Hoy ha muerto Esther Tusquets. Descanse en paz. Sus varios libros de memorias han sido enriquecedores para mi conocimiento de la profesión, pero de entre todos sus pensamientos me quedo con aquel que dijo en una entrevista, hace veintidós años si no recuerdo mal, en la revista Quimera probablemente, en la que expresaba su aburrimiento por “tener que llamar otra vez a la imprenta y encargar otros diez mil mafaldas”, sin que sea frase literal. Se refería a cualquiera de los libros de tiras cómicas del inolvidable personaje creado por Quino, cuyas exitosas ventas, afirmaba, le permitían el placer de publicar los libros de poesía, que era lo que de verdad le gustaba. En aquella misma entrevista soñaba con publicar no más de cinco o seis libros al año, lo que le apeteciera, en vez de cuarenta o cincuenta que tenía que dar a luz para que la máquina editorial siguiera su curso. Nunca olvidé esa reflexión, porque en aquellos años era precisamente lo que yo hacía como editor junto al querido Ángel Carril. Desazonado como estoy con el oficio, me siento epígono de una generación de editores cuyos gigantes eran Esther Tusquets y todos los que ya se han ido o los que quedan en pie, los últimos antes del incendio sin remedio en el que arderá toda la edición en papel.
lunes, 23 de julio de 2012
sábado, 7 de julio de 2012
Papanatas
La sobreabundancia de información causa estragos y desorientación. También produce, a la par, ignorancia.
La de Salamanca es una editorial universitaria normalita, hacendosa y pulcra, sin otro cometido que el de darle brillo a la tradición académica salmantina y hacer buenos libros en la medida en que le sea posible. Siempre estuvo atenta a los cambios, desde que Antonio Tovar la reinstauró en el quehacer universitario, hace casi setenta años.
Viene a cuenta este aviso porque leyendo un artículo en la revista Trama & Texturas, n.º 17 (mayo 2012) ―que dice ser revista “sobre edición y libros, sus hechos y algunas ideas”―, encuentro de nuevo uno de esos asertos que descubren mediterráneos cuando la autora, que ofrece ideas ingeniosas para que el viejo editor pase a la mejor vida digital, viene a informarnos de la sorprendente novedad de cierta editorial norteamericana, Rosenfeld Media dice llamarse, que es ejemplo de modernidad por editar sus libros en múltiples formatos al mismo tiempo: tapa dura (doy por hecho que quiere decir impreso), PDF, ePub y Mobi. Vaya por Dios. La autora, que trabaja para una editorial digital (¿no será acaso más bien una librería digital?) parece ser que ha de mirar con luces largas lo que ocurre en el mundo, que siempre parece estar lejos del entorno. Hacer eso mismo en un pueblecito de la meseta castellana que tiene una universidad ocho veces centenaria no parece aportar glamour a la lección. Varios años lleva Salamanca editando de salida sus libros en esos mismos formatos, sin que cause la admiración de los profetas.
Ya pasó lo mismo hace muchos años: Barbara Probst Solomon, tan aficionada a España, publicó un artículo de página entera en El País hacia el año 2000 muerta de admiración por no sé qué editorial norteamericana que acababa de descubrir el futuro en la edición bajo demanda, que Salamanca ya llevaba por entonces varios años practicando en silencio y con buena letra.
viernes, 6 de julio de 2012
Erratas al sol
Las erratas más dañinas se encuentran siempre en la parte más visible de un libro, digamos la cubierta, la portada, el índice, las portadillas, los textos introductorios o los títulos de los capítulos, más que en el texto corrido. Parece responder a alguna ley nefasta de la corrección, un castigo que ensombrece quizá un buen trabajo echando un borrón donde el daño es inocultable e irreparable, salvo la presumible vuelta a la impresión si el dolor es insoportable. Ello es producto de la falta de atención en lo que parece más evidente. Recuerda el argumento que planteaba Edgar Allan Poe en su famoso relato La carta robada: un inspector de policía busca afanosamente en un domicilio determinado una carta comprometedora para una dama que ha sido robada por el sospechoso, de tal forma que la investigación incluye los lugares más recónditos del domicilio, pongamos por caso una pata hueca de una silla que ha sido desmontada y vuelta a montar a tal fin encubridor; sin embargo, la trama se resuelve del modo más elemental: la carta estaba tan a la vista y a mano como sobre un tarjetero encima de la repisa de la chimenea. El lugar menos sospechoso. Poe pone un ejemplo muy adecuado de cómo lo más evidente es lo que menos se ve:
Hay un juego de adivinación […] que se juega con un mapa. Uno de los participantes pide al otro que encuentre una palabra dada: el nombre de una ciudad, un río, un Estado o un imperio; en suma, cualquier palabra que figure en la abigarrada y complicada superficie del mapa. Por lo regular, un novato en el juego busca confundir a su oponente proponiéndole los nombres escritos con los caracteres más pequeños, mientras el buen jugador escogerá aquellos que se extienden con grandes letras de una parte a otra del mapa. Estos últimos, al igual que las muestras y carteles excesivamente grandes, escapan a la atención a fuerza de ser evidentes, y en esto la desatención ocular resulta análoga al descuido que lleva al intelecto a no tomar en cuenta consideraciones excesivas y palpablemente evidentes.
