 300 páginas pra los que la Espresso no tiene capacidad impresora? ¿Será esto el castigo para esos escritores nórdicos que escriben trilogías de miles de páginas, por su incontinencia verbal?

sábado, 22 de agosto de 2009

¿Y qué será de aquello que todos los lletraferits hemos dicho tantas veces del olor a tinta? La embriaguez de la imprenta, de arrimar a la nariz un libro recién impreso y cerrar los ojos, enturbiados... Hablaban en el periódico de los tomates de invernadero, hermosos, de buen tamaño, disponibles durante todo el año, pero sin sabor. ¿A qué huele un portalibros electrónico?

miércoles, 29 de julio de 2009

¿Podré llorar de impotencia si me olvido el ebook (portalibros) en el asiento de un tren, con sus 4.000 libros incorporados, que fui seleccionando, comprando, anotando, releyendo durante tanto tiempo? ¿Podré desesperadamente buscar sus copias en papel en una estantería que ya no tendré en mi casa? ¿Debería duplicar mi biblioteca? ¿Y todas las fotos digitales? ¿Por qué le tengo tanto miedo a la fragilidad digital?
Se me deslizó el móvil de las manos y acabó en el suelo, en varias piezas. No es la primera vez, ni será la última. Lo recompuse. Sigue funcionando. Todavía.
Tuve un ebook (siguen llamándose igual el continente y el contenido: digamos que ahora hablo del continente, que yo llamo portalibros) entre las manos, por cortesía de mi colega J. A. Cordón. Lo toqué con mimo, por no decir con pavor de que se me fuera de las manos.
Desde la infancia los libros se me han escurrido, como a todo el mundo. He tenido fases, cuando era estudiante, cuando hice la tesis, cuando escribía un texto denso, en que yo mismo los iba cogiendo y tirando de nuevo al suelo, a veces con caída estrepitosa y en postura indecorosa, magullado. A veces me dejo la ventana abierta y la lluvia les da de lado. Ayer, sin más, estaba sobre una toalla en la piscina y el riego automático refrescó la página que estaba leyendo.
No hay libro sin cicatriz, sin magulladura, sin herida del tiempo. Los tengo antiguos, que persisten a las injurias y el maltrato.
Una vez estropeé un lápiz óptico, un USB de esos que te echas al bolsillo para no ir cargado con tus obras completas. Sin querer le di un golpe mientras estaba inserto en su ranura. No tuvo reparación. Ni milagro. Perdí todo lo que había dentro. Ni que decir tiene que no lo diría ni me acordaría de ello si no fuera porque tenía dentro textos sin otra copia. Un desastre.
Puede que alguna vez un mal golpe con la rodilla sobre una ranura, un descuido de los dedos torpes que no sujetan con firmeza, un desplazamiento de enseres sobre la mesa que acaban en el suelo, acaben con una biblioteca, digamos digital para quitarle hierro, pero biblioteca.
Ya sé que se puede duplicar todo lo digital, multiplicar hasta el infinito.
Tengo tres ediciones de los Veinte poemas de amor y una canción desesperada de Neruda. Es una excepción. Cumple aquello de Juan Ramón Jiménez de que dicen cosas distintas en ediciones distintas.
Pero no necesito tener duplicada toda mi biblioteca. No temo que se me pierda en un mal golpe. Poca confianza tenemos en lo digital cuando andamos escondiendo discos duros en habitaciones ajenas, por si las moscas.

domingo, 19 de julio de 2009

¿Podré, dentro de veinte años, encontrar casualmente una entrada de cine olvidada entre las páginas de un ebook?
¿Podré dejar un ebook sobre la arena de la playa, boca abajo y abierto por su mitad, junto a la toalla y las sandalias, mientras me doy un paseíto por la orilla, aunque se me llene de granitos de arena llevados por el viento que retiraré luego simplemente soplando y quedará como nuevo?

martes, 14 de julio de 2009

He hecho limpieza de papeles de encima de la mesa. Durante el invierno largo, se van acumulando a la espera del día en que darán algún fruto; llegados los asuetos veraniegos, se van por el sumidero de una tarde aciaga en la que uno se pregunta qué pretende.
He ido recortando, imprimiendo, guardando noticias, reportajes, datos que creía preciosos para tomar opinión sobre la larga batalla que romanos defensores del Imperio y bárbaros que aguardan el botín de su empuje en las fronteras han ido desgranando desde quizá diciembre: el combate final, parece. Es tan abrumador el vocerío que he decidido prescindir de él. He bajado el interruptor de off. Que se deshollen. Ganarán los bárbaros, no me cabe duda, porque la novedad siempre se disfraza de modernidad, pero en el incendio arderán también los templos que luego añoraremos.
Me compré mi primer libro electrónico en la red. Fue fácil. Llegó rápido. No tuve ni que salir de casa. Luego, cuando quise leerlo, no me quedó más remedio que ir imprimirlo e ir a una fotocopistería a que me lo encuadernaran a lo pobre, con espiral y tapa de plástico transparente, para poder leer el título en la primera página, donde ni siquiera viene el nombre del autor ni la editorial que lo ha puesto a la venta (no diré por un acaso que lo ha editado: eso es tarea mayor). No había otra si quería leerlo. Un centenar de páginas en la pantalla asusta.
Luego lo he puesto en un estante donde tengo otros textos igual de precarios, todos con ese lomo de espiral que hace indistinguible uno de otro, de tal guisa que hay que andar extrayéndolos de la balda para acertar con el que buscaba, libros expósitos, libros desharrapados, libros a medio hacer.
La única diferencia notable, al cabo, entre un libro romano y uno bárbaro es la encuadernación.
Tanta batalla sorda al final queda en el cambio de la corbata por los abalorios de mercadillo hippie. Pues vaya.