Entré en un prodigioso blog dedicado a la literatura gótica y me descargé El castillo de los Cárpatos de Julio Verne, que no había leído. Ahora, unos días después, intento leerlo. Lo imprimí, claro, porque en pantalla me hubiese dejado la salud. Ocupa 87 folios A4. Los tipos son de cuerpo 10. El formato folio es incómodo para la costumbre de leer novelas, pero sea. Descubro, cuando lo hojeo, que el texto no tiene cabeceras para hacerme una idea de qué capítulo estoy. Pero peor es que no tiene paginación. Si el taco de folios se me cayera de las manos, adios novela, se volvería un rompecabezas sin sentido. Debería encuadernarlo. Para ello me compré una encuadernadora de canutillo hace tiempo. Antes, echo una ojeada al texto. Me derrumbo. El texto no está compuesto, como se ha hecho siempre en las artes gráficas, sino digitalizado a partir de alguna edición ya existente. ¿De cuál? ¿Quién fue el investigador literario que con su nombre en la página de créditos o en la introducción se responsabilizó de que ese texto de Verne es fidedigno, es correcto, es auténtico? ¿Quién me garantiza que no le faltan o le sobran cosas a ese texto? ¿Cuál fue el sello que avaló esa edición? A las primeras de cambio compruebo que la versión digital que leo se ha obtenido mediante un programa de reconocimiento de caracteres, un OCR. Peligro y desánimo. A la cuarta página dejo de leer. La cantidad de erratas, faltas, fallos, incongruencias, disparates y sinsentidos es tal que la lectura se vuelve ofensa. Me rindo. Tengo entre las manos un libro fallido: no tiene cubiertas, no sé quién lo ha editado, quién lo ha transcrito, quién lo avala (bueno, un blog...), no tiene marcas de edición como la paginación, el índice, esas cosas que siempre han hecho los antiguos editores, me lo he tenido que imprimir por mi cuenta, carece de encuadernación salvo que yo se la haga, si lo hago y lo pongo en una estantería se juntará con otros que yacen en esa balda donde no sé quién es quién, porque por el lomo de espiral todos los gatos son pardos... Y también he tenido entre las manos una lectura fallida: el texto es una burla apresurada que pretende hacerse pasar por una creación de Julio Verne.
Como consuelo, estaba a punto de decir que por lo menos, dentro del fracaso, la pretensíón de leer me ha salido gratis, pero me doy cuenta de que no, nada más lejos: una compañía telefónica me ha cobrado mientras buscaba en la red el texto, he gastado una pila de papel que puse de mi bolsillo, y unos centímetros de tinta de impresora casera, y por los pelos de la prudencia no lo encuaderné con mi canutillo y mis guardas de cartón y acetato, para asearlo un poco. No sé, lo mismo tres o cuatro euros me he dejado, más el tiempo perdido y las molestias, que puedo valorar para no ofenderme a mí mismo en por lo menos otro euro.
Hay varias ediciones de bolsillo en el mercado que rondan ese precio. Y son decentes, limpias y tienen padre reconocido.