La similitud de la circunstancia con la que el corrector ha de comportarse pone a prueba su habilidad para pastorear las imprevisibles erratas hacia las zonas más sombrías del libro, y no en los lugares donde luce el sol y hace brillar los desperfectos.
La letra pequeña
Hoy dan cuenta los medios de comunicación de la Circular 5/2012 de 27 de junio del Banco de España, publicada en el BOE el 6 de julio, en la que la máxima autoridad bancaria nacional entre otros hechos pretende racionalizar la conducta y aumentar la transparencia de las entidades de crédito, especialmente cuando firman con los clientes contratos de depósitos, créditos al consumo y préstamos hipotecarios. Parece ser que, en un abuso de disimulo, la famosa “letra pequeña” de los contratos de toda la vida, esa parte donde se esconden los trucos y engañifas que causan tantos disgustos, era, más que minúscula, diminuta. Diríase que no se habían dado cuenta hasta ahora, vaya por Dios. Así que han regulado su tamaño.
Un punto de sorna hay en el reflejo de la noticia ya que el redactor de la circular bancaria no debía ser muy ducho en tipografía, ni tenía tiempo de preguntar a ningún profesional, y ha acabado redactando que la letra pequeña ha de tener un mínimo de un milímetro y medio. De lo que se deduce que los bancarios pueden endosarnos su jerga cuanto quieran, pero desconocen otras. Las dudas de interpretación han hecho chanza del asunto especulando sobre si tal medida se refería al “cuerpo central” (tampoco el periodista era docto en tipografía, ya que hubiera debido decir ojo medio) o si también afectaba a “las partes superiores e inferiores que sobresalen de las letras” (esto es, los rasgos ascendentes y descendentes); así las cosas, no queda claro si la letra pequeña de los contratos no podrá ser menor del cuerpo 7 o podrá encogerse hasta el cuerpo 4.
No parece que hayamos avanzado mucho, si tenemos en cuenta que lo habitual es componer por lo menos con el cuerpo 10, aceptando el mínimo del 8 para las notas a pie de página.
Seguirá habiendo abusos, además de ignorancia tipográfica.
sábado, 30 de junio de 2012
Ello
Estamos en plena competición de la Eurocopa de Fútbol; en un anuncio televisivo, Iker Casillas lo detiene todo con tan solo mover su mano, excepto un determinado automóvil, que le ignora y sigue su camino. Al final, se ve al portero madrileño conduciendo el vehículo y su propia voz en off afirma: "Si no puedes con ello, únete a él".
Los conocimientos gramaticales del publicista son un auténtico atropello.
Los conocimientos gramaticales del publicista son un auténtico atropello.
martes, 19 de junio de 2012
El editor en equipo
Un amigo editor, recién fichado por uno de esos megagrupos que conciben la publicación de libros como una expendiduría de churros, me confesaba hace algunos años sus perplejidades: “Es algo alucinante. Nos pasamos el día entero reunidos. Primero una reunión con los responsables del marketing, para diseñar la estrategia publicitaria del inminente best-seller. Después, una reunión con los distribuidores, a quienes tratamos de convencer de que ese best-seller va a ser la caraba. Tras un pequeño refrigerio, nos reunimos con los comerciales, explicándoles los trampantojos y embelecos que deben emplear para camelar a los libreros y colarles el bodrio en cuestión. Hacia el final de la mañana, el jefazo nos convoca en su despacho, para que le rindamos cuentas sobre lo acaecido en las anteriores reuniones. Y así un día tras otro. A la semana siguiente publicamos otro best-seller y se repiten las mismas reuniones, en las que se vuelven a diseñar las mismas estratagemas archisabidas. Lo más chocante es que mis compañeros se comportan como si todo les pillase de nuevas, como si fuera la primera vez que pronuncian esas palabras gastadas que repiten por enésima vez. Acatan con una naturalidad pasmosa su condición de peones en una representación ritual, e incluso han llegado a desarrollar un hábil virtuosismo, consistente en remolonear por los pasillos, entre reunión y reunión, para no tener que pisar los despachos. Cuando me ficharon, pensé que mi trabajo consistiría en leer libros y proponer la publicación de los que hallara más interesantes; ahora he comprendido que esa labor se deja en manos de las agentes que nos venden sus maulas, o de las dotes adivinatorias de mis subalternos. Mi cometido consiste, pura y simplemente, en reunirme. Y ahora me disculparás, porque tengo que asistir a una convención de editores. Mi vida, chico, parece una novela de Kafka, pero en versión gilipollas”.
(Juan Manuel de Prada, 2002)
